Pan de muerto, Ciudad de México

Pan de muerto

Ciudad de México

Roberto Carrillo / Pexels

Pan dulce mexicano con forma de huesos y calavera que se ofrenda a los difuntos entre finales de octubre y el 2 de noviembre.

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pan de muertos

Qué es

El pan de muerto es un pan enriquecido, de miga suave y color amarillo por la cantidad de huevo y mantequilla que lleva, aromatizado con agua de azahar o ralladura de naranja. Su forma es lo que lo distingue de cualquier otro bollo dulce: sobre una bola de masa redonda se colocan cuatro tiras alargadas que cruzan el centro y se levantan como huesos, y en medio un pequeño bulto que representa el cráneo o, según la lectura más extendida, el corazón. Se termina con un baño de mantequilla y azúcar, aunque en algunas panaderías se cubre con ajonjolí o se glasea de rosa.

No es un pan de cada día. Aparece en panaderías de todo México entre finales de septiembre y los primeros días de noviembre, coincidiendo con el Día de Muertos, y desaparece del mostrador el resto del año. Esa estacionalidad tan marcada es parte de lo que lo convierte en un objeto casi ritual antes que en una simple pieza de bollería.

Pan de muerto
Foto: Luis Zambrano / Pexels

De dónde viene

El origen exacto se discute y no hay consenso cerrado. La versión más repetida sostiene que el pan actual desciende de panes de ofrenda prehispánicos —algunos cronistas coloniales describen panes de amaranto con forma humana usados en ceremonias mexicas— que tras la conquista se reinterpretaron con trigo, ingrediente traído por los españoles, y con formas menos explícitas para esquivar la censura religiosa de la época. Otra versión, menos extendida pero también citada, vincula la forma de huesos directamente a una tradición panadera novohispana sin buscarle raíz indígena. Lo honesto es decir que ambas explicaciones circulan y que ninguna cuenta con documentación que zanje el debate.

Lo que sí está bien establecido es su función: el pan de muerto forma parte de las ofrendas del Día de Muertos junto al cempasúchil, las velas, las fotografías y los platillos favoritos de quien ya no está. Se coloca en el altar para que las almas, en su visita anual, encuentren comida y no lleguen a una mesa vacía. Comerlo antes o después de la ofrenda —una vez que se considera que el difunto ya ha tomado su parte simbólica— es parte del ciclo.

Cada región ha desarrollado su propia versión sin que ninguna se imponga como la única legítima. En Oaxaca se hace con un toque de mezcal o se decora con una carita de azúcar coloreada; en Michoacán aparece con formas de animales o figuras humanas relacionadas con tradiciones locales del Día de Muertos; el modelo con las cuatro tiras cruzadas y azúcar blanca, el que más se ha exportado fuera de México, es sobre todo el de Ciudad de México.

Cómo se come

En casa se come sobre todo acompañado de champurrado o chocolate caliente, partido a mano y mojado en la bebida, nunca cortado con cuchillo. Es habitual comerlo por las tardes de finales de octubre, no solo el día 2 de noviembre, y regalarlo entre familias o llevarlo a reuniones de trabajo como quien lleva turrón en España. El error más común de quien lo prueba fuera de México es tratarlo como un bollo cualquiera de desayuno: el pan de muerto se piensa para untar poco, masticar despacio y compartir, no para comer en la barra de un bar de paso. Otro malentendido frecuente es esperar un sabor a canela o especias marcadas, cuando el perfil real es más sutil, dominado por la mantequilla y el azahar.

Pan de muerto
Foto: Chris Luengas / Pexels

Dónde comerlo

Las panaderías de Ciudad de México sacan sus hornadas desde finales de septiembre, y es en los mercados populares —La Merced, Jamaica, Coyoacán— donde se ve la mayor variedad de tamaños y acabados, desde piezas individuales hasta panes grandes pensados para compartir en el altar familiar. En Oaxaca capital y en los mercados de los valles centrales aparece la versión con yema y a veces mezcal, con caritas de azúcar pintadas a mano. En Michoacán, sobre todo en la región de Pátzcuaro, donde la celebración del Día de Muertos tiene especial arraigo, se encuentran las variantes con formas figurativas menos vistas en el resto del país.

Cómo se hace en casa

Es un pan de levadura enriquecido, de la misma familia técnica que un brioche: mucha mantequilla, huevo y algo de azúcar en una masa que necesita tiempo de fermentación y un amasado paciente para desarrollar el gluten pese a la grasa. Lo que no se puede sustituir es el agua de azahar, que le da el aroma característico y no se reemplaza bien con vainilla ni con ralladura de cítricos sola; sin ella el pan se parece a un brioche genérico. Tampoco conviene escatimar en mantequilla ni en huevo, porque de ahí sale tanto el color como la miga tierna.

La parte más delicada no es la masa sino el modelado: formar las cuatro tiras de huesos a mano, pegarlas con huevo batido para que no se separen al hornear y lograr que queden simétricas sobre la bola central. No hace falta ningún molde especial —se hornea en bandeja plana— pero sí un horno que dé calor uniforme, porque las partes más finas de los huesos tienden a dorarse antes que el cuerpo del pan. El acabado final, pincelado de mantequilla derretida y azúcar mientras aún está caliente, es lo que le da ese aspecto ligeramente húmedo y brillante que se reconoce de lejos.

Preguntas frecuentes

¿Por qué el pan de muerto tiene esa forma de huesos?
Representa los huesos del difunto y, en el bulto central, la calavera o el corazón, como parte de su función en la ofrenda del Día de Muertos.
¿Se puede comer el pan de muerto en cualquier época del año?
Tradicionalmente no: se elabora y se vende solo entre finales de septiembre y los primeros días de noviembre, ligado a la temporada de Día de Muertos.
¿Qué le da su sabor característico?
El agua de azahar, junto con la cantidad generosa de mantequilla y huevo en la masa, es lo que marca su aroma y no tiene un sustituto equivalente.
¿Es lo mismo el pan de muerto de Ciudad de México que el de Oaxaca?
No exactamente: el de Ciudad de México suele ser más sencillo, con azúcar blanca, mientras que en Oaxaca es común añadirle yema, mezcal o una carita de azúcar pintada.
¿Con qué se acompaña tradicionalmente?
Se come sobre todo con champurrado o chocolate caliente, partiéndolo a mano para mojarlo en la bebida.