Saudade, morriña y hiraeth: las palabras de los pueblos que miran al mar
Tres pueblos atlánticos que emigraron en masa inventaron, cada uno por su lado, una palabra para la misma herida. Ninguna se deja traducir. Y las tres significan cosas ligeramente distintas.
Hay una franja de Europa que va desde el norte de Gales hasta el Algarve, toda ella asomada al mismo océano, toda ella con siglos de emigración masiva a sus espaldas. Y en esa franja, tres lenguas distintas —galés, gallego y portugués— acuñaron por separado una palabra para nombrar lo mismo. Ninguna de las tres se traduce. Y, mirándolas de cerca, ninguna de las tres significa exactamente lo mismo que las otras dos.
No es casualidad geográfica. Es lo que pasa cuando un pueblo pasa generaciones despidiendo gente en un puerto.
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Saudade: la nostalgia que también se dirige al futuro
Un barco de pesca en la orilla, símbolo de los pueblos que miran al mar y su saudade.Foto: Simão Moreira / Pexels
Es la más famosa de las tres y la peor explicada. La versión de turista dice que saudade es "melancolía portuguesa", y eso es como decir que el flamenco es "música española".
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La saudade es la presencia de una ausencia. No es echar de menos: es que lo que falta está ahí, ocupando sitio, teniendo peso. Y tiene una propiedad que la separa de la nostalgia común: se puede sentir saudade de algo que nunca ocurrió y de algo que todavía no ha ocurrido. Se puede tener saudade de una vida que no viviste.
Etimológicamente viene del latín solitate(m), soledad, que pasó al gallegoportugués medieval como soidade y soedade antes de fijarse en saudade —con una contaminación tardía y probable de saúde, salud. Aparece ya en el Cancioneiro da Ajuda, en el siglo XIII. El rey Don Duarte le dedicó un capítulo entero en su Leal Conselheiro, hacia 1430, y observó algo agudo: que es el único sentimiento del que uno no quiere curarse.
"Es el único sentimiento del que uno no quiere curarse."
— Don Duarte de Portugal, Leal Conselheiro, c. 1430
El siglo XIX y XX la convirtieron en identidad nacional: el saudosismo de Teixeira de Pascoaes, el fado, Pessoa. Brasil celebra el Día da Saudade el 30 de enero. Y la palabra tiene un derivado precioso que casi nunca se cita: matar saudades, "matar la saudade", que es lo que haces cuando por fin vuelves a ver a alguien.
Morriña: la que huele a un sitio concreto
La inmensidad del mar y la bruma evocan la melancolía de la saudade.Foto: Frederick Adegoke Snr. / Pexels
La morriña gallega es prima hermana de la saudade —gallego y portugués fueron la misma lengua hasta el siglo XIV— pero tiene un rasgo propio que conviene no perder: está anclada a un lugar.
La saudade puede ser de una persona, de una época, de una versión de ti mismo. La morriña es casi siempre de la tierra: de una parroquia concreta, de un olor a lluvia sobre piedra, de una casa que existe y a la que se podría volver. Es geográfica.
Y su etimología lo confirma de la forma más brutal posible. Viene de morrer, morir: morrinha designaba primero una enfermedad del ganado, un decaimiento, un animal que se apaga sin causa clara. La palabra empezó siendo un diagnóstico veterinario y acabó siendo el nombre de lo que le pasa a un gallego lejos de Galicia.
El contexto histórico no admite metáfora: entre mediados del XIX y 1960 emigró alrededor de un millón de gallegos, sobre todo a Argentina, Cuba, Uruguay y Brasil. Buenos Aires llegó a ser, con toda seriedad, la mayor ciudad gallega del mundo. Rosalía de Castro puso ese éxodo en verso en Follas Novas y en Cantares Gallegos, y lo hizo desde el lado que casi nadie contaba: el de las que se quedaban. Las "viudas de vivos", las mujeres que despedían al marido en el puerto y sostenían solas la casa y la tierra durante décadas.
Hiraeth: la nostalgia de un sitio que quizá nunca existió
La melancolía del paisaje, con sus montañas envueltas en niebla, evoca la morriña.Foto: Curtis Guppy / Pexels
La galesa es la más difícil de las tres, y la más rara. Hiraeth —se pronuncia aproximadamente "hír-aith"— combina hir, largo, con un segundo elemento de significado discutido, emparentado con la idea de pena o pesar. Tiene primos en las otras lenguas britónicas: hyreth en córnico, hiraezh en bretón.
La diferencia crucial es esta: la saudade y la morriña se dirigen a algo que existió. El hiraeth, no necesariamente. Es el anhelo de un Gales que puede que nunca haya sido como uno lo añora; de una lengua, un paisaje y una forma de vida que la historia fue erosionando. Se puede sentir hiraeth por un país en el que uno vive.
Y hay razones para que fuera así. El Welsh Not, la tablilla que se colgaba del cuello del niño sorprendido hablando galés en la escuela del XIX, y que pasaba al siguiente que reincidiera hasta que al último del día se le castigaba. La industrialización de los valles del sur. La emigración. Y Y Wladfa, la colonia galesa fundada en 1865 en el valle del Chubut, en la Patagonia argentina, por gente que cruzó medio mundo precisamente para poder seguir hablando galés. Todavía hoy se habla allí. De esa Patagonia escribimos en las huellas de Bruce Chatwin, donde el episodio galés es una de las capas más extrañas del relato.
Las tres, en una línea
La costa, un lugar de añoranza y hogar para muchos pueblos.Foto: Arian Fernandez / Pexels
•Saudade — la presencia de una ausencia. Puede apuntar al pasado, al futuro o a lo que nunca pasó. Portuguesa y brasileña.
•Morriña — el anhelo de una tierra concreta a la que se podría volver. Gallega, y con olor a sitio.
•Hiraeth — el anhelo de un hogar que quizá no existió nunca. Galesa, y en parte colectiva antes que individual.
Los primos de fuera del Atlántico
La costa escarpada, un hogar que se añora, incluso si nunca existió.Foto: Regimantas Danys / Pexels
La familia es más grande. El dor rumano, que Mircea Eliade consideraba equivalente exacto de la saudade. La тоска rusa, que Nabokov glosó en su traducción de Eugenio Oneguin como "un dolor espiritual sin causa concreta, un anhelo sin nada que anhelar". El hüzün turco que Orhan Pamuk convirtió en el clima emocional de Estambul en su libro sobre la ciudad: una melancolía que no es de uno, sino de millones a la vez.
Y, al otro extremo del mundo, el mono no aware japonés, que es la misma zona del corazón mirada desde otro ángulo: no la ausencia de lo que se fue, sino la conciencia de que lo que está presente se va a ir. Lo desarrollamos en palabras japonesas de emociones: mono no aware y wabi-sabi.
Por qué no se traducen
La respuesta cómoda es "porque son muy suyas". La respuesta real es más interesante: estas palabras no describen un sentimiento, lo organizan. Tener un nombre para una emoción difusa la vuelve pensable, comunicable, incluso presumible. Un portugués no siente saudade porque exista la palabra, pero la palabra le da un sitio donde ponerla.
Por eso los tres pueblos que más gente despidieron en un puerto acabaron construyendo un vocabulario tan fino para la falta. No era literatura: era infraestructura emocional.