
Dónde viajar en octubre: colores de otoño y festivales
Octubre es el mes de los bosques encendidos y las fiestas de la cosecha. Destinos donde el otoño se vive con intensidad, lejos del turismo de verano.
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Octubre es el mes de los bosques encendidos y las fiestas de la cosecha. Destinos donde el otoño se vive con intensidad, lejos del turismo de verano.
El koyo es el fenómeno japonés de contemplación del cambio de color del follaje en otoño, especialmente de los arces, y funciona como equivalente otoñal del hanami primaveral, con mapas de previsión y rutas organizadas para perseguirlo.
En la estación de Shin-Aomori, un grupo de jubilados espera el tren con cámaras colgadas al cuello. Van a Towada, en el norte de Japón, a fotografiar arces. Es mediados de octubre y el koyo —la transformación del follaje— ha comenzado. Los japoneses llevan siglos persiguiendo este fenómeno como nosotros perseguimos la floración del almendro. La diferencia es que ellos lo tienen sistematizado: hay mapas de previsión, aplicaciones que avisan cuando el rojo alcanza su punto álgido, autobuses nocturnos que salen de Tokio hacia bosques remotos.
Octubre es el mes en que el hemisferio norte se incendia sin fuego. Y también cuando muchos destinos recuperan el pulso después del parón estival. Las temperaturas bajan, los precios también, y aparecen festivales que celebran la cosecha, la vendimia, la llegada del frío.

Takeshi Yamamoto lleva treinta años organizando rutas de koyo desde su agencia en Kioto. "La gente cree que es solo mirar árboles", dice mientras consulta el mapa de previsión en su ordenador. "Pero hay que entender la luz, la altitud, la variedad de arce. Un momiji no es igual en Hokkaido que en Kyushu."
El circuito clásico empieza en los Alpes Japoneses —Kamikochi, Norikura— donde el color llega antes por la altitud. A mediados de mes, el frente baja hacia Nikko, con sus templos rodeados de arces de trescientos años. Finales de octubre es para Kioto: el Tofuku-ji, el Eikando, jardines donde el paisajismo se diseñó pensando en este momento del año.
"Un momiji no es igual en Hokkaido que en Kyushu. Hay que entender la luz, la altitud, la variedad de arce"— Takeshi Yamamoto, guía especializado en koyo
Los templos principales de Kioto colapsan en octubre. Alternativas menos conocidas: el monte Takao (una hora desde Tokio en tren), el valle de Korankei cerca de Nagoya, o la península de Izu si buscas mar y montaña juntos.
Sarah Chen conduce por la Ruta 100 de Vermont con una lista de granjas apuntadas en un cuaderno. Es fotógrafa de arquitectura en Boston, pero cada octubre se toma una semana para recorrer Nueva Inglaterra. "No vengo por los árboles", dice. "Vengo por lo que pasa alrededor: las sidrerías que abren solo en otoño, los mercados de calabazas, las casas de madera blanca con arces en el jardín."
El fall foliage de Nueva Inglaterra es menos místico que el japonés y más funcional: la gente va en coche, para en pueblos pequeños, compra sidra recién prensada, vuelve a casa el mismo día. El pico de color suele darse entre la segunda y tercera semana de octubre, empezando por el norte —Vermont, New Hampshire— y bajando hacia Connecticut.

Las webs estatales de turismo publican mapas semanales del estado del follaje. Alquilar coche es imprescindible. La Ruta 100 (Vermont) y la Kancamagus Highway (New Hampshire) son las más escénicas. Reservar alojamiento con dos meses de antelación; los bed & breakfast se llenan rápido.
Más allá de la ruta turística, octubre es temporada de apple picking —recoger manzanas directamente del árbol— en docenas de granjas. Y de laberintos de maíz, un fenómeno rural que se ha convertido en atracción familiar. Sarah recomienda evitar los fines de semana: "Entre semana, las carreteras son tuyas."
En la destilería Balvenie, en Speyside, octubre es el mes del malting. La cebada recién cosechada se extiende en el suelo de la maltería y hay que removerla a mano cada ocho horas para que germine de forma uniforme. Ian Millar, uno de los últimos maltmen que quedan en Escocia, lleva cuarenta años haciendo este trabajo. "La mayoría de destilerías compran malta industrial", dice mientras remueve con una pala de madera. "Aquí seguimos haciéndolo como en 1892."
La mayoría de destilerías compran malta industrial. Aquí seguimos haciéndolo como en 1892Ian Millar, maltman en Balvenie
Octubre en Escocia es frío y lluvioso, pero también el mes del Spirit of Speyside Whisky Festival en primavera y del Fèis Ìle en Islay en mayo. Pero en otoño, las Highlands organizan decenas de eventos más pequeños: catas en destilerías, cenas maridaje, rutas a pie entre productores.

