
Silfio: la planta que Roma se comió hasta extinguirla
Valía su peso en plata, crecía solo en una franja de la actual Libia y nadie consiguió cultivarla en ningún otro sitio. Plinio cuenta que el último tallo se le llevó a Nerón como curiosidad.
Utiliza este formulario para buscar artículos, destinos y contenido en Nomadiq Magazine
Comienza a escribir para buscar
Explora nuestros artículos sobre destinos, cultura y arte.

Valía su peso en plata, crecía solo en una franja de la actual Libia y nadie consiguió cultivarla en ningún otro sitio. Plinio cuenta que el último tallo se le llevó a Nerón como curiosidad.
Plinio el Viejo cuenta, en el libro XIX de su *Historia Natural*, que en su tiempo ya no quedaba silfio, y que el último tallo que se encontró se le entregó al emperador Nerón como una rareza. Un imperio que gobernaba el Mediterráneo entero no fue capaz de conseguir una segunda unidad del producto más caro de su despensa.
Es, hasta donde sabemos, la primera extinción de una especie por explotación humana registrada por escrito. Y sabemos exactamente cómo ocurrió.

El silfio —*silphium* en latín, σίλφιον en griego, y *laserpicium* cuando se hablaba de su producto— crecía en una franja estrecha de la Cirenaica, en la actual Libia, en torno a la ciudad griega de Cirene, entre la meseta del Yébel Ajdar y el desierto.
Y ese es el dato que lo condena todo: no se pudo cultivar en ningún otro sitio. Griegos y romanos lo intentaron repetidamente, en Grecia, en Siria, en Italia. Ninguna plantación prosperó. Solo funcionaba silvestre, en aquel suelo y con aquel régimen de lluvias.
La consecuencia económica es directa: no había producción, había recolección. Cada unidad vendida salía de una planta silvestre que alguien había arrancado.
Prácticamente para todo, que es lo peor que le puede pasar a una especie.
"Servía para todo, que es lo peor que le puede pasar a una especie que no se deja cultivar."— Sobre la condena económica del silfio

El silfio no era un producto más de Cirene: era Cirene. La ciudad basó su prosperidad en él hasta el punto de acuñar moneda con su imagen — el tallo con sus umbelas en unas piezas, el fruto en otras.
Ese fruto tenía forma acorazonada, y de ahí nace una de las hipótesis más difundidas y más resbaladizas de la divulgación histórica: que el símbolo moderno del corazón derive de la semilla del silfio. Es una idea preciosa, se repite constantemente y no hay ninguna prueba que la sostenga. La iconografía del corazón tiene otras genealogías documentadas mucho mejor. Merece contarse, pero como leyenda.
Lo que sí es notable es lo otro: es probablemente la única especie extinta de la que conservamos un retrato oficial en moneda, emitido por el Estado que vivía de ella.

No hubo una causa única, y los especialistas discuten el peso de cada factor. Lo que hay es una acumulación perfecta:
Hacia el siglo I de nuestra era ya era una rareza carísima. Después, silencio.

Roma no se quedó sin sustituto. Empezó a importar de Persia y de la India una resina de otra ferula, la asafétida (*Ferula assa-foetida*), que se consideró un reemplazo de calidad inferior — más basta, más agresiva de olor.
Y esa sí sigue viva: es el *hing* de la cocina india, que se usa en cantidades minúsculas y que, sofrito en grasa, desarrolla un fondo aliáceo y umami que recuerda al ajo y la cebolla. Es lo más cerca que puede estar hoy nadie de aquel sabor, con una distancia que nunca sabremos medir.
Hay una línea de investigación abierta y bastante viva. Varias especies del género *Ferula* del Mediterráneo oriental y de Anatolia se han propuesto como el silfio o como un pariente muy próximo superviviente.
La candidata que más atención ha recibido es *Ferula drudeana*, localizada en una zona de Capadocia, en Turquía, y presentada en 2021 en un trabajo que señalaba coincidencias notables con las descripciones antiguas: la morfología, el hábitat restringido, la resina aromática, incluso la afición del ganado local por ella.
Conviene tomarlo por lo que es: una hipótesis en discusión, no un hallazgo cerrado. La comunidad botánica no ha alcanzado consenso, y la identificación de una planta antigua a partir de descripciones literarias es un ejercicio notoriamente traicionero.
Porque no fue un accidente ni una catástrofe natural. Fue un sistema económico funcionando exactamente como estaba diseñado: un recurso valioso, sin reposición posible, explotado por gente que sabía perfectamente que cada vez quedaba menos.
Plinio lo escribe con una mezcla de asombro y de reproche que resulta contemporánea. Y el patrón se ha repetido después con precisión desalentadora: con el bacalao de Terranova, con la ballena franca, con el atún rojo. Siempre igual — parece infinito hasta el día concreto en que no lo es.
Del mundo romano en el que se cocinaba con él hemos escrito en Nápoles y Pompeya, y de la otra gran salsa desaparecida y recuperada, en el garum. Si te interesa el sabor como archivo histórico, están también el ceviche y el mezcal de Oaxaca.
Recibe cada domingo aventuras culinarias y cultura gastronómica directamente en tu bandeja de entrada
Sin spam, cancela cuando quieras. Respetamos tu privacidad.

En el este de Georgia, donde nace más del 70 % del vino del país, viticultores, monjes y jóvenes emprendedores negocian…

Un plato nacido en manos de trabajadores se convirtió en el pegamento cultural de una nación. Ahora el gobierno quiere…

A menos de una hora de Valencia, Requena guarda uno de los patrimonios vinícolas más antiguos de España. Recorremos…