
El Bierzo en dos días: Las Médulas, Ponferrada y el mencía que resiste
Un fin de semana en la España vaciada que se reinventa: paisajes romanos, viticultores que luchan contra el abandono y una capital que recupera su pulso.
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Un fin de semana en la España vaciada que se reinventa: paisajes romanos, viticultores que luchan contra el abandono y una capital que recupera su pulso.
Las Médulas es un paisaje cultural en El Bierzo (León) resultado de la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio Romano. Entre los siglos I y III d.C., los romanos extrajeron entre 800 y 1.500 toneladas de oro mediante la técnica ruina montium, que transformó las montañas en formaciones rojizas únicas, hoy Patrimonio de la Humanidad.
"Cuando era crío, esto era el fin del mundo", dice. "Ahora vienen japoneses a fotografiar el atardecer y alemanes a hacer la ruta del oro. Pero los que nacimos aquí seguimos siendo pocos."
El Bierzo pierde población desde los años sesenta. En 2023, la comarca tenía 120.000 habitantes. Veinte años antes eran 135.000. Los pueblos del interior —Carucedo, Borrenes, Priaranza— se vacían cada invierno. Pero hay quien se queda. Y quien vuelve.

Los romanos llegaron en el siglo I y se fueron dos siglos después. Dejaron un paisaje irreconocible: montañas perforadas, galerías que atraviesan la roca, torrentes de agua que arrastraron millones de toneladas de tierra para separar el oro del barro. La técnica se llamaba ruina montium. Literalmente, la ruina de las montañas.
Elena Rodríguez trabaja como guía en el Aula Arqueológica de Las Médulas desde 2015. Antes vivía en León capital, pero volvió cuando se jubiló su padre. "Aquí todo el mundo tiene un familiar que se fue", explica. "Yo volví porque quería que mis hijas conocieran esto. Y porque alguien tiene que contar la historia."
Entre los siglos I y III d.C., los romanos extrajeron de Las Médulas entre 800 y 1.500 toneladas de oro. Para ello, construyeron un sistema hidráulico de más de 300 kilómetros que traía agua desde los Montes Aquilanos. El oro se enviaba directamente a Roma para acuñar moneda. Sin Las Médulas, el Imperio no habría podido financiar sus legiones.
La ruta clásica empieza en el mirador de Orellán y baja hasta la galería de La Encantada, un túnel de 63 metros que atraviesa la montaña. El suelo es de tierra roja. Las paredes conservan las marcas de los picos romanos. Huele a humedad y a castaño.
Después de los romanos, el paisaje se llenó de castaños. Algunos tienen más de quinientos años. En otoño, el suelo se cubre de erizos abiertos. Los vecinos los recogen para venderlos en Ponferrada. Elena dice que cada vez hay menos gente que lo haga. "Las castañas no dan dinero. Y los jóvenes se van a León o a Madrid."

Ponferrada tiene mala fama entre los propios bercianos. Durante décadas fue una ciudad minera, gris, sin gracia. Las últimas minas de carbón cerraron en 2018. Desde entonces, la ciudad intenta encontrar otro relato.
Ana García lleva una librería en la calle Gil y Carrasco desde 2019. Antes trabajaba en una gestoría. "Ponferrada está cambiando", dice. "Antes solo había bares de menú del día. Ahora hay cafeterías donde puedes sentarte con un libro. Y gente joven que vuelve de Madrid."
Ponferrada está cambiando. Antes solo había bares de menú del día. Ahora hay cafeterías donde puedes sentarte con un libro.Ana García, librera
El casco histórico se recorre en media hora. Empieza en la plaza del Ayuntamiento, sigue por la Basílica de la Virgen de la Encina —una construcción del XVI con una torre renacentista— y termina en el Castillo de los Templarios. El castillo es del siglo XII, aunque lo que se ve hoy es una reconstrucción del XV. Dentro hay un museo sobre la Orden del Temple y exposiciones temporales. Desde las murallas se ve toda la ciudad y, al fondo, los Montes Aquilanos.
Roberto Blanco trabaja en la oficina de turismo del castillo. Nació en Ponferrada en 1985, se fue a estudiar a Salamanca y volvió en 2020. "Aquí no hay gran vida cultural", reconoce. "Pero tampoco hay atascos ni alquileres de 800 euros. Y puedes ir andando a todas partes."
En la plaza de la Encina, junto a la basílica, hay tres bares con terraza. A mediodía se llenan de jubilados que toman vermú. Por la tarde, de madres con niños. Los sábados, de grupos que vienen de los pueblos a hacer compras. Es una ciudad pequeña, de 65.000 habitantes, donde todavía se saluda por la calle.

