Vitamina T: el tiempo como nutriente esencial
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Vitamina T: el tiempo como nutriente esencial

Entre tacos mexicanos, suplementos energéticos y transformación digital, la expresión 'vitamina T' esconde una carencia real: tiempo tranquilo para cambiar de verdad.

Foto de Susana GilSusana Gil
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Laura mira el móvil en el metro de la línea 6. Son las ocho y cuarto de la mañana. Tiene una reunión a las nueve, otra a las once, comida con un proveedor a las dos, y a las cuatro debe estar en casa porque la canguro no puede quedarse más. Calcula mentalmente: si sale a las tres y media, le quedan veinte minutos para recoger el pedido de Correos. Piensa, casi en voz alta: «Me falta vitamina T».

La mujer que está a su lado teclea en un Excel abierto en el teléfono. Un hombre con chaleco naranja duerme apoyado en la ventanilla, auriculares puestos. El vagón huele a café para llevar y desinfectante. Las notificaciones se suceden en las pantallas: recordatorios de tareas, mensajes de grupos de trabajo, actualizaciones de aplicaciones que nadie pidió. Fuera, la ciudad despierta con el estruendo de las persianas metálicas.

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Cuando la vitamina no va en pastillas

La expresión «vitamina T» tiene vidas paralelas. En México, es el apodo cariñoso y ligeramente culpable de la comida callejera: tacos, tamales, tortas. Todo lo que se come de pie, rápido, envuelto en papel encerado. La dieta T tiene fama de engordadora, aunque los nutricionistas insisten en que el problema no es el taco sino la frecuencia y el contexto. En España, donde la tortilla de patata cumple una función similar, nadie le pone apellido vitamínico, pero el mecanismo es el mismo: comida que reconforta, que sacia, que no pide tiempo.

Hay otra vitamina T en los textos corporativos: transformación, transparencia, tecnología. Las consultoras la usan como metáfora del impulso de cambio. «Tu empresa necesita vitamina T», prometen las webs de agencias digitales. Y luego están los suplementos reales: cápsulas llamadas Vitamin-T que prometen reducir el cansancio y mejorar el estado de ánimo. En contextos de crianza, la vitamina T es el tacto, el contacto físico como necesidad básica del desarrollo infantil.

Las muchas vidas de la vitamina T

El término se usa para referirse a tacos y comida callejera en México, a suplementos nutricionales energéticos, a la transformación digital en el mundo empresarial, y al tacto como nutriente emocional en la primera infancia. Cualquier cosa que consideramos esencial acaba recibiendo el apellido «vitamina».

Lo curioso es que todas estas acepciones comparten algo: hablan de carencias. De lo que falta. De lo que el cuerpo, la empresa o el niño necesitan para funcionar bien. Quizá lo que nos falta ahora no es otra cápsula ni otro webinar sobre agilidad, sino tiempo de calidad. Tiempo tranquilo. Tiempo sin propósito productivo inmediato, pero que permite que las cosas —decisiones, relaciones, ideas— maduren.

Una persona sentada de espaldas en un banco de metal, mirando un mar de nubes.
Tomarse un momento para la reflexión puede ser el nutriente esencial que tu mente necesita.Foto: Sheng Hu / Unsplash

El tiempo que no se ve

Javier tiene treinta y dos años y reparte comida para una plataforma digital. Su jornada empieza a las once de la mañana y acaba, en teoría, a las tres de la tarde. Luego vuelve a conectarse de siete a once de la noche. Entre medias hay cuatro horas que no son descanso: son tiempo partido. «Vuelvo a casa, como algo, y cuando me quiero dar cuenta tengo que salir otra vez. No da tiempo a nada. Ni a echarme la siesta, porque me despierto peor.»

Carmen tiene cuarenta y seis años, dos hijos adolescentes y un padre con demencia. Trabaja en una gestoría, horario de ocho a tres. «Cuando salgo voy a por mi padre, le llevo a casa, le preparo la comida, vuelvo a mi casa, pongo una lavadora, recojo, y cuando me siento son las seis. Tengo dos horas antes de que lleguen los críos del instituto. Dos horas en las que debería hacer la compra, preparar la cena y mirar el móvil para ver qué ha pasado en el trabajo.» Le pregunto si alguna vez se queda mirando por la ventana sin hacer nada. Se ríe. «¿Mirar por la ventana? Eso es de ricos.»

