Cementerios que se visitan como museos, de Praga a Buenos Aires
Un cementerio que nadie quería, una vendedora de avellanas que se pagó su propia estatua, un pintor que hizo exhumar a su mujer para recuperar sus propios poemas y cruces que cuentan chistes. Diez camposantos que se recorren como un museo.
En 1804 París inauguró un cementerio en una colina del este y casi nadie quiso enterrarse allí. Hoy recibe más de tres millones de visitantes al año. Entre una cifra y la otra está la clave de los cementerios más bonitos de Europa: ninguno nació para ser bonito. Casi todos nacieron de un problema.
El cementerio como lo conocemos —fuera de la ciudad, con avenidas, árboles y estatuas— es un invento bastante reciente. En la década de 1780, las reformas del emperador José II prohibieron enterrar dentro de Praga. En 1819 Barcelona estrenó su primer cementerio extramuros. Tres años después, Buenos Aires abrió su primer cementerio público en la huerta de unos frailes.
Sacar a los muertos de las iglesias obligó a las familias a algo nuevo: competir en piedra a la vista de todos. De esa competencia salieron escultores, arquitectos, epitafios y, con el tiempo, visitantes. El Consejo de Europa certificó en 2010 la Ruta Europea de Cementerios, que gestiona la Asociación de Cementerios Significativos de Europa (ASCE) y que, según la propia asociación, reúne miembros en 169 ciudades de 28 países.
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Estos son diez cementerios que merecen el viaje por lo que cuentan, ordenados cronológicamente: desde una fosa para víctimas de la peste hasta unas cruces que cuentan chistes. Nueve están en Europa y uno al otro lado del Atlántico, porque la lógica es exactamente la misma.
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Olšany (Praga) y la tumba de Jan Palach
Un camino florido entre tumbas y cruces, invitando a la reflexión en un cementerio histórico.Foto: Helena Jankovičová Kováčová / Pexels
Olšany nació en 1680 como lo que era: un lugar para enterrar rápido a las víctimas de la Gran Peste. Un siglo después, cuando José II prohibió los entierros dentro de la ciudad, se convirtió en el cementerio central de Praga. Hoy ocupa unas 50 hectáreas, es el mayor de la República Checa y se calcula que han sido enterradas allí unos dos millones de personas.
La tumba que explica el lugar es la de Jan Palach. El 16 de enero de 1969, este estudiante de 20 años se prendió fuego en la plaza de Wenceslao contra la ocupación soviética; murió el 19. Su funeral, el 25 de enero, se convirtió en una manifestación multitudinaria, y la tumba de Olšany en un lugar de peregrinación tan incómodo que la policía secreta, la StB, exhumó el cuerpo el 22 de octubre de 1973, lo incineró y presionó a la familia para que la urna acabara en la tumba familiar de Všetaty, el pueblo de Palach.
El régimen consiguió vaciar la tumba, no olvidarla. El 25 de octubre de 1990, ya con la democracia, la urna volvió solemnemente a Olšany. Quien visite Praga tiene aquí la otra cara de la ciudad.
Père-Lachaise (París), el que nadie quería
El Père-Lachaise abrió el 21 de mayo de 1804. El prefecto Nicolas Frochot había comprado los terrenos y el arquitecto Alexandre-Théodore Brongniart los trazó como un jardín a la inglesa. El problema era la distancia: estaba demasiado lejos de la ciudad para el gusto de los parisinos, y muchos católicos no querían descansar en un terreno sin bendecir. El primer año se enterraron allí trece personas.
La administración respondió con lo que hoy llamaríamos una campaña de captación. En 1817 trasladó al cementerio los restos atribuidos a Molière y La Fontaine y a la pareja medieval de Abelardo y Eloísa. Funcionó: en 1830 ya había más de 33.000 tumbas. Hoy son más de 70.000 sepulturas en 44 hectáreas, y los visitantes superan los tres millones al año.
El Muro de los Federados, donde fueron fusilados 147 comuneros en la Semana Sangrienta de 1871. La tumba de Jim Morrison. Y la de Oscar Wilde, una esfinge de Jacob Epstein inaugurada en 1914 que acabó tan cubierta de besos de pintalabios —la grasa penetra en la piedra y la daña— que entre 2011 y 2014 se le levantó una barrera de cristal, pagada por la Oficina de Obras Públicas de Irlanda.
