El viento tiene nombre propio: mistral, cierzo, tramontana y bora
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El viento tiene nombre propio: mistral, cierzo, tramontana y bora

Mistral, cierzo, tramontana, bora, siroco, föhn. Europa tiene un mapa paralelo dibujado por el aire, y cada nombre guarda siglos de gente que dependía de él para navegar, cosechar o secar.

Foto de Mario ArramendiMario Arramendi
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En algunas calles de Trieste hay cuerdas ancladas a la pared. No son un adorno ni un resto de otra época: están ahí para que la gente se agarre. Cuando entra la bora, cruzar una plaza deja de ser un trámite.

Un viento con cuerdas propias es un viento que ha sido tomado en serio durante siglos. Y ese es exactamente el criterio que separa a los vientos que tienen nombre de los que no: se bautiza lo que condiciona la vida.

Mistral: el viento maestro

Molino de viento de piedra con tejado cónico y aspas de madera bajo un cielo azul claro.
Los molinos de viento, como este en Provenza, son testimonio de la fuerza del mistral.Foto: Geert Willemarck / Unsplash

Baja por el valle del Ródano hacia el golfo de León, del norte y del noroeste, frío y seco. El nombre viene del occitano *mistral*, "magistral": el viento maestro, el que manda.

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Puede soplar tres días, seis o nueve —la tradición provenzal cuenta en múltiplos de tres— y arrastra consigo toda la humedad y toda la bruma. Lo que deja detrás es la razón por la que media historia de la pintura moderna se mudó al sur de Francia: un cielo de una transparencia absoluta. La luz de la Provenza que buscaron Van Gogh, Cézanne y los demás no es una cualidad mística del lugar; es un fenómeno meteorológico con nombre.

A cambio, el mistral castiga. Los cipreses plantados en hileras cerradas al norte de las fincas provenzales no son estética toscana: son cortavientos. Y las tejas de muchos tejados van lastradas con piedras.

Cierzo: el embudo del Ebro

Una manga de viento roja y blanca ondeando contra un cielo azul con nubes dispersas.
La fuerza del viento, que arrastra humedad y bruma, se hace visible en cada ráfaga.Foto: 652234 / Pixabay

El del noroeste que recorre el valle del Ebro encajonado entre el Pirineo y el Sistema Ibérico. Es un caso de manual de efecto Venturi: el valle se estrecha, el aire acelera. Zaragoza es su capital indiscutible y su relación con él es de matrimonio largo, hecha de queja y de orgullo a partes iguales.

El cierzo también limpia. Barre la contaminación, seca el jamón, mueve los aerogeneradores que han convertido a Aragón en una de las potencias eólicas del sur de Europa, y explica buena parte de por qué el frío de Zaragoza en enero se siente como no se siente en otras ciudades con la misma temperatura.

"Se bautiza lo que condiciona la vida. Un viento con nombre es un viento del que alguien dependía."
Sobre la toponimia del aire

Tramontana: la que cruza el monte

Literalmente "la que viene de más allá del monte". Del norte, salta el Pirineo oriental y se descuelga sobre el Rosellón y el Ampurdán con una violencia que sorprende a quien la sufre por primera vez.

Y arrastra una fama que ninguna otra tiene: en el Ampurdán y en la Cataluña Norte se dice de alguien que está *tocat per la tramuntana* cuando hace cosas raras. Josep Pla escribió sobre ella con la familiaridad de quien la había padecido toda la vida, y Dalí la incorporó a su mitología personal de Cadaqués. Conviene tomarlo por lo que es —una creencia cultural documentada y muy arraigada, no un diagnóstico— pero también reconocer que un viento capaz de soplar diez días seguidos a rachas de más de cien por hora tiene efectos reales sobre el ánimo de cualquiera.

Bora: el aire que se despeña

Cielo tormentoso con nubes oscuras y un rayo sobre un mar en calma con una costa rocosa y un puerto.
La fuerza de la naturaleza se manifiesta en el cielo, anticipando vientos como la tramontana.Foto: Inja Pavlić / Unsplash

La bora es un viento catabático, y esa palabra explica su carácter. Aire frío y denso acumulado sobre las mesetas del interior balcánico encuentra el borde del Adriático y, simplemente, cae. No lo empuja nada: lo tira la gravedad. Al despeñarse acelera.

