Yazd: un viaje al corazón de la antigua Persia
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Yazd: un viaje al corazón de la antigua Persia

Yazd destaca por sus torres de viento y cúpulas de adobe en el desierto iraní. Explora la Mezquita del Viernes con azulejos esmaltados y saborea pollo Yazdi junto a ghotab. Descubre paisajes desérticos y la herencia zoroastriana de esta urbe persa.

Foto de Jorge SánchezJorge Sánchez
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En pleno desierto de Irán, entre las cadenas montañosas del Zagros y las dunas del Dasht-e Kavir, Yazd resiste desde hace más de dos mil años sin dejar de habitarse. No es una ciudad museo: sus callejones de adobe siguen llenos de tiendas de té, talleres textiles y familias que viven exactamente donde vivieron sus abuelos. En 2017 la UNESCO declaró la ciudad histórica de Yazd Patrimonio de la Humanidad, reconociendo un urbanismo que resolvió, mucho antes que el aire acondicionado, el problema de habitar uno de los climas más extremos del planeta.

Arquitectura del desierto: adobe y torres de viento

Lo primero que llama la atención al llegar a Yazd es el color: toda la ciudad vieja es del mismo ocre térreo, construida con adobe y ladrillo de barro cocido al sol. Ese material, junto con muros gruesos y callejones estrechos y sombreados, mantiene el interior de las casas templado incluso cuando fuera se superan los 40 grados en verano. Pero el elemento más reconocible del perfil urbano son los badgir, las torres de viento: estructuras rectangulares que se alzan sobre los tejados y captan cualquier corriente de aire para canalizarla hacia el interior de la vivienda, donde se enfría al pasar sobre aljibes subterráneos o patios con agua. Es un sistema de refrigeración pasiva, sin electricidad, que llevan perfeccionando generaciones de maestros de obra locales.

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Pasear por el barrio histórico de Fahadan, con sus pasadizos cubiertos y sus puertas de madera tachonada, es la mejor forma de entender esta lógica constructiva. Muchas de las mansiones tradicionales de comerciantes se han convertido en hoteles boutique que conservan patios interiores, estanques y las propias torres de viento, así que dormir en uno de ellos es también una lección práctica de arquitectura bioclimática.

La Mezquita del Viernes y sus mosaicos azules

En el centro del casco antiguo se levanta la Mezquita del Viernes, o Jameh Mosque, uno de los edificios religiosos más admirados de Irán. Su portal de entrada, decorado con mosaicos de azulejo en distintos tonos de azul y turquesa formando caligrafía cúfica y motivos geométricos, data del siglo XIV y corona dos de los minaretes más altos del país. El efecto, especialmente al atardecer cuando la luz incide de lleno sobre los mosaicos, es difícil de describir sin haberlo visto: la fachada entera parece vibrar.

El interior, más sobrio, conserva un mihrab de azulejos vidriados y una sala hipóstila fresca incluso en pleno agosto, otra muestra de cómo la arquitectura religiosa persa también se pensó para el clima. Conviene visitarla temprano, antes de que lleguen los grupos turísticos, para tener el patio casi para uno solo.

"Yazd no enseña su historia en vitrinas: la sigue habitando, cocinando y rezando cada día entre sus muros de barro."

El legado zoroastriano: fuego eterno y Torres del Silencio

Yazd es, junto con Kerman, el centro histórico más importante del zoroastrismo en Irán, la religión preislámica fundada por el profeta Zoroastro y basada en la dualidad entre el bien y el mal, simbolizada por el fuego como elemento purificador. En el templo del Atash Behram, en pleno centro de la ciudad, se conserva una llama que, según la tradición local, arde de forma ininterrumpida desde hace siglos, alimentada generación tras generación por los sacerdotes zoroastrianos. Se puede ver a través de un cristal en la sala principal, mientras pequeños paneles explican la historia de esta comunidad, hoy minoritaria pero con presencia continua en la región.

A las afueras de la ciudad, sobre dos colinas áridas, se alzan las Torres del Silencio o Dakhmeh. Durante siglos, los zoroastrianos exponían aquí a sus muertos para que fueran consumidos por buitres y el sol, en un ritual de excarnación que evitaba contaminar la tierra, el agua o el fuego, elementos considerados sagrados. La práctica se abandonó a mediados del siglo XX por motivos sanitarios y legales, y hoy las torres están vacías, pero subir hasta ellas al atardecer, con el desierto extendiéndose en todas direcciones, sigue siendo una de las experiencias más sobrecogedoras de la región.

Gastronomía y tradición sedera

La cocina de Yazd refleja su historia como parada en las rutas comerciales del desierto: platos especiados, mucho uso de dátiles, granada y azafrán, y una repostería que es, probablemente, lo que más recuerdan los viajeros al volver a casa. El dulce local por excelencia es el ghotab, unas empanadillas fritas rellenas de almendra, cardamomo y azúcar, junto con el pashmak, un algodón de azúcar hilado a mano que se vende en cajas de colores por todo el bazar. También es célebre el ash-e shole ghalamkar, un guiso espeso de legumbres y hierbas que se sirve en las casas de té tradicionales instaladas en antiguos aljibes reconvertidos.

Yazd fue también, durante siglos, un nudo textil relevante en la Ruta de la Seda, y esa herencia sigue viva en sus talleres de termeh, un tejido de brocado con motivos florales tradicionalmente elaborado en telares de madera manejados a mano. En el bazar de Panjeh Ali Khan y en pequeños talleres del barrio histórico todavía se puede ver a artesanos trabajando estos telares centenarios, produciendo piezas que antes vestían a la aristocracia persa y hoy se venden como manteles, chales y tapices. Comprar directamente en el taller, en lugar de en las tiendas de souvenirs del centro, suele garantizar una pieza hecha a mano y un precio más justo para el artesano.

Entre torres de viento, mosaicos azules, fuego sagrado y telares que no han cambiado en siglos, Yazd ofrece algo cada vez más raro en Irán: una ciudad histórica que no se ha convertido en decorado, sino que sigue funcionando como lo que siempre fue, un oasis de adobe en medio del desierto.

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