Poblenou (Barcelona) y el beso de la muerte
Detalle de nichos y ofrendas florales en el Cementiri del Poblenou, un ejemplo de cementerio con valor museístico.Foto: Aniol / Wikimedia Commons
El cementerio de Poblenou se inauguró en 1819 y fue el primero de Barcelona fuera de las murallas. Lo diseñó el arquitecto italiano Antoni Ginesi y hoy guarda más de 34.000 sepulturas en algo más de cinco hectáreas.
Su pieza más fotografiada es El petó de la mort, un esqueleto alado que besa en la frente a un joven. Se hizo en 1930 para la tumba de la familia del industrial textil Josep Llaudet, tras la muerte de uno de sus hijos, adolescente, y lleva grabados unos versos de Jacint Verdaguer. La firma es del taller de Jaume Barba, aunque se atribuye la ejecución a su yerno, Joan Fontbernat. Verás repetido que inspiró a Bergman para El séptimo sello: no hay pruebas concluyentes.
Cementiris de Barcelona organiza una ruta nocturna por Poblenou que presenta como una de sus actividades más esperadas del año. La de 2026, el 22 de octubre, tenía todas las entradas agotadas ya a principios de octubre. Al otro lado de la ciudad, el cementerio de Montjuïc —inaugurado en 1883, con el Fossar de la Pedrera, donde reposa el presidente Lluís Companys— tiene rutas de día.
Recoleta (Buenos Aires), ciudad de bóvedas
Los frailes recoletos tenían una huerta en las afueras de Buenos Aires. Cuando su convento se disolvió, en 1822, la huerta se convirtió el 17 de noviembre de ese año en el primer cementerio público de la ciudad, con trazado del ingeniero francés Próspero Catelin. En 1881 Juan Antonio Buschiazzo lo remodeló y le dio el aspecto que tiene ahora: calles rectas de mausoleos, más de 4.600 bóvedas sobre tierra en unas cinco hectáreas y media.
Más de noventa de esas bóvedas son Monumento Histórico Nacional. La más buscada es una de las más sobrias: la de la familia Duarte, donde está Eva Perón desde 1976, después de que su cuerpo fuera robado y escondido durante años tras el golpe de 1955.
Las historias que más se cuentan, sin embargo, son otras. La de Rufina Cambaceres, que murió el 31 de mayo de 1902, el día que cumplía 19 años, y cuya estatua, con la mano en el picaporte, alimentó la leyenda —nunca probada— de que la enterraron viva. O la de Liliana Crociati, retratada en bronce con la mano sobre la cabeza de su perro Sabú.
El Cementerio Inglés de Málaga
El Panteón Crooke en el Cementerio de San Miguel, un ejemplo de arquitectura funeraria.Foto: Tyk / Wikimedia Commons
Antes de 1831, a un protestante que muriera en Málaga no se le podía enterrar en ningún cementerio católico. Las autoridades permitían llevarlo de noche a la playa, a la luz de las antorchas, y enterrarlo de pie en la arena, al alcance de las olas y de los perros.
El cónsul británico William Mark, que había visto esos entierros, consiguió en 1829 unos terrenos fuera de la ciudad, junto al camino de Almería. El primero en llegar, en enero de 1831, fue George Stephens, propietario de un bergantín, ahogado en el puerto. El primero enterrado ya dentro de la tapia fue Robert Boyd, fusilado en diciembre de ese año junto al general Torrijos por el pronunciamiento liberal.
Es el cementerio protestante más antiguo de la España peninsular. Aquí están el poeta Jorge Guillén, el hispanista Gerald Brenan y la economista Marjorie Grice-Hutchinson. Desde 2006 lo gestiona una fundación y en 2012 fue declarado Bien de Interés Cultural. Encaja bien en una escapada de dos días a Málaga.