La cebada se cosecha en agosto y septiembre. En octubre comienza el malteado: el grano se empapa, germina y se seca con humo de turba. Luego se muele, se fermenta y se destila. El whisky pasa años en barricas antes de embotellarse. El que se bebe hoy se hizo con la cosecha de hace una década.
Fuera de las destilerías, las Highlands en octubre son un estudio en tonos ocres. Los brezales se secan, los ciervos braman en época de celo, y los días se acortan rápido. No es un destino para buscar sol, sino para caminar bajo cielos grises y terminar en un pub con chimenea.
En la bodega Fontodi, cerca de Panzano in Chianti, la vendimia de octubre se hace a mano y por zonas. Giovanni Manetti, propietario y enólogo, decide cada mañana qué parcelas se cosechan según la maduración de la uva. "Las sangiovese de altitud las dejamos hasta la segunda semana", explica mientras revisa un racimo. "Necesitan más sol, más tiempo."
Octubre en Toscana huele a mosto. Las bodegas están en plena fermentación, y los pueblos organizan fiestas del vino nuevo: Montepulciano, Montalcino, San Gimignano. No son eventos turísticos, sino celebraciones locales donde se prueba el vino novello —un tinto joven que se bebe en noviembre— acompañado de castañas asadas y embutidos.

Algunas bodegas orgánicas aceptan voluntarios durante la vendimia. No es turismo: se trabaja de sol a sol, se come con la cuadrilla, se duerme en habitaciones compartidas. Bodegas como Podere Le Boncie o San Giusto a Rentennano avisan en sus webs cuando necesitan ayuda. Experiencia física, no romántica.
El paisaje de octubre es distinto al de verano. Los campos de girasoles están secos, los olivos comienzan a cargarse de aceitunas, y los bosques de castaños se vuelven dorados. Las temperaturas rondan los 18 grados, perfectas para caminar entre viñedos o recorrer en bicicleta la Chiantigiana, la carretera que une Florencia con Siena.
"Las sangiovese de altitud las dejamos hasta la segunda semana. Necesitan más sol, más tiempo"— Giovanni Manetti, enólogo de Fontodi
Cuando en Europa es otoño, en la Patagonia es primavera. Octubre marca el inicio de la temporada de trekking, con dos ventajas: menos gente que en verano y flores silvestres por todas partes. En Torres del Paine, el parque nacional chileno, los senderos están casi vacíos. "Octubre es el secreto mejor guardado", dice Claudia Pérez, guía de montaña en Puerto Natales. "El clima es inestable, sí, pero puedes caminar el W completo sin cruzarte con nadie."
El viento patagónico en octubre todavía es fuerte —puede superar los 100 km/h— pero las temperaturas suben respecto a septiembre. Los glaciares están más blancos, porque las lluvias de invierno han limpiado la nieve sucia. Y en los valles, los ñirres y lengas empiezan a brotar, tiñendo el paisaje de verde claro.

El viento patagónico no es una exageración. Llevar cortavientos de calidad, gorro que se ajuste bien, y gafas de sol (el polvo vuela). Las tiendas de campaña deben estar bien ancladas; muchos campings ofrecen refugios de piedra para cocinar. Reservar refugios con meses de antelación, aunque en octubre hay más disponibilidad que en enero.
Más al norte, en El Chaltén (Argentina), octubre es el mes de los escaladores. Las paredes del Fitz Roy y el Cerro Torre empiezan a estar accesibles después del invierno, y los alpinistas internacionales llegan antes que los turistas. El pueblo tiene cinco mil habitantes en invierno y treinta mil en verano. En octubre, todavía se puede cenar en cualquier restaurante sin reserva.
Octubre también es buena época para avistar fauna: los guanacos paren en primavera, y es común verlos con crías. Los cóndores vuelan aprovechando las térmicas, y en la costa atlántica, cerca de Punta Arenas, las ballenas francas australes llegan para reproducirse.
En Marrakech, octubre es el mes en que los hoteles vuelven a llenarse. Las temperaturas bajan de los 30 grados, y los jardines de la Mamounia recuperan el verde después del verano seco. Youssef el-Fassi, jardinero jefe del hotel desde hace veinte años, pasa octubre replantando: "En verano solo sobreviven las palmeras y los cactus. En otoño vuelven las rosas, los jazmines, las buganvillas."
Octubre también es buen mes para el desierto. En el Sáhara, las noches ya son frescas —a veces frías— pero los días siguen siendo cálidos sin ser insoportables. Las dunas de Erg Chebbi, cerca de Merzouga, están menos concurridas que en diciembre, y las excursiones en camello se pueden negociar mejor.

Los tours de tres días Marrakech-Merzouga son baratos pero industriales: grupos de 15 personas, paradas en tiendas de alfombras, campamentos con cien turistas. Mejor contratar un 4x4 privado desde Ouarzazate o Tinghir, negociar directamente con bereberes en Merzouga, y dormir en campamentos pequeños lejos de las rutas principales.
En las montañas del Atlas, octubre es temporada de cosecha de nueces y almendras. Los pueblos bereberes organizan mercados semanales donde se vende miel de azahar, aceite de argán recién prensado, y dátiles de la región de Zagora. Es también el mejor mes para hacer trekking en el valle de Aït Bougmez, antes de que llegue la nieve a los pasos de altura.
Octubre en Marruecos no es espectacular, pero sí cómodo. No hace demasiado calor, no hay multitudes, y los precios están a medio camino entre temporada baja y alta. Es un mes funcional para un país que en verano puede ser agotador y en invierno, frío en las montañas.
Octubre no tiene la euforia de la primavera ni la luz del verano. Pero tiene algo mejor: la sensación de que el mundo se reorganiza. Los árboles cambian de color, las cosechas terminan, los animales se preparan para el invierno. Y los viajeros que eligen este mes suelen buscar algo distinto: menos postal, más experiencia. Menos multitud, más conversación con quien vive allí todo el año.
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