Golpea sobre todo Trieste y el Kvarner croata, y lo hace a ráfagas brutales separadas por calmas engañosas. De ahí las cuerdas, los pasamanos y la costumbre local de dividirla en dos: *bora chiara*, con cielo despejado, y *bora scura*, cargada de nubes y de lluvia.

Föhn: el que baja caliente

Paisaje montañoso nevado con fuertes ráfagas de viento levantando nieve en el aire.
La fuerza del viento, como la bora, esculpe el paisaje invernal con ráfagas brutales.Foto: Les Anderson / Unsplash

El föhn alpino invierte la intuición: es un viento de montaña que llega caliente y seco. La mecánica es elegante. El aire sube por la ladera de barlovento, se enfría, condensa y descarga su humedad en forma de lluvia o nieve; ya seco, baja por sotavento y se recalienta por compresión, ganando más grados de los que había perdido.

El resultado son subidas de temperatura de diez o quince grados en pocas horas, nieve que desaparece de un día para otro y una atmósfera de una nitidez extraña en la que las montañas lejanas parecen estar al lado.

Existe en el mundo germánico una tradición muy sólida que asocia el föhn con jaquecas, insomnio e irritabilidad: la *Föhnkrankheit*, la "enfermedad del föhn". Es tan común que se menciona en la conversación cotidiana como una causa admitida. La investigación médica sobre el asunto ha dado resultados poco concluyentes, pero la creencia es un dato cultural en sí mismo.

Siroco: el sur que trae el desierto

Del sur y del sureste, nacido sobre el Sáhara y cargado de polvo. Es el viento que tiñe de ocre los coches en Málaga, Palermo o Malta, el que trae la calima y el que puede subir diez grados la temperatura del Mediterráneo occidental en un día.

Cambia de nombre según la orilla, y esa colección de nombres es en sí misma un mapa: xaloc en catalán, jaloque en castellano, scirocco en italiano, ghibli en Libia, khamsin en Egipto —del árabe "cincuenta", por los días que se le atribuyen— y chergui en Marruecos.

Y unos cuantos más

Mapa meteorológico digital con un huracán o ciclón de colores vibrantes sobre una masa de tierra.
Un mapa meteorológico muestra la fuerza y dirección de los vientos, como el siroco.Foto: Brian Mcgowan / Unsplash
  • Levante y poniente — los dos vientos del Estrecho de Gibraltar. El levante, húmedo del este, forma la nube de estancamiento que cubre el Peñón como una tapa y hace inviables muchos días de playa en Tarifa; el poniente, del oeste, es el que devuelve la calma. Toda la industria del kitesurf de Tarifa está construida sobre esa alternancia.
  • Meltemi — el viento del norte del Egeo en verano, tan regular que estructura la navegación entre las Cícladas y explica la arquitectura compacta y encalada de esas islas.
  • Ábrego — el suroeste húmedo y templado de la Meseta, el que trae la lluvia castellana. Está en el refranero: "ábrego, agua luego".
  • Galerna — la del Cantábrico, y la más peligrosa de esta lista por lo repentina: una tarde de calor y calma que en minutos se convierte en un vendaval del noroeste. Ha matado a mucha gente de mar.
  • Terral — el viento de tierra que en Málaga puede llevar la temperatura por encima de los cuarenta grados en pleno agosto, secando el aire y vaciando la playa.

Por qué nombramos el aire

Un viento con nombre propio es siempre la huella de una dependencia. Los pueblos que bautizaron sus vientos son los que necesitaban predecirlos: para salir a pescar o quedarse en puerto, para aventar el grano en la era, para tender el pescado a secar, para decidir el día de la siega.

El nombre condensa un pronóstico entero. Decir "entra bora" no es describir una dirección: es decir qué va a pasar hoy, cuánto va a durar y qué conviene hacer. Es una unidad de información completa comprimida en dos sílabas, exactamente igual que las palabras intraducibles de las que hemos hablado en otras ocasiones.

Y como ellas, se están perdiendo. Un agricultor que consulta el móvil ya no necesita el nombre: tiene la flecha y el número. Se gana precisión y se pierde el archivo.

Si te interesa este territorio, es el mismo que recorremos en saudade, morriña y hiraeth, en las palabras japonesas de la naturaleza, en las palabras nórdicas de la vida lenta y en el susurro del desierto.

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