Glasnevin (Dublín), el cementerio de O’Connell
Glasnevin existe por una discusión en un entierro. En 1823, en el cementerio de St. Kevin, un sacristán protestante reprendió a un sacerdote católico durante un funeral. Los católicos irlandeses, que no tenían cementerios propios, llevaban mucho tiempo soportando restricciones a sus ritos. Daniel O’Connell, el gran político católico de la época, impulsó la respuesta: un cementerio abierto a cualquier confesión, inaugurado en febrero de 1832.
Hoy hay cerca de un millón y medio de personas enterradas en Glasnevin, muchas de ellas en fosas comunes sin nombre de la Gran Hambruna y de una epidemia de cólera posterior. Conviene recordarlo mientras se pasea entre las tumbas famosas: Michael Collins, Charles Stewart Parnell, Brendan Behan o Luke Kelly, de los Dubliners.
Los muros altos y las torres de vigilancia no son decorativos: se levantaron contra los ladrones de cadáveres, y los vigilantes soltaban sabuesos de noche. La torre redonda de 55 metros es el monumento a O’Connell, cuyos restos se trasladaron a su base en 1869. El museo del cementerio abrió en 2010.
Highgate (Londres) y los sonetos de Rossetti
Una lápida celta destaca entre la densa vegetación de un cementerio histórico.Foto: Poetarojo . / Pexels
El lado oeste de Highgate abrió en 1839, obra del arquitecto Stephen Geary para la London Cemetery Company, y fue uno de los siete grandes cementerios privados que rodearon el Londres victoriano. El lado este llegó en 1860. Un siglo después la compañía quebró, la vegetación se lo comió casi todo y en 1975 un grupo de vecinos fundó los Amigos del Cementerio de Highgate, que en 1981 ya eran propietarios de ambos lados.
La historia que mejor lo resume ocurrió en el lado oeste. Cuando Elizabeth Siddal, modelo y pintora, murió en 1862, su marido, Dante Gabriel Rossetti, metió en el ataúd el cuaderno manuscrito con sus propios poemas inéditos. Siete años después cambió de opinión: en octubre de 1869 un intermediario, Charles Augustus Howell, exhumó el ataúd y recuperó el cuaderno. Los poemas se publicaron en 1870.
En el lado este está Karl Marx, cuya tumba sufrió intentos de atentado en 1965 y 1970, y también George Eliot, junto a George Henry Lewes, y las cenizas de Douglas Adams. George Michael descansa en el oeste.
Staglieno (Génova) y la vendedora de avellanas
El cementerio monumental de Staglieno abrió oficialmente el 1 de enero de 1851. Lo había proyectado Carlo Barabino, que murió de cólera en 1835 sin verlo empezar; lo terminó su discípulo Giovanni Battista Resasco. Mark Twain lo elogió en Inocentes en el extranjero y Nietzsche lo visitaba a menudo en los años ochenta del siglo XIX.
Entre los mausoleos de la burguesía genovesa hay una mujer de mármol con un collar de avellanas en la mano. Es Caterina Campodonico, conocida en el barrio de Portoria como la de los collares: se ganaba la vida vendiéndolos, junto con roscas de pan, en los mercados de Génova. En 1880 cayó enferma y vio a sus parientes repartirse ya su herencia.
Así que se la gastó. Encargó al escultor Lorenzo Orengo su propia estatua, terminada en 1881, y la colocó en el pórtico inferior del cementerio, al lado de las familias que le compraban en el mercado. El epitafio, en dialecto genovés, lo escribió el poeta Giambattista Vigo y cuenta cómo vendió collares para asegurarse el pan en la vejez y apartó unas monedas para que la recordaran.
"Una vendedora ambulante gastó los ahorros de su vida en no desaparecer. Casi siglo y medio después, sigue funcionando."
— Sobre la estatua de Caterina Campodonico en Staglieno
Staglieno tiene otra posteridad, más inesperada. En 1978 el fotógrafo Bernard Pierre Wolff retrató allí dos tumbas: la de la familia Appiani acabó en la portada del disco Closer de Joy Division, y un ángel de la tumba Ribaudo, en el sencillo de Love Will Tear Us Apart. En el sector protestante está enterrada Constance Lloyd, la mujer de Oscar Wilde.
