
Los Ancares en dos días: pallozas, lobos y la frontera entre Galicia y León
Una escapada por la España vaciada donde la frontera invisible entre Galicia y León moldea aldeas, leyendas y la vida de los últimos habitantes.
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Una escapada por la España vaciada donde la frontera invisible entre Galicia y León moldea aldeas, leyendas y la vida de los últimos habitantes.
Las pallozas son construcciones de origen celta con muros de piedra, techo cónico de paja de centeno y espacio compartido entre personas y ganado. Perviven en los Ancares como ejemplo de arquitectura vernácula adaptada al clima de montaña.
Afuera, un aullido largo corta el silencio. Josefa ni levanta la vista.
—Están ahí arriba, en el Mustallar. Anoche bajaron más.
La sierra de los Ancares abarca 50.000 hectáreas repartidas entre Galicia y León. Una frontera administrativa que nadie ve pero que todos conocen. Aquí, en el extremo oriental de Lugo, las pallozas son de pizarra oscura y el acento galaico se mezcla con giros leoneses. Cinco kilómetros más allá, en Balouta, ya estás en Castilla y León, aunque el paisaje sea idéntico: castaños centenarios, valles estrechos, picos que rozan los 2.000 metros.

Piornedo tiene trece habitantes censados. En invierno quedan ocho. Las pallozas que se conservan —cuatro en uso, otras tantas restauradas— son construcciones celtas adaptadas al clima de montaña: muros de piedra de un metro de grosor, techo cónico de paja de centeno, sin chimenea porque el humo sale por los intersticios y ahúma la madera que sostiene la estructura. Dentro, el espacio se divide en dos: la zona de personas y la cuadra, separadas por un tabique bajo. El calor de las vacas calienta la casa. El olor a estiércol y a humo de leña es constante.
"Aquí vivimos como vivían mis abuelos. No es un museo, es mi casa."— Josefa Fernández, habitante de Piornedo
La ruta de senderismo al Pico Mustallar (1.935 metros) sale desde Piornedo y sube por un sendero de piedra entre robledales. En octubre, el suelo está cubierto de hojas y castañas. El silencio es casi físico: ni coches, ni aviones, ni cables de alta tensión. Solo el crujido de las ramas y, a veces, el grito de un azor.
A mitad de camino, en el collado de Doiras, un cartel advierte: «Zona de presencia de lobo ibérico». No es decorativo. En 2023, el censo del parque natural registró cuatro manadas estables. Los ganaderos de la zona —una veintena— pierden entre cinco y diez reses al año. Las indemnizaciones llegan tarde y cubren el valor de mercado, no el genético de animales criados durante generaciones.
Las pallozas tienen origen prerromano, pero su forma actual se consolida en la Edad Media. La paja de centeno se cambia cada 40-50 años; la madera de castaño, nunca. El diseño responde al clima: inviernos de -15°C y veranos cortos. Hasta los años 60, eran la vivienda habitual en toda la sierra.
Manuel Arias cría vacas en O Fabal, una aldea de seis casas a diez kilómetros de Piornedo. Ha perdido tres terneros en dos años. No culpa a los lobos —«ellos estaban antes»—, pero tampoco romantiza la convivencia.
El lobo es parte del monte, pero yo también. Y si no hay ganaderos, no hay monte cuidado.Manuel Arias, ganadero de O Fabal

Desde la cima del Mustallar, la frontera se intuye: al oeste, los montes gallegos conservan más masa forestal autóctona; al este, en León, la repoblación con pinos es más visible. Pero el paisaje sigue siendo el mismo: valles en forma de U excavados por glaciares, aldeas de pizarra aferradas a las laderas, caminos que conectan pueblos que ya no existen.
Balouta está a veinte kilómetros de Piornedo por carretera, pero pertenece a León. La diferencia administrativa se nota en detalles: las señales de tráfico, el estilo de las paradas de autobús, los colores de los contenedores de basura. El paisaje, en cambio, es calcado: castaños, pizarra, silencio.
Aquí también hay pallozas, aunque menos conservadas. La de Balouta, restaurada en los 90, funciona como centro de interpretación. Dentro, paneles explican la vida en la sierra: la matanza del cerdo, la recogida de la castaña, los inviernos aislados por la nieve. Todo en pretérito. Afuera, un cartel anuncia: «Última casa habitada: 2 km».
El camino a Suárbol cruza el río Ancares por un puente medieval de un solo ojo. En la otra orilla, León. O Galicia. Depende de a quién preguntes. Los vecinos de Suárbol —tres en invierno, siete en verano— tienen acento leonés pero compran en Cervantes, en Galicia, porque está más cerca. Sus hijos estudian en Ponferrada. Sus muertos están enterrados en Navia de Suarna.
Otoño (octubre-noviembre) ofrece colores espectaculares y castañas maduras. Primavera (mayo-junio) tiene más flores y caudal en los ríos. Invierno (diciembre-marzo) puede dejar aldeas aisladas por nieve; consultar estado de carreteras.
La conexión con El Bierzo es natural. Desde Suárbol, una pista forestal desciende hacia Balboa, ya en pleno valle berciano. El paisaje cambia: viñedos en terrazas, pueblos más grandes, tráfico. Los Ancares quedan atrás, pero su influencia persiste: en Villafranca del Bierzo, a cuarenta kilómetros, todavía se venden castañas de la sierra. En Ponferrada, los ganaderos de la zona venden ternera de los Ancares en el mercado de los martes.

El castro de Santa María de Cervantes cierra el recorrido. Es un poblado fortificado de la Edad del Hierro, excavado parcialmente en los 80. Desde allí se ve todo el valle: Piornedo al fondo, Balouta a la derecha, Suárbol oculto tras un pliegue del monte. Y, en medio, la frontera que no se ve pero que organiza la vida de todos.
Al atardecer del segundo día, desde el mirador de Tres Provincias —donde confluyen Galicia, León y Asturias—, el valle se llena de sombras. Abajo, en Piornedo, sale humo de una palloza. Puede ser la de Josefa, que aviva el fuego para la cena. O la de algún visitante de turismo rural que ha alquilado una de las restauradas y que esta noche dormirá sobre paja, como dormían los celtas hace dos mil años.
En algún lugar del monte, un lobo levanta la cabeza. La frontera no existe para él. Tampoco para el viento que baja del Mustallar y arrastra el olor a castaño y a humo. Solo existe para los que trazan líneas en los mapas y para los que, como Josefa, siguen viviendo en el lugar donde nacieron, sin preguntar a qué comunidad pertenecen.
Desde Madrid: A-6 hasta Ponferrada, luego N-VI y LU-722 hasta Cervantes (5 horas). Desde Santiago: A-54 y LU-546 hasta Becerreá, luego LU-722 (2,5 horas). Imprescindible coche propio; no hay transporte público regular. Carreteras estrechas y sinuosas; calcular tiempo extra.
La frontera divide lo que la geografía une. Y los que quedan aquí —humanos, lobos, pallozas— siguen viviendo en un territorio que no entiende de líneas administrativas.
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