"Mirar por la ventana sin hacer nada. Eso es de ricos."
Carmen, gestora administrativa

El teletrabajo prometía flexibilidad. Marta, treinta y ocho años, diseñadora gráfica, trabaja desde casa desde 2020. «Al principio pensé que iba a ganar tiempo. Pero lo que pasa es que estás siempre disponible. Te escriben a las nueve de la noche y contestas porque el ordenador está ahí, en el salón. Los límites desaparecen.» Marta tiene una hija de seis años. «Cuando ella se duerme, yo sigo trabajando. O mirando el correo. O pensando en el correo. Es como si nunca cerrase.»

Los datos confirman la sensación. Según el último informe de la Fundación Foessa sobre exclusión y desarrollo social en España, el 42% de los trabajadores afirma sentir estrés laboral de forma frecuente. El estudio señala que las jornadas partidas, la precariedad contractual y la falta de conciliación son factores determinantes. Un informe del Instituto de la Mujer de 2023 indica que las mujeres dedican el doble de tiempo que los hombres a tareas de cuidado no remuneradas. El tiempo tranquilo, el que permite pensar o simplemente estar, no se reparte igual.

Tiempo y desigualdad

El acceso al tiempo tranquilo está condicionado por la clase social, el género, el tipo de contrato y las responsabilidades de cuidado. No es lo mismo tener una jornada intensiva y teletrabajo que trabajar en horario partido con desplazamientos largos. No es lo mismo vivir solo que cuidar de menores o mayores dependientes.

Tranquilidad: un lujo mal entendido

La industria del bienestar ha hecho de la tranquilidad un producto. Retiros de fin de semana, aplicaciones de meditación, escapadas exprés a casas rurales. Todo con el mismo mensaje: desconecta, relájate, recarga pilas. El problema no es que estas cosas existan, sino que se vendan como solución a un problema estructural. Como si el estrés fuera responsabilidad individual y no consecuencia de jornadas imposibles, salarios insuficientes y ciudades diseñadas para el tráfico, no para la vida.

Luis Álvarez, psicólogo clínico especializado en estrés laboral, señala que la tranquilidad no es ausencia de actividad. «Puede haber calma en la rutina. En hacer siempre lo mismo, en la repetición que da seguridad. El problema es cuando la rutina no deja espacio para la pausa, para el aburrimiento fértil, para pensar en lo que estás haciendo.» Álvarez menciona estudios recientes que vinculan la falta de tiempo de descanso con problemas de salud mental: ansiedad, insomnio, depresión. «No es solo cansancio físico. Es agotamiento cognitivo. El cerebro necesita momentos sin demanda.»

El cerebro necesita momentos sin demanda. No es solo cansancio físico, es agotamiento cognitivo.
Luis Álvarez, psicólogo clínico

Ana barría la terraza cada tarde a las siete. Vivía en un segundo piso de Carabanchel, en un bloque de los años setenta. La terraza daba a un patio interior ruidoso: televisores, conversaciones, el camión de la basura. Ana barría despacio, sin prisa, aunque no hubiera mucho que barrer. «Es mi momento», decía. Murió hace dos años. Su hija, que heredó el piso, sigue barriendo la terraza a las siete. «No sé muy bien por qué lo hago. Pero me calma.»

Vista de un paisaje urbano al atardecer desde un balcón, con edificios, árboles y una montaña al fondo.
La calma de la rutina diaria puede encontrarse en la contemplación del atardecer urbano.Foto: Eirik Skarstein / Unsplash

La socióloga Eva Illouz ha escrito sobre cómo el capitalismo emocional convierte los sentimientos en mercancía. La tranquilidad no escapa a esa lógica. Se vende en forma de velas aromáticas, suscripciones a plataformas de mindfulness, fines de semana en balnearios. Pero la tranquilidad real, la que permite transformaciones lentas y profundas, no se compra. Se defiende. Se negocia. Se roba a los márgenes de la jornada.

Cómo se cocina la transformación

Sara tardó dos años en decidir que dejaba su trabajo en el banco. No fue una decisión dramática. Fue una acumulación de tardes en las que, al salir de la oficina, se sentaba en un banco del Retiro y pensaba: «¿Qué estoy haciendo?» Al principio eran pensamientos fugaces, casi culpables. Luego se convirtieron en conversaciones consigo misma. Después, en conversaciones con su pareja. Finalmente, en una carta de renuncia.

