Wilfred Thesiger: el último nómada del desierto
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Wilfred Thesiger: el último nómada del desierto

Wilfred Thesiger cruzó el desierto del Rubʿ al-Jali con beduinos, viviendo su estilo nómada y documentándolo en 'Arabian Sands'. Exploró el río Awash en Etiopía y convivió con marsh Arabs en Irak, registrando culturas tradicionales ante la modernidad.

Foto de Jorge SánchezJorge Sánchez
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Primeros años y formación

Wilfred Thesiger nació en 1910 en Adís Abeba, donde su padre ejercía como diplomático británico en la corte etíope. Esa infancia africana, entre jefes tribales y ceremonias que nada tenían que ver con la Inglaterra eduardiana, marcó para siempre su idea de lo que merecía ser vivido. Cuando la familia regresó al Reino Unido, el contraste le resultó insoportable: la disciplina de un internado inglés y después de Eton y Oxford le parecían una versión empobrecida de la existencia.

Terminados los estudios, Thesiger rechazó la trayectoria previsible que le esperaba —una carrera cómoda en la administración o los negocios— y se marchó a Sudán y Etiopía, donde participó en expediciones de caza y cartografía. Aquellos primeros viajes por el Cuerno de África fueron el aprendizaje de un oficio que definiría su vida entera: moverse a pie o a lomos de camello, dormir donde no había mapas fiables, y ganarse la confianza de comunidades que no tenían ningún motivo para confiar en un inglés.

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El cruce del Rub al-Jali

La hazaña que convirtió a Thesiger en leyenda fue el cruce del Rub al-Jali, el Cuarto Vacío, la mayor extensión de arena continua del planeta, repartida hoy entre Arabia Saudí, Omán, Emiratos Árabes Unidos y Yemen. Entre 1946 y 1948 lo atravesó dos veces, viajando con beduinos de las tribus Bait Kathir y Rashid, compartiendo su dieta escasa, su ritmo de marcha nocturno para evitar el calor extremo y su desconfianza hacia cualquier forma de ayuda mecánica. No llevaba radio ni apoyo logístico externo: dependía por completo del conocimiento del terreno que solo esos hombres poseían.

De aquella experiencia nació "Arabian Sands" (1959), publicado en español como "Arena, viento y silencio" según la edición. El libro no es solo un relato de resistencia física: es el retrato de una forma de vida beduina que Thesiger sabía condenada. Escribió sobre esos años con la conciencia de haber presenciado algo que ya empezaba a desaparecer, aplastado por la prospección petrolera y la llegada del vehículo motorizado al desierto arábigo.

"Thesiger vio con claridad lo que estaba en juego: no era solo arena y distancias, sino un modo de vida que la velocidad del motor volvía irrecuperable."

Los Marsh Arabs de Irak

Thesiger no se detuvo en el desierto. En 1951 emprendió otra expedición decisiva, esta vez hacia un paisaje radicalmente distinto: los pantanos del sur de Irak, entre el Tigris y el Éufrates, donde vivían los llamados Marsh Arabs o Ma'dan. Pasó allí largas temporadas a lo largo de casi una década, desplazándose en canoas estrechas llamadas mashoof entre poblados construidos sobre islas artificiales de cañas.

Quedó cautivado por un estilo de vida que le pareció profundamente armónico con su entorno: la arquitectura de cañas trenzadas, la cría de búfalos de agua, la economía de subsistencia regulada por el ritmo de las crecidas. De aquellos años surgió "The Marsh Arabs" (1964), acompañado de fotografías propias que documentan un paisaje humano que décadas después, bajo el régimen de Sadam Husein, sería drenado y devastado de forma deliberada como castigo político contra la población de la zona.

Además de Arabia y los pantanos iraquíes, Thesiger realizó expediciones por el Kurdistán, el Hindú Kush, el norte de Kenia y otras regiones remotas de Asia y África, siempre con el mismo método: años de inmersión, desplazamiento lento y una cámara que utilizó con un talento reconocido más tarde como el de un fotógrafo documental de primer orden, no solo el de un escritor con afición por la imagen.

Legado y crítica a la modernidad

El trabajo de Thesiger fue reconocido con numerosos honores, entre ellos la Medalla de Oro de la Royal Geographical Society y, más adelante, el título de caballero. Pero los premios interesaban a Thesiger mucho menos que la posibilidad de seguir viajando en los términos que él consideraba legítimos: sin motor, sin prisa, y en compañía de quienes conocían el territorio mejor que cualquier mapa.

Más allá de sus logros literarios y exploratorios, fue un hombre de principios rígidos, a veces incómodos incluso para sus propios lectores: despreciaba abiertamente el turismo motorizado, el automóvil y el avión como sustitutos del camello, y consideraba que la tecnología, lejos de liberar a las comunidades nómadas, las estaba despojando de su identidad y su autonomía. Esa postura, que hoy podría leerse como nostalgia colonial o como una forma temprana de crítica ecológica, sigue generando debate entre quienes estudian su obra.

Thesiger murió en 2003, en Inglaterra, tras haber pasado la mayor parte de su vida adulta lejos de ella. Sus libros y, cada vez más, sus fotografías, funcionan hoy como una ventana a mundos que en su forma original ya no existen: el Rub al-Jali sin pozos petroleros, los pantanos de Irak sin drenar, comunidades enteras cuya memoria material depende en buena parte de lo que un solo viajero decidió anotar y fotografiar mientras aún era posible hacerlo.

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