
Ohrid en dos días: la perla que Europa olvidó en Macedonia
Mientras el turismo masivo devora los Balcanes, una ciudad medieval junto al lago más antiguo de Europa sigue intacta. Dos días para entenderla.
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Mientras el turismo masivo devora los Balcanes, una ciudad medieval junto al lago más antiguo de Europa sigue intacta. Dos días para entenderla.
Petar Jovanovski lleva cuarenta y dos años remando en el mismo lago. Sale a las cinco de la mañana, cuando Ohrid todavía duerme y la niebla cubre el agua como una sábana gris. Pesca truchas con las mismas redes que su abuelo usaba en los años cincuenta. "El lago no ha cambiado", dice mientras tira de la red. "La gente sí."
Ohrid es una anomalía. Mientras Dubrovnik se ahoga en cruceros y Kotor vende su alma al turismo masivo, esta ciudad macedonia de treinta mil habitantes permanece al margen. Patrimonio de la Humanidad desde 1979, conserva trescientas sesenta y cinco iglesias —una por cada día del año, dicen— y un casco antiguo donde el tiempo parece detenido en algún punto del siglo XIX.
El lago Ohrid tiene entre dos y tres millones de años. Es uno de los lagos más antiguos del planeta, junto con el Baikal y el Tanganica. Alberga especies endémicas que no existen en ningún otro lugar: la trucha de Ohrid, el platy de Ohrid, esponjas que solo viven aquí. La profundidad máxima alcanza los doscientos ochenta y ocho metros. El agua es tan transparente que desde la orilla se ven las piedras del fondo a quince metros.

La jornada empieza en Santa Sofía, la iglesia que da nombre a la ciudad. Ohrid viene del eslavo "vo hrid", sobre la colina. La iglesia está en lo alto, construida en el siglo XI sobre un templo paleocristiano del siglo IV. Los frescos bizantinos cubren las paredes: Cristo Pantocrátor en la cúpula, la Virgen con el Niño en el ábside, santos con ojos enormes y manos estilizadas.
Marija Dimovska trabaja como restauradora de iconos en el taller municipal. Lleva veinte años limpiando frescos medievales con bastoncillos de algodón y paciencia infinita. "La técnica bizantina usa pigmentos minerales mezclados con yema de huevo", explica mientras trabaja en un fragmento del siglo XIII. "Los colores son los mismos que hace ochocientos años. El azul viene del lapislázuli que traían de Afganistán."
Desde Santa Sofía, el camino sube hacia la fortaleza del zar Samuel. Las murallas datan del siglo X, aunque los cimientos son romanos. El zar Samuel gobernó el primer imperio búlgaro desde aquí entre 997 y 1014. Bizancio lo derrotó en la batalla de Kleidion. El emperador Basilio II ordenó cegar a quince mil prisioneros búlgaros, dejando un ojo sano a cada centésimo hombre para que guiara a los demás de vuelta. Samuel murió de un infarto al ver llegar a su ejército mutilado.
Clemente de Ohrid, discípulo de Cirilo y Metodio, creó aquí el alfabeto cirílico en el siglo IX. La primera escuela eslava funcionó en Ohrid. El alfabeto se extendió por los Balcanes y Rusia. Hoy lo usan trescientos millones de personas.
Las vistas desde la fortaleza abarcan todo el lago. Albania está al otro lado, a menos de treinta kilómetros. El lago es compartido: dos tercios para Macedonia, un tercio para Albania. La frontera cruza el agua. En días despejados se distingue Pogradec, la ciudad albanesa de la orilla opuesta.
"El lago no ha cambiado. La gente sí."— Petar Jovanovski, pescador
Bajando por la calle Car Samoil se llega al teatro antiguo. Lo descubrieron en 1935, excavando para construir una escuela. Data del siglo II antes de Cristo, época helenística. Capacidad para tres mil quinientos espectadores. En julio y agosto se celebra el festival de verano de Ohrid: ópera, teatro, conciertos en un escenario que tiene dos mil doscientos años.

