Interior de una habitación abandonada con paredes de madera descolorida y arena cubriendo el suelo.
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Kolmanskop: el pueblo diamantero que el desierto de Namibia se tragó

En 1908 un obrero del ferrocarril encontró un diamante en la arena y en pocos años surgió, en pleno desierto de Namibia, una réplica de ciudad alemana con casino, fábrica de hielo y un hospital con rayos X. Hoy las dunas ocupan las habitaciones.

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En una habitación de Kolmanskop, la puerta ya no abre del todo: una duna de arena fina, casi blanca, sube por la pared interior hasta media altura, entra por donde antes había una ventana con visillos y se derrama sobre lo que fue un suelo de parqué. No es una instalación artística. Es lo que pasa cuando un pueblo entero se abandona en el borde de uno de los desiertos más secos del planeta y nadie vuelve a barrer.

Kolmanskop vivió menos de medio siglo. Duró lo que duró el diamante que lo hizo posible.

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Vista aérea del desierto de Namibia con formaciones rocosas oscuras y cauces de ríos secos.
El vasto desierto de Namibia, una fuerza implacable que reclama lo que fue suyo.Foto: Hp.baumeler / Wikimedia Commons

Un diamante en la vía del tren

En 1908, un trabajador ferroviario llamado Zacharias Lewala, destinado en la línea entre Lüderitz y Aus, encontró una piedra brillante en la arena que estaba paleando y se la enseñó a su capataz, August Stauch. Stauch, que sabía reconocer un diamante, empezó a comprar en secreto derechos de prospección en la zona antes de que se corriera la voz.

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La zona, entonces colonia alemana del África del Sudoeste Alemana, resultó ser uno de los yacimientos de diamantes aluviales más ricos jamás encontrados: en algunos puntos, según cuenta la leyenda, bastaba con gatear de noche sobre la arena iluminada por la luna para ver brillar las piedras en la superficie. En pocos años surgió un pueblo minero con capital y ambición desproporcionados para su tamaño.

Habitación abandonada con el suelo cubierto de arena, paredes amarillas y techo de madera expuesto.
El desierto de Namibia reclama sus dominios, llenando de arena las casas de Kolmanskop.Foto: Francesco Ungaro / Unsplash

Una ciudad alemana trasplantada al Namib

Lo insólito de Kolmanskop no es que fuera rico, sino lo que hizo con esa riqueza en medio de la nada. Llegó a tener, para una población de unos pocos cientos de europeos, un casino, una sala de baile, un teatro, una máquina de rayos X —instalada en el hospital del pueblo—, una fábrica de hielo y hasta un tranvía.

El agua potable había que traerla en barco desde Ciudad del Cabo, a unos 1.000 kilómetros. Las casas se construyeron con una arquitectura de estilo wilhelmino —fachadas ornamentadas, balcones de madera tallada— que no tenía nada que ver con el paisaje que las rodeaba: era, deliberadamente, un pedazo de Alemania trasplantado al borde del Namib.

Una persona de espaldas con un vestido amarillo mira a través de grandes ventanas arqueadas hacia un paisaje desértico.
Las ventanas de una casa abandonada en Kolmanskop ofrecen una vista al desierto que engulló el pueblo.Foto: Andrew Svk / Unsplash

El declive

La misma geología que hizo rico a Kolmanskop lo condenó. En 1928 se descubrieron yacimientos todavía más ricos más al sur, cerca de la desembocadura del río Orange, y la actividad minera se desplazó hacia allí. El declive, en realidad, venía de antes: los depósitos de la zona ya habían empezado a agotarse durante la Primera Guerra Mundial. En 1956 el pueblo quedó definitivamente abandonado.

Desde entonces, el desierto ha hecho lo que hace un desierto cuando nadie se lo impide: entrar. El viento del Namib empuja arena fina por debajo de las puertas y por los marcos de las ventanas rotas, año tras año, y algunas habitaciones tienen hoy más de un metro de duna acumulada en su interior.

Edificios abandonados de estilo colonial rodeados por dunas de arena y vegetación desértica bajo un cielo azul.
Las imponentes estructuras de Kolmanskop, ahora engullidas por las arenas del desierto de Namibia.Foto: Chris Stenger / Unsplash

Cómo se visita hoy

Kolmanskop está a apenas diez minutos en coche de Lüderitz, en la costa suroeste de Namibia, dentro de la llamada Sperrgebiet o "zona prohibida", la extensa área diamantera que sigue restringida al público general. El propio pueblo abandonado, sin embargo, se gestiona como sitio turístico por la compañía minera Namdeb, con entrada de pago y visitas guiadas o libres en horario limitado.

Antes de ir

La mejor luz para fotografiar el interior de las casas con arena es a primera hora de la mañana, cuando el sol entra en ángulo bajo por las ventanas.

El acceso a Lüderitz desde el resto de Namibia es largo: la carretera desde Windhoek son varias horas por el desierto, así que conviene planificarlo como parte de una ruta más amplia por el sur del país, no como una excursión de un día desde la capital.

Fuera del recinto vallado y gestionado, el resto de la Sperrgebiet sigue cerrada al público: no se puede simplemente salir a explorar el desierto diamantero por libre.

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