Nomikai: el ritual japonés que desata confesiones después de la tercera copa
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Nomikai: el ritual japonés que desata confesiones después de la tercera copa

En Tokio, las alianzas laborales no se negocian en salas de reuniones. Se sellan en izakayas abarrotados, entre vapores de yakitori y sake tibio.

Foto de Mario ArramendiMario Arramendi
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El nomikai es un ritual social japonés en el que compañeros de trabajo comparten bebida y comida fuera de la oficina, diluyendo temporalmente las jerarquías para permitir confesiones que el protocolo laboral prohíbe.

Son las siete de la tarde en un izakaya de Shinjuku. Un gerente de ventas levanta su vaso de cerveza y admite ante sus subordinados un error que lleva meses guardándose. Uno de ellos responde con su propia confesión sobre el mismo proyecto. La mesa estalla en carcajadas nerviosas. Afuera, Tokio sigue su ritmo. Dentro, acaba de empezar un nomikai.

El nomikai no es una cena con bebida. Es el espacio donde las jerarquías japonesas se diluyen —temporalmente— y emergen verdades que la oficina silencia. Un ritual que combina alcohol, comida compartida y conversaciones que, al día siguiente, nadie mencionará. O todos fingirán olvidar.

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La regla no escrita: lo que pasa en el nomikai, se queda en el nomikai

Claire Dubois llegó a Tokio en 2019 como consultora en una multinacional francesa. Su primer nomikai la desconcertó: su jefe, que en la oficina apenas le dirigía la palabra, de repente le preguntaba por su vida amorosa y le confesaba que odiaba vivir en Tokio. Al día siguiente, volvió a tratarla con la formalidad de siempre, como si nada hubiera pasado.

Ese contraste es el motor del nomikai. En Japón, donde la armonía grupal —wa— dicta que nunca se contradiga abiertamente a un superior, estas veladas funcionan como válvula de escape. El alcohol actúa como lubricante social: permite decir lo que el protocolo prohíbe, pero bajo un pacto implícito de amnesia colectiva.

Las reglas son flexibles pero respetadas. El más joven sirve las bebidas. El más veterano paga la cuenta —o la empresa—. Nadie se va antes que el jefe. Y lo más importante: lo dicho bajo los efectos del sake no tiene consecuencias formales. Es un paréntesis en el tiempo corporativo.

Raíces del nomikai

El nomikai tiene raíces en los banquetes feudales japoneses, donde los samuráis sellaban alianzas con sake. En el Japón de posguerra, las empresas adoptaron el ritual como herramienta de cohesión grupal. Hoy sigue siendo una práctica extendida en muchas empresas como herramienta de cohesión grupal, aunque distintas fuentes apuntan a que la participación ha disminuido en los últimos años.

Hombre sentado de espaldas en una barra de bar japonés con farolillos y carteles publicitarios.
Un bar japonés, el escenario perfecto para las confesiones que surgen tras unas copas.Foto: Iban Lopez Luna / Pexels

Tres horas, cinco rondas y una alianza inesperada

Hiroshi Nakamura lleva treinta años trabajando en una firma de seguros. Ha asistido a más de doscientos nomikais y describe siempre el mismo patrón: la primera hora es puro teatro y todos fingen que se divierten; en la segunda, alguien empieza a quejarse del trabajo; en la tercera, salen las verdades.

Hiroshi recuerda un nomikai en 2018. Un colega junior, tras cuatro cervezas, confesó que llevaba meses cometiendo errores en las pólizas por no entender el nuevo software, algo que en la oficina nunca habría admitido. Al día siguiente, Hiroshi le asignó un mentor. El problema se resolvió en dos semanas.

Las confesiones no siempre son productivas. También hay quejas, resentimientos acumulados y, ocasionalmente, lágrimas por proyectos cancelados, por ascensos perdidos, por jefes que los ignoran. Pero al día siguiente, todos vuelven a sus escritorios como si nada.

Para los expatriados, el nomikai es un campo minado cultural. David Chen, estadounidense que trabaja en una startup japonesa, lo aprendió por las malas: en su primer nomikai rechazó una ronda de sake porque tenía que trabajar al día siguiente, y su jefe lo miró como si hubiera escupido en su plato. Desde entonces, David nunca dice que no. «Es parte del trabajo. No opcional».

Supervivencia para expatriados

Si trabajas en Japón: nunca te vayas antes que tu jefe, sirve bebidas a los demás antes de servirtelas a ti mismo, y acepta al menos una copa aunque no bebas alcohol. Rechazar un nomikai sin motivo grave puede dañar tu reputación laboral.

Post-pandemia: el nomikai resurge, pero con fisuras

Durante la pandemia, los nomikais se evaporaron. Muchos trabajadores japoneses descubrieron que podían vivir sin ellos. «Fue un alivio», admite Yuki Tanaka, asistente administrativa de veintisiete años. «No tener que fingir que me divertía tres horas después del trabajo fue liberador».

Pero en 2023, con el fin de las restricciones, el nomikai volvió. No con la misma fuerza —las sesiones son más cortas, menos frecuentes— pero volvió. «Las empresas lo necesitan», explica Hiroshi. «Sin nomikai, los equipos se vuelven fríos. La gente trabaja junta pero no se conoce».

Fachada nocturna de un pequeño bar japonés con cortinas noren y personas en el interior.
Un izakaya japonés, escenario habitual de los nomikais, donde las confesiones fluyen.Foto: Alexander London / Pexels

Las críticas también han crecido. Activistas laborales señalan que el nomikai perpetúa el alcoholismo corporativo y presiona a quienes no beben: no debería ser obligatorio emborracharse para tener buenas relaciones laborales, aunque en la práctica quienes no participan corren el riesgo de quedar excluidos.

Algunas empresas están experimentando con alternativas: desayunos en equipo, salidas deportivas, sesiones de meditación. Pero ninguna ha replicado la intensidad emocional del nomikai. «El sake hace que la gente baje la guardia de una manera que el yoga no logra», reconoce Hiroshi con una sonrisa irónica.

Nomikai en cifras

Duración promedio: 3-5 horas. Frecuencia: 2-4 veces al mes en empresas tradicionales, 1 vez al mes en startups. Gasto promedio por persona: 3.000-5.000 yenes (20-35 euros). Buena parte de los trabajadores japoneses considera el nomikai importante para su desarrollo profesional, aunque no existe una cifra oficial consolidada al respecto.

La noche se evapora, los lazos quedan

A las once de la noche, Claire Dubois sale del izakaya en Shinjuku. Su jefe acaba de confesarle que está considerando renunciar. Mañana, él volverá a ser el gerente intocable y ella la consultora extranjera. Pero esta noche, durante tres horas, fueron solo dos personas hablando sin máscaras.

Camina hacia la estación de Shinjuku. El sake todavía calienta su sangre. Piensa en lo absurdo del ritual: fingir que nada pasó, pero saber que algo cambió. «Es disfuncional», se dice. «Pero funciona».

En el andén, un grupo de salarymen espera el último tren. Uno de ellos llora en silencio. Otro le palmea la espalda. Nadie pregunta qué pasó. No hace falta. El nomikai ya hizo su trabajo.

§

El nomikai no resolverá las disfunciones del trabajo japonés. No acabará con las jerarquías rígidas ni con las jornadas eternas. Pero durante unas horas, bajo el efecto del sake y el vapor del yakitori, crea un espacio donde los humanos pueden ser humanos. Aunque mañana finjan que nada pasó.

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