Comillas y el ángel de Llimona
El Cementerio Santa María Magdalena de Pazzi en San Juan, Puerto Rico, es un ejemplo de cementerio con vistas al mar.Foto: Zetong Li / Pexels
El cementerio de Comillas ocupa las ruinas de una iglesia parroquial de los siglos XV o XVI, sobre un promontorio que se ve desde casi todo el pueblo. La tradición cuenta que los feligreses la abandonaron tras un altercado en plena misa con el administrador del duque del Infantado, y que levantaron otra iglesia. La vieja quedó en ruinas y acabó convertida en cementerio.
En 1893 el encargo de ampliarlo fue a parar a Lluís Domènech i Montaner, el arquitecto del Palau de la Música Catalana, que diseñó también los panteones. Sobre los restos de la vieja iglesia, el escultor Josep Llimona colocó entre 1894 y 1895 la figura que hoy define el lugar: un ángel de alas abiertas, el Ángel Guardián que el pueblo conoce como el Ángel Exterminador, con el Cantábrico al fondo.
Desde 1983 solo la fachada monumental está protegida como Bien de Interés Cultural. En julio de 2026 el BOE publicó la apertura del expediente para extender la declaración a todo el conjunto, ángel incluido.
La arquitectura monumental de algunos cementerios invita a la contemplación y el recorrido.
Un sendero invita a explorar la historia y el arte de un cementerio-museo.
Un cementerio moderno con un diseño distintivo que invita a la reflexión y la visita.
Majestuosas esculturas funerarias que adornan los cementerios, verdaderos museos al aire libre.
La solemnidad de los cementerios como espacios de memoria y visita.
Cementerio Alegre de Săpânța (Rumanía)
En 1935, en un pueblo de Maramureș, al norte de Rumanía, el artesano Stan Ioan Pătraș empezó a ensanchar las cruces de madera del cementerio para que cupiera algo más que un nombre. Pătraș tallaba la cruz, pintaba una escena de la vida del difunto y escribía debajo unos versos sobre él.
Los versos no son solemnes: describen a quien está enterrado debajo, a menudo con humor. El más citado está dedicado a una suegra y aconseja, en broma, dejarla bien enterrada para que no vuelva. El cementerio tiene hoy más de 800 cruces de roble pintadas y funciona como un museo al aire libre, aunque sigue siendo el cementerio del pueblo.
Pătraș murió en 1977 y dejó su propia cruz, con un epitafio en el que pide que le escuchen y asegura que nunca le deseó mal a nadie. Lo relevó su aprendiz, Dumitru Pop-Tincu, que siguió tallando hasta su muerte en 2022. Es el final lógico de esta lista: un cementerio donde de cada muerto queda, además del nombre, una historia.
Antes de ir a cualquiera de ellos
Son cementerios en uso. Hay entierros, familias y horarios que cambian alrededor de Todos los Santos: conviene mirar la web de cada uno el mismo día de la visita.
El Père-Lachaise, en el distrito XX. Abrió en 1804, ocupa 44 hectáreas y recibe más de tres millones de visitantes al año. Allí están, entre muchos otros, Oscar Wilde, Jim Morrison, Molière y el Muro de los Federados.
¿Qué es la Ruta Europea de Cementerios?
Es un itinerario cultural certificado por el Consejo de Europa en 2010 y gestionado por la Asociación de Cementerios Significativos de Europa (ASCE), que agrupa camposantos de valor histórico y artístico de 28 países.
¿Hay visitas nocturnas a cementerios en España?
Sí. Cementiris de Barcelona organiza una ruta nocturna por el cementerio de Poblenou; la de 2026, el 22 de octubre, agotó las entradas. Para fechas futuras hay que seguir su agenda cultural, donde también publica rutas diurnas por Montjuïc.
¿Dónde está el Cementerio Alegre?
En Săpânța, un pueblo de Maramureș, al norte de Rumanía. Sus más de 800 cruces de roble pintadas, con epitafios en verso que a menudo bromean sobre el difunto, empezaron a tallarse en 1935 por iniciativa del artesano Stan Ioan Pătraș.
¿Cuánto cuesta entrar al Cementerio Inglés de Málaga?
La entrada general cuesta 5 euros y la reducida, 4 (tarifas consultadas en octubre de 2026). Abre de martes a domingo de 9:00 a 14:00 y cierra los lunes salvo festivos.
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