Washi: el papel japonés que restaura los manuscritos del Vaticano
Se hace en invierno, con agua helada, con la corteza de tres arbustos y con el mucílago de una raíz que mantiene las fibras flotando. Los talleres de conservación de media Europa lo usan para salvar pergaminos que no tienen nada que ver con Japón.
Sobre la mesa de un taller de restauración hay un pergamino europeo con un desgarro, y la restauradora coge para repararlo una hoja tan fina que a través de ella se lee el texto de debajo. Ese papel no es europeo, ni es contemporáneo del documento, ni tiene nada que ver con su historia. Se ha hecho a mano en un pueblo de montaña japonés, en invierno, con la corteza de un arbusto.
La escena se repite, con variaciones, en el British Museum, en el Louvre y en los talleres de restauración del Vaticano. El papel se llama washi, y su carrera internacional es una consecuencia lateral y bastante improbable de cómo se fabrica.
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Tres arbustos, ninguna madera
El papel washi, con su delicada textura, es fundamental para la restauración de manuscritos antiguos.Foto: Buddy An / Unsplash
El papel industrial que usamos se hace con pulpa de madera: fibras cortas, cargadas de lignina, que amarillean y se vuelven quebradizas con los años. El washi no lleva madera. Se hace con la corteza interior de tres arbustos, y las fibras que salen de ahí son largas, flexibles y limpias.
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•Kōzo, la morera de papel. Es la fibra más larga y la más resistente, y la base de la inmensa mayoría del washi. Se poda cada año, como una viña: la planta rebrota, y de esos brotes sale la corteza.
•Mitsumata, de fibra más corta y más suave, que da una hoja de superficie satinada y buena para la impresión y la escritura fina. Su historia industrial está ligada al papel de los billetes japoneses.
•Gampi, la más difícil. Apenas se cultiva —se recolecta de plantas silvestres— y da un papel traslúcido, brillante y muy denso, casi impermeable. Es, con diferencia, el más caro de los tres.
La corteza se cuece con un álcali, se aclara en agua corriente y después llega el momento menos glamuroso y más determinante del oficio: el chiritori, la retirada a mano, mota a mota, de cada nudo, cada resto de corteza negra y cada impureza que haya quedado entre las fibras. Se hace en agua fría, con los dedos, durante horas. Todo lo que no se quite aquí quedará dentro del papel para siempre.
El molde que se agita
Este biombo japonés del siglo XIX muestra la belleza del arte sobre papel, como el washi.Foto: Hiart / Wikimedia Commons
La técnica japonesa por excelencia se llama nagashizuki, y su diferencia con la europea es un gesto. El papelero occidental sumerge el molde, lo saca y lo deja escurrir: las fibras se depositan tal como cayeron, en una sola dirección. El japonés, en cambio, recoge la pasta y agita el molde hacia delante y hacia atrás, y de lado a lado, varias veces, dejando que la suspensión corra por la superficie y vuelva a salir por el borde.
El resultado de esa agitación es que las fibras largas se entrecruzan en varias direcciones en lugar de apilarse. La hoja acaba siendo, en la práctica, un tejido. De ahí que un papel de unos pocos gramos por metro cuadrado —tan fino que parece un velo— aguante tirones que romperían un papel industrial mucho más grueso.
Nada de esto funcionaría sin un tercer ingrediente que no es fibra: el neri, un mucílago vegetal que se extrae de la raíz del tororo-aoi. No pega nada, no es una cola. Lo que hace es espesar el agua lo justo para que las fibras queden suspendidas y no se precipiten al fondo, y para que la pasta escurra despacio mientras el papelero mueve el molde. Sin neri no hay tiempo para agitar; sin agitación no hay entrecruzado.
"Una hoja de washi no es un depósito de fibras. Es un tejido hecho con agua y con el ritmo de dos brazos."
— Sobre la técnica del nagashizuki
Por qué es un oficio de invierno
El proceso de fabricación del washi, donde el neri ayuda a espesar el agua para formar las fibras.Foto: Zhao Yangjun / Unsplash
La temporada del papel es la peor del año para meter las manos en el agua, y es así por dos razones muy concretas. La primera es biológica: el frío frena las bacterias, y una pasta que fermenta se estropea. La segunda es reológica: el neri pierde viscosidad con el calor, y en verano el mucílago se degrada en horas, mientras que con agua próxima a cero mantiene su cuerpo durante toda la jornada.
A eso se suma que el invierno es cuando el agua de los ríos de montaña baja más limpia y con menos carga orgánica. Los pueblos papeleros japoneses están todos donde están —en valles, junto a un río— por la misma razón por la que están las ferrerías junto a un salto de agua. El oficio no eligió el paisaje: el paisaje eligió el oficio.
Lo que la UNESCO inscribió en 2014
El proceso de secado es crucial en la elaboración del washi, papel esencial para la restauración.
El proceso artesanal de fabricación del washi, un papel esencial en la restauración.
El agua, elemento esencial en la cultura japonesa, también es clave en la elaboración del Washi.
En 2014, la UNESCO inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial el elemento "Washi, arte del papel japonés tradicional", ampliando una inscripción anterior que cubría solo una de las tres técnicas. Las tres reconocidas son:
•Sekishu-banshi, en la prefectura de Shimane, el más antiguo de los tres expedientes y el que ya estaba inscrito por separado desde 2009.
