
Las diferentes fases del duelo emocional tras una ruptura: cuando no sufrimos al mismo tiempo
En el corazón de Las: Cuando una relación termina, comienza un proceso complejo y profundamente humano: el duelo emocional.
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En el corazón de Las: Cuando una relación termina, comienza un proceso complejo y profundamente humano: el duelo emocional.
Cuando una relación termina, solemos imaginar el duelo como un proceso simétrico: dos personas que sufren a la vez, en paralelo, con la misma intensidad. La realidad es mucho más desordenada. Rara vez las dos partes de una ruptura sienten lo mismo en el mismo momento, y esa asimetría —más que la propia separación— es la que a menudo duele más.
La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross describió hace décadas cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, tristeza y aceptación. Su modelo nació para hablar de la muerte, pero se ha aplicado también a otras pérdidas, incluidas las rupturas amorosas. Conviene recordar que no es un mapa de carreteras: no todo el mundo pasa por las cinco fases, ni en ese orden, ni una sola vez. Se puede aceptar la ruptura un lunes y volver a negarla el jueves.
En muchas rupturas, uno de los dos ha estado despidiéndose durante meses antes de decirlo en voz alta. Cuando por fin lo comunica, ya ha atravesado buena parte de su duelo en silencio. La otra persona, en cambio, empieza el suyo justo en ese instante. El resultado es que dos relojes emocionales, que hasta entonces marchaban juntos, quedan desincronizados de golpe.
Esa desincronía explica por qué, a veces, quien decide irse parece "llevarlo mejor": no es que sienta menos, es que empezó antes.
Se suele decir que en toda ruptura hay siempre alguien que rompe y alguien que es roto. No hace falta atribuir la frase a nadie en concreto para reconocer la verdad que contiene: rara vez una ruptura se vive como un acto conjunto. Incluso cuando la decisión se toma entre los dos, casi siempre hay una parte que empuja un poco más y otra que cede un poco antes. Esa diferencia de grados, aunque sea pequeña, basta para que el duelo se viva de formas distintas.
El duelo emocional no se queda en la cabeza. Insomnio, pérdida de apetito, opresión en el pecho, cansancio que no se explica por nada más: el cuerpo procesa la ruptura con su propio lenguaje, casi siempre más lento y más terco que el de la mente. Es habitual creer, racionalmente, que ya se ha superado algo mientras el cuerpo sigue reaccionando como si la herida estuviera abierta. Esa distancia entre lo que pensamos y lo que sentimos es, en sí misma, parte del proceso.
No hay una fórmula para igualar dos duelos que avanzan a velocidades distintas, pero sí algunas ideas que ayudan a no forzar lo que no se puede forzar. La primera es aceptar que el otro puede necesitar más tiempo, o menos, sin que eso sea una medida de cuánto quiso. La segunda es no exigirse coherencia: se puede echar de menos a alguien y, a la vez, sentir alivio de haber cerrado esa etapa. La tercera es recordar que buena parte de lo doloroso no es la pérdida en sí, sino la resistencia a aceptar que ya ha ocurrido.
Existe una idea, de raíz budista, que ha circulado ampliamente en distintas formas: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. No significa que una ruptura no duela —duele, y a veces mucho—, sino que buena parte del sufrimiento añadido viene de pelear contra un ritmo emocional que no elegimos y que tampoco podemos acelerar.
Al final, aceptar que no vamos a sufrir al mismo tiempo que la otra persona no resuelve la ruptura, pero sí quita una capa de exigencia innecesaria. El duelo no es una carrera con meta compartida. Cada uno llega cuando llega.
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