Cacabelos está a diez kilómetros de Ponferrada. Es un pueblo de 5.000 habitantes con diecisiete bodegas. La D.O. Bierzo tiene 3.200 hectáreas de viñedo. En 2000 eran 4.500. El éxodo rural también se nota en las viñas.
Volvemos con Javier Domínguez. Su bodega se llama Dominio del Bierzo y está en las afueras de Cacabelos, rodeada de viñedos. Él es la cuarta generación. Su bisabuelo plantó las primeras cepas en 1920. Su padre las arrancó en los años ochenta porque no daban dinero. Javier las replantó en 2005.
"Mi padre decía que el vino era cosa de pobres. Yo pensé que podía ser cosa de todos si lo hacíamos bien."— Javier Domínguez, viticultor
El mencía es una uva tinta que solo crece bien en El Bierzo y Valdeorras, protegida por la D.O. Bierzo. Da vinos ligeros, con acidez alta y taninos suaves. "No es un vino que te tumbe", explica Javier. "Es un vino para beber, no para pensar."
La cata es en una sala con barricas de roble francés. Javier sirve tres vinos: un mencía joven, un crianza y un reserva. El joven es ácido, con notas de cereza. El crianza tiene más cuerpo, con toques de vainilla. El reserva es complejo, con recuerdos de tabaco y cuero. Acompañan con pimientos asados del Bierzo, cecina de León y queso de Valdeón.
Además de Dominio del Bierzo, merece la pena visitar Bodegas y Viñedos Pérez Caramés (en Cacabelos, con catas los sábados previa reserva) y La Moncloa de San Lázaro (en Carracedelo, con restaurante propio). Muchas bodegas exigen reserva previa, sobre todo en temporada baja.
Javier tiene 48 años. Sus dos hijos estudian en León. No sabe si volverán. "Les digo que aquí hay futuro si sabes vender", cuenta. "Pero es difícil competir con un sueldo fijo en la ciudad."

Después de la cata, Javier enseña los viñedos. Son cepas viejas, de más de cincuenta años, plantadas en laderas orientadas al sur. El suelo es pizarra y arcilla. Las hojas empiezan a ponerse rojas. En dos semanas será la vendimia.
"Esto es lo que queda", dice mirando las viñas. "Mi abuelo tenía el triple de hectáreas. Pero nadie quiere trabajar el campo. Yo lo hago porque me gusta. Y porque alguien tiene que hacerlo."
El domingo por la tarde, antes de volver, paramos en un viñedo cerca de Villafranca del Bierzo. Es un sitio sin nombre, al lado de la carretera. El sol está bajo. Las montañas se ven azules. Un tractor pasa levantando polvo.
El Bierzo no es un destino de fin de semana al uso. Entre lo que ver en El Bierzo no hay grandes monumentos ni playas ni ciudades monumentales. Es un territorio que se resiste a desaparecer. Paisajes que los romanos dejaron irreconocibles y que el tiempo ha convertido en otra cosa. Pueblos que pierden habitantes pero que algunos se empeñan en mantener vivos. Vino que sabe a tierra roja y a esfuerzo.
No es poco.
Mejor época: octubre para la vendimia y el otoño en los castaños. Primavera (abril-mayo) para evitar el calor del verano. Base recomendada: Ponferrada, con opciones de alojamiento y restaurantes. Desde allí, Las Médulas está a 25 minutos en coche y Cacabelos a 10. Transporte: imprescindible coche propio. No hay transporte público útil entre los puntos de interés.
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