•Hon-minoshi, en Gifu, célebre por la finura extrema y la uniformidad de la hoja; es el papel que se asocia históricamente a los mejores shoji.
•Hosokawa-shi, en Saitama, elaborado en la zona de Ogawa y Higashi-chichibu.
La inscripción es más estricta de lo que suele entenderse. No protege "el papel japonés" en general, sino un procedimiento acotado: kōzo puro, sin mezcla de otras fibras, herramientas y moldes tradicionales, y hoja formada íntegramente a mano. Un papel excelente hecho con pulpa mezclada y molde mecánico es washi en el uso corriente de la palabra, pero no es lo que la UNESCO inscribió.
El papel que repara el papel de los demás
Las finas capas de washi, el papel japonés, listas para su uso en restauración.Foto: Buddy An / Unsplash
Aquí es donde la historia se sale de Japón. Los talleres de conservación de los grandes museos e instituciones europeas —el British Museum, el Louvre, los talleres de restauración del Vaticano— trabajan con washi japonés para intervenir sobre papel y pergamino que no tienen ninguna relación con Asia: incunables, grabados, mapas, cartas, códices.
La razón es una suma de propiedades que casi ningún otro material reúne a la vez. Es muy fino —puede aplicarse encima de un texto sin taparlo— y a la vez muy resistente, porque la fibra larga entrecruzada tira en todas direcciones. Es químicamente estable: sin lignina, sin encolados ácidos, no amarillea ni se vuelve quebradizo, de modo que el remiendo no envejece peor que la obra. Y es reversible: se adhiere con engrudo de almidón de trigo, que se reblandece con humedad, así que la intervención puede deshacerse sin dañar el original. Eso último es lo que decide, porque la regla de oro de la conservación moderna es que todo lo que hoy se añade debe poder quitarlo mañana alguien con mejores medios.
Cómo se usa sobre la mesa
La técnica habitual es casi de cirugía: se desgarra la hoja de washi en lugar de cortarla, para que el borde quede deshilachado y las fibras se fundan con las del original en vez de dibujar un canto recto. Se aplica el fragmento humedecido con engrudo, se seca bajo peso, y el resultado es una zona reforzada que se lee a contraluz pero no a simple vista. En los casos de degradación general, la hoja entera se forra por detrás con un washi finísimo que la sostiene sin cambiar su aspecto.
Una casa hecha de papel
Antes de ser un material de museo, el washi fue, sencillamente, con lo que estaba hecho el mundo doméstico japonés. La casa tradicional no se organiza con muros sino con superficies de papel montadas sobre bastidor de madera, y eso condiciona la luz, el sonido y la propia idea de intimidad.
•Shoji — los paneles correderos translúcidos que separan el interior del exterior. No dan vistas, dan luz: filtran el sol hasta convertirlo en una claridad uniforme y sin sombras duras.
•Fusuma — los paneles opacos que dividen las estancias interiores, a menudo pintados. Se quitan y se ponen: la planta de la casa es reconfigurable.
•Chōchin, wagasa, kamiko — linternas plegables, paraguas impermeabilizados con aceite y hasta ropa de papel, incluido el shifu, un tejido hilado con tiras de papel que se usó como prenda de trabajo y como hábito monástico. No eran excentricidades: era confianza absoluta en el material.
Y hay un uso más que explica por qué media Europa conoció el washi antes de saber cómo se llamaba: las estampas ukiyo-e se imprimieron sobre papel japonés. Las hojas de Hokusai y de Hiroshige que llegaron a París y deslumbraron a los impresionistas eran, materialmente, esto.
El compañero material del urushi
El washi y la laca japonesa son las dos mitades de la misma cultura material, y a menudo aparecen literalmente juntos: hay técnicas que aplican urushi sobre papel para obtener superficies impermeables y flexibles, y bandejas y cajas ligerísimas que son, por dentro, papel. Uno endurece con humedad, el otro se forma en agua helada; los dos exigen decenas de pasos y una paciencia que la industria no sabe comprar. Contamos ese otro lado en urushi, el árbol que sangra la laca que sobrevive a los siglos.
Los pueblos del papel
Mino (Gifu) — la patria del Hon-minoshi. Además de los talleres y del museo del papel, conserva un casco antiguo de casas de comerciantes con udatsu, los muros cortafuegos que servían para exhibir la riqueza de la familia. Buena parte de esas fortunas se hicieron con papel.
Ogawa (Saitama) — la zona del Hosokawa-shi, a poco más de una hora de Tokio, lo que la convierte en la visita más fácil de las tres. Hay talleres donde se puede formar una hoja con molde.
Echizen (Fukui) — el barrio papelero más completo, con talleres en activo, museo y un santuario dedicado a la diosa del papel, único en Japón: la tradición local cuenta que una dama apareció en la cabecera del río y enseñó a los vecinos a fabricar papel porque el valle no daba suficiente arroz.
Las tres zonas trabajan sobre todo en los meses fríos. Ir en invierno es incómodo y es la única forma de ver el oficio funcionando.
Si este es tu terreno, el washi encaja entre las piezas que ya hemos contado: el urushi por el lado del material, el kintsugi por el de la reparación como valor, Mingei por el de la idea que reivindicó el objeto anónimo, el shibori de Amano Kouya por el del gesto repetido y los tesoros nacionales vivos por el de las personas que sostienen todo esto en pie.
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