La tarde se pasa mejor en el casco antiguo. Calles empedradas, casas de madera con balcones volados, patios con parras. La arquitectura es otomana tardía, siglo XIX. Macedonia fue turca hasta 1912. En el bazar quedan talleres de filigrana de plata, técnica que los orfebres locales dominan desde hace siglos. Los pendientes y broches llevan motivos geométricos inspirados en los frescos bizantinos.
Stojan Naumovski dirige Kaneo desde 1998. El restaurante está junto a la iglesia de San Juan, el lugar más fotografiado de Macedonia. "Antes venían sobre todo macedonios", cuenta mientras pela patatas en la cocina. "Ahora hay holandeses, alemanes, españoles. Pero pocos. Nada que ver con Dubrovnik."
El segundo día empieza en el Museo sobre el Agua. Construido sobre pilotes en la bahía de los Huesos, reproduce un poblado neolítico. Los arqueólogos encontraron aquí los restos de una aldea lacustre del 1200 antes de Cristo. Vivían de la pesca y cultivaban trigo en las orillas. Las casas eran de madera y junco, con suelo de barro pisado. El museo muestra cómo vivían: herramientas de piedra, redes de lino, cerámicas decoradas con incisiones.
Desde la bahía de los Huesos, el paseo del lago continúa hacia el sur. Quince kilómetros de camino asfaltado junto al agua. Pasa por playas de guijarros, manantiales que brotan directamente del lago, restaurantes familiares donde sirven pescado recién capturado. El camino termina en el monasterio de San Naum, a dos kilómetros de la frontera albanesa.
Alquiler de bicicletas en Ohrid Bikes (Kosta Abraš 12): 500 MKD/día. Autobús a San Naum: sale cada hora desde la estación, 80 MKD, 30 minutos. Taxi: 1000-1200 MKD (unos 18 EUR) ida y vuelta con espera de dos horas. Barco turístico: sale a las 10:00 desde el puerto, 600 MKD ida y vuelta, incluye parada en San Naum.
Naum de Ohrid fundó el monasterio en el año 900. Fue compañero de Clemente, el del alfabeto. El monasterio actual data del siglo XVII, reconstruido sobre los cimientos medievales. Los frescos son del XIX, pintados por maestros de Debar. El iconostasio es de nogal tallado, con escenas del Antiguo Testamento.

Lo mejor de San Naum no es el monasterio. Son los manantiales. El río que viene de Albania se hunde en el terreno kárstico y reaparece aquí, brotando directamente en el lago. El agua es tan clara que se ven las truchas nadando entre las algas. Hay barcas de remos para recorrer el canal. Pavos reales caminan sueltos por el jardín del monasterio, tradición que nadie sabe explicar pero que lleva siglos.
Los colores son los mismos que hace ochocientos años. El azul viene del lapislázuli que traían de Afganistán.Marija Dimovska, restauradora de iconos
La vuelta a Ohrid se hace por la misma carretera. Si queda tiempo, merece la pena parar en Trpejca, pueblo de pescadores a mitad de camino. Treinta casas, dos restaurantes, una playa de piedra. En verano se llena de macedonios de Skopje que tienen casa de vacaciones aquí. El resto del año está casi vacío.
La tarde del segundo día se cierra en Ohrid, recorriendo las iglesias que faltan. San Clemente en Plaošnik, construida sobre la escuela medieval del alfabeto. Santa María Peribleptos, con frescos del siglo XIII que muestran la vida de la Virgen. San Juan Kaneo, la de las postales, asomada al lago como un balcón de piedra.
Mejor época: mayo-junio o septiembre. Julio-agosto hace calor y hay más gente. Invierno es frío pero el lago tiene su encanto con niebla. Cómo llegar: vuelo a Skopje, autobús a Ohrid (3 horas, 400 MKD). O vuelo a Tirana (Albania), autobús a Ohrid vía Pogradec (2.5 horas). Moneda: denar macedonio (MKD). 1 EUR = 61 MKD aprox. Aceptan euros en muchos sitios. Idioma: macedonio (cirílico). Inglés básico en hoteles y restaurantes. Visado: no necesario para españoles, estancia hasta 90 días.
Petar, el pescador, vuelve al puerto a las tres de la tarde. Ha vendido la pesca del día en el mercado. Doce kilos de trucha a ochocientos denares el kilo. Mañana saldrá otra vez a las cinco. "El lago da para vivir", dice mientras limpia las redes. "No para hacerse rico, pero para vivir sí."
Ohrid sigue siendo esa rareza: un lugar con peso histórico que no se ha vendido al turismo. No hay cruceros porque el lago es de agua dulce. No hay aeropuerto low-cost porque la pista es corta y está en medio de las montañas. No hay cadenas hoteleras porque la legislación protege el casco antiguo. Lo que hay es una ciudad que funciona, con pescadores que pescan, restauradores que restauran iconos, abuelas que venden tomates en el mercado.
Dos días bastan para verla. Tres si quieres conocerla. Una semana si buscas ese ritmo balcánico donde el tiempo se mide de otra manera y nadie tiene prisa por llegar a ninguna parte.
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