Kandy: un viaje a la espiritualidad y tradiciones ancestrales
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Kandy: un viaje a la espiritualidad y tradiciones ancestrales

En el corazón de la isla de Sri Lanka, rodeada por colinas ondulantes cubiertas de plantaciones de té, se encuentra la ciudad de Kandy

Foto de Susana GilSusana Gil
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En las tierras altas del centro de Sri Lanka, rodeada de colinas cubiertas de plantaciones de té y bosque tropical, Kandy fue la última capital del antiguo Reino de Kandy, el último reino independiente de la isla, que resistió a portugueses y holandeses antes de caer finalmente ante los británicos en 1815. Ese pasado de resistencia y esplendor real sigue impregnando cada rincón de la ciudad, desde el lago artificial que mandó construir su último rey hasta el templo que guarda la reliquia más venerada del budismo cingalés.

El Templo del Diente y la ciudad sagrada

El corazón espiritual de Kandy es el Sri Dalada Maligawa, el Templo del Diente de Buda, un complejo de tejados dorados y patios de piedra que alberga, según la tradición, un diente canino del propio Buda. La reliquia llegó a Sri Lanka en el siglo IV escondida en el cabello de una princesa y desde entonces ha sido símbolo de legitimidad para quien gobernara la isla: poseerla equivalía a tener derecho al trono. Hoy se guarda en una cámara interior a la que solo se accede en contadas ceremonias, pero el ritual diario de ofrendas, tambores y cánticos puede presenciarse tres veces al día.

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El templo no es una pieza aislada: forma parte, junto con el resto del núcleo histórico de Kandy, de un conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que reconoce tanto el valor religioso del recinto como el trazado urbano que se conservó prácticamente intacto tras la conquista británica. Pasear por sus calles cercanas —con el lago Kandy como referencia central— es recorrer lo que fue la última corte real cingalesa.

A pocos pasos del templo se levanta lo que queda del Palacio Real de Kandy, residencia de los últimos monarcas cingaleses. Parte del complejo alberga hoy el Museo Nacional de Kandy, con objetos de la corte, textiles ceremoniales y piezas que ayudan a entender cómo era la vida palaciega antes de 1815. Es una parada breve pero que completa el relato del templo: uno guardaba la legitimidad espiritual, el otro el poder temporal.

Código de vestimenta en el templo

Para entrar al Sri Dalada Maligawa hay que cubrir hombros y rodillas y descalzarse antes de acceder al recinto (conviene llevar calcetines, porque el suelo de piedra se calienta mucho al mediodía). Las ceremonias de ofrendas de las 6:30, 9:30 y 18:30 son los momentos más interesantes para visitar; si buscas el festival Esala Perahera, planifica el viaje entre finales de julio y principios de agosto, cuando se celebran las procesiones, y reserva alojamiento con meses de antelación.

El Esala Perahera, el gran festival de los elefantes

Si hay un momento en el que Kandy multiplica su intensidad es durante el Esala Perahera, celebrado cada año entre julio y agosto en honor a la reliquia del Diente de Buda. Durante varias noches consecutivas, decenas de elefantes ataviados con mantos bordados y luces recorren las calles del centro escoltando una réplica ceremonial del relicario, acompañados de danzantes tradicionales, malabaristas de fuego, tamborileros y latigueros que despejan el camino a golpe de chasquido.

El festival combina elementos budistas e hindúes y culmina con una ceremonia en la que se sumerge simbólicamente una espada en el río Mahaweli, el más largo de Sri Lanka, en un rito de purificación que cierra el ciclo. Es uno de los espectáculos religiosos y culturales más antiguos de Asia, y durante esas noches la ciudad entera se vuelca en la calle, así que conviene reservar alojamiento con mucha antelación.

Colinas de té y naturaleza alrededor de la ciudad

Kandy es también la puerta de entrada a las tierras altas donde se cultiva buena parte del té cingalés. A poca distancia del centro, el Jardín Botánico Real de Peradeniya reúne una de las colecciones de plantas tropicales más completas de Asia, con una avenida de palmeras reales, un jardín de orquídeas y árboles centenarios plantados por visitantes ilustres a lo largo de más de dos siglos.

Quien prefiera caminar puede subir a miradores como el de la colina de Bahirawakanda, coronada por una gran estatua de Buda desde la que se domina todo el valle, o adentrarse por senderos entre plantaciones hacia pueblos donde todavía se recoge la hoja a mano. El paisaje verde y ondulado de Kandy contrasta con el calor húmedo de la costa y explica por qué los británicos instalaron aquí sus primeras plantaciones de té a gran escala en el siglo XIX, tras la crisis del café que arruinó los cultivos anteriores.

Sabores de las tierras altas

La cocina de Kandy sigue la base del rice and curry cingalés: arroz acompañado de varios curries de verdura, lentejas (dhal) y pescado o pollo, servido con sambol de coco picante. En los mercados y puestos callejeros del centro son habituales las kottu roti, tiras de pan salteadas con verduras, huevo y especias en la plancha, y los hoppers, unos cuencos finos de masa de arroz fermentada con un huevo frito en el centro, típicos del desayuno. Al ser zona de té, es también un buen lugar para probar variedades de altura en salones de degustación vinculados a las plantaciones cercanas.

Cómo llegar: el tren desde Colombo y el tramo hacia Ella

La forma más recomendable de llegar a Kandy desde Colombo es en tren. El trayecto, de algo más de tres horas, asciende progresivamente desde la costa hasta los 500 metros de altitud de la ciudad, atravesando arrozales y bosque antes de entrar en las primeras colinas. Pero el tramo verdaderamente célebre empieza en Kandy: la línea que continúa hacia Ella, ya en el corazón de las tierras altas, está considerada uno de los trayectos ferroviarios más espectaculares del mundo, con vagones que serpentean entre plantaciones de té, puentes y viaductos con vistas que se abren de repente sobre valles enteros.

Conviene reservar plaza con antelación, sobre todo en segunda clase o en los vagones con ventanas panorámicas, ya que la demanda turística de esta ruta ha crecido mucho en los últimos años. Una vez en Kandy, el centro histórico se recorre fácilmente a pie, y los tuk-tuks son la opción más práctica para moverse a los jardines botánicos o a los miradores de las colinas cercanas.

Kandy condensa en un espacio manejable buena parte de lo que hace especial a Sri Lanka: un patrimonio religioso vivo, un pasado real todavía visible en sus calles y un entorno natural que invita a quedarse más de un día. Ya sea por el templo, por el festival o simplemente por el trayecto en tren que la conecta con el resto de la isla, es una de esas ciudades que justifican por sí solas una ruta por el país.

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