«Si no hubiera tenido esos ratos en el parque, no habría cambiado nada», dice Sara. «No es que en el parque se me ocurrieran ideas brillantes. Es que ahí podía pensar. Podía escucharme. En la oficina, en casa con la tele puesta, en el transporte con el móvil, no hay espacio para eso.»

Diego aprendió italiano durante tres años. No porque lo necesitara para el trabajo ni porque tuviera planes de mudarse a Italia. Lo aprendió porque le gustaba. Iba a clase los martes y jueves de siete a nueve de la noche. «Era mi tiempo. Dos horas a la semana en las que no pensaba en nada más. Al principio me sentía culpable, como si estuviera perdiendo el tiempo. Luego me di cuenta de que era lo único que hacía solo para mí.»

"Al principio me sentía culpable, como si estuviera perdiendo el tiempo. Luego me di cuenta de que era lo único que hacía solo para mí."
Diego, estudiante de italiano

Elena salió de una relación de diez años. No hubo infidelidad ni drama. Hubo cansancio. «Llegó un momento en que me di cuenta de que no quería seguir. Pero no lo vi de golpe. Fue en pequeñas dosis. Una tarde que me quedé en casa mientras él salía con amigos y me sentí aliviada. Otra tarde que pensé: si me pasara algo, ¿a quién llamaría primero? Y no era a él.» Elena necesitó seis meses desde esa primera sensación hasta la conversación definitiva. «Seis meses de domingos por la mañana en los que me quedaba en la cama pensando. Sin el móvil, sin planes. Solo pensando.»

Las transformaciones reales no son épicas. No tienen banda sonora. Se cocinan a fuego lento en ratos robados al ruido. Sin vitamina T —tiempo tranquilo, tiempo para pensar sin presión— la transformación se queda en eslogan motivacional o en frustración acumulada.

Política del reloj

El tiempo no es solo una cuestión de voluntad individual. Es una cuestión política. Quién decide los horarios, quién tiene derecho a desconectar, quién puede permitirse decir no a horas extra. En España, el debate sobre la jornada laboral de cuatro días lleva años sobre la mesa. Algunas empresas han hecho pruebas piloto con resultados positivos: menos estrés, más productividad, mejor conciliación. Pero la resistencia es fuerte. La cultura del presentismo sigue viva: estar muchas horas en la oficina se interpreta como compromiso, aunque esas horas no sean productivas.

La economía de plataformas ha empeorado las cosas. Los repartidores, los conductores de VTC, los freelances digitales no tienen jornada fija. Están siempre conectados, siempre disponibles. El sociólogo francés Pierre Dardot ha analizado cómo el neoliberalismo convierte a los trabajadores en empresarios de sí mismos, responsables totales de su tiempo y su rendimiento. El resultado es una autoexplotación consentida: si no trabajas más, es porque no quieres.

Derecho a la desconexión

Desde 2018, España cuenta con una ley que reconoce el derecho de los trabajadores a no responder correos ni llamadas fuera de su horario laboral. En la práctica, su aplicación es desigual y depende en gran medida de la cultura de cada empresa. Organizaciones como CCOO y UGT han reclamado mayor concreción normativa y sanciones efectivas para quienes la incumplan.

Hay movimientos que intentan recuperar el tiempo. Colectivos que defienden la jornada de cuatro días, sindicatos que negocian horarios intensivos, empresas que prohíben las reuniones después de las seis de la tarde. Son gestos pequeños, pero significativos. Señalan que el tiempo no es un recurso natural infinito que cada uno gestiona como puede. Es un bien político, sujeto a relaciones de poder.

Un reloj de pared grande con números romanos cuelga del techo de madera y vigas metálicas.
El tiempo, un recurso cada vez más escaso y demandado en la era de la economía de plataformas.Foto: Daven Hsu / Pexels

Laura vuelve a aparecer. Es sábado por la mañana. No tiene planes. Ha bloqueado en su agenda, literalmente, una hora. De diez a once. En el hueco ha escrito: «Nada». Se ha sentado en el sofá con un café y ha apagado el móvil. No medita. No lee. No hace yoga. Solo está. Mira por la ventana. Escucha el ruido de la calle. Piensa en cosas sueltas, sin orden. Al principio le incomoda. Luego se relaja.

«Es mi dosis de vitamina T», dice. No es un milagro. No es un lujo reservado a quien tiene dinero o tiempo libre de sobra. Es una pelea cotidiana por la forma en que vive. Una hora a la semana en la que decide que su tiempo es suyo. Y eso, en 2024, es un acto de resistencia.

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