Pizarra, miel y a fala: un fin de semana en la Sierra de Gata que resiste
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Pizarra, miel y a fala: un fin de semana en la Sierra de Gata que resiste

Tres elementos definen esta comarca cacereña al borde del olvido: la pizarra negra bajo los pies, la miel de colmenas silvestres y un dialecto que solo hablan ya los viejos.

Foto de Jorge SánchezJorge Sánchez
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A fala es un dialecto galaico-portugués que sobrevive únicamente en tres pueblos de la Sierra de Gata (Cáceres): San Martín de Trevejo, Valverde del Fresno y Eljas. La UNESCO lo considera en peligro de extinción, con menos de 1.500 hablantes activos.

Antonio cierra el portón de madera a las siete de la tarde. El suelo de pizarra cruje bajo sus botas, un sonido seco que rebota contra las fachadas del mismo material. Estamos en Trevejo, doce habitantes censados, y él es uno de los tres que todavía habla a fala.

«A miña nai dizía que quen non fala, non val», dice mientras enciende un cigarro. Mi madre decía que quien no habla, no vale. La frase suena a portugués pero no lo es del todo. Tampoco es gallego ni español puro. Es a fala, el dialecto galaico-portugués que sobrevive en tres pueblos de la Sierra de Gata y que la UNESCO considera en peligro de extinción.

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La pizarra bajo los pies

La Sierra de Gata es pizarra. No metafóricamente: es literalmente un territorio construido sobre y con este mineral de esquisto negro azulado que se parte en láminas. Los tejados son de pizarra. Los muros de las casas, de pizarra. Los caminos empedrados que unen un pueblo con otro, de pizarra. Hasta las tumbas del cementerio de Robledillo de Gata están techadas con lajas del mismo material que pisaron los muertos en vida.

Vista aérea de un pueblo con tejados de teja, edificios blancos y una plaza porticada central.
La arquitectura tradicional de la Sierra de Gata, un paisaje que resiste el paso del tiempo.Foto: Miguel Cuenca / Pexels

En Robledillo de Gata, declarado Bien de Interés Cultural por su arquitectura tradicional, las calles son un museo geológico involuntario. Las casas se levantan directamente sobre la roca madre. No hay cimientos: la pizarra es el cimiento. Caminar por aquí al atardecer, cuando el sol rasante convierte cada laja en un espejo mate, produce una sensación extraña: pareces flotar sobre un suelo que refleja luz sin brillar.

La pizarra de la sierra

La extracción de pizarra en la Sierra de Gata se remonta al siglo XVI. Las canteras tradicionales, llamadas 'lajeados', empleaban técnicas manuales que apenas han cambiado: cuñas de madera que al mojarse se expanden y parten la roca en láminas perfectas. Hoy quedan tres canteras activas en la comarca.

Julián trabajó treinta años en las canteras de Valverde del Fresno. Ahora tiene setenta y dos y las manos deformadas por la artritis. «La pizarra es noble pero no perdona», dice. «Si la cortas mal, se rompe. Si la pones mal en el tejado, se vuela con el primer vendaval.» Me enseña una laja de veinte centímetros: pesa poco, suena hueco al golpearla, tiene un tacto frío incluso en agosto.

"La pizarra es noble pero no perdona. Si la cortas mal, se rompe. Si la pones mal en el tejado, se vuela con el primer vendaval."
Julián, cantero jubilado de Valverde del Fresno

Miel en los castañares

El sábado por la mañana, Marta sube al castañar de San Martín de Trevejo con un cubo de acero y un ahumador artesanal. Es apicultora desde hace quince años, cuando dejó Madrid y volvió al pueblo de su abuela. Tiene veintidós colmenas repartidas por la sierra. Ninguna está en el mismo sitio dos años seguidos.

«Las abejas saben dónde hay flores antes que tú», explica mientras abre una caja de madera pintada de azul. El zumbido es grave, casi un ronroneo. «Este año hubo sequía hasta mayo. La miel salió más oscura, con más sabor a castaño.» Mete dos dedos en el panal y me los ofrece. El dulzor es denso, áspero, nada que ver con la miel industrial. Deja un retrogusto amargo, como de corteza.

Una mano raspando miel de un panal con una espátula roja, mostrando celdas hexagonales.
La miel fresca, extraída directamente del panal, un tesoro de la Sierra de Gata.Foto: Baraa Obied / Pexels

La Sierra de Gata produce unas cinco toneladas de miel al año. Es poco. En la provincia de Valencia, una sola cooperativa mueve cien veces esa cantidad. Pero aquí la miel no es industria: es supervivencia. Marta vende sus tarros en tres bares de la comarca y en un mercadillo mensual en Coria. Con eso paga el gasóleo de la furgoneta y algo más.

Las últimas voces de a fala

A fala se habla en tres pueblos: San Martín de Trevejo, Valverde del Fresno y Eljas. Son los únicos lugares del mundo donde se usa este dialecto, una mezcla de gallego-portugués medieval con castellanismos y arcaísmos que no existen en ninguna otra lengua viva. En 1999 quedaban unos cinco mil hablantes. Hoy, según la Asociación Cultural A Fala, no llegan a mil quinientos. Y la mayoría tiene más de sesenta años.

Rosa tiene ochenta y cuatro. Vive en San Martín de Trevejo, en una casa con balcón de madera y macetas de geranios. Habla a fala con su hermana, con dos vecinas y con nadie más. Sus hijos entienden el dialecto pero no lo usan. Sus nietos directamente no lo entienden.

Candu morrermos nós, morre a fala. Os mozus non queren falala.
Rosa, vecina de San Martín de Trevejo (Cuando muramos nosotras, muere a fala. Los jóvenes no quieren hablarla)

«Candu morrermos nós, morre a fala», dice. Cuando muramos nosotras, muere a fala. «Os mozus non queren falala.» Los jóvenes no quieren hablarla. No lo dice con rencor, sino con la resignación de quien ha visto morir demasiadas cosas: el ferrocarril que llegaba hasta Coria, las tres zapaterías del pueblo, el cine de verano en la plaza.

Aprender a fala

La Asociación Cultural A Fala organiza talleres de inmersión lingüística en verano. Duran una semana, incluyen alojamiento en casas rurales y clases con hablantes nativos. También publican un diccionario bilingüe fala-español y una revista trimestral, A Fala, que se puede descargar en su web.

En Valverde del Fresno, la asociación ha conseguido que el colegio imparta dos horas semanales de a fala. Es poco, pero es algo. Los críos aprenden canciones, refranes, nombres de plantas. Luego llegan a casa y hablan en español porque sus padres hablan en español. El profesor, David, treinta y ocho años, nacido aquí, dice que es como enseñar latín: una lengua muerta que todavía respira.

Plaza de pueblo con edificios de balcones de madera y gente sentada en terrazas de bares.
La vida en la plaza de un pueblo de la Sierra de Gata, donde la tradición resiste.Foto: Miguel Cuenca / Pexels
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El peso de lo que queda

El domingo por la tarde, antes de volver, subo al castillo de Trevejo. Es una ruina del siglo XII, muros de mampostería y pizarra que se desmoronan lentamente. Desde aquí se ve toda la sierra: pueblos blancos con tejados negros, bosques de robles y castaños, alguna carretera que serpentea sin ir a ninguna parte importante.

Antonio, el que habla a fala, está sentado en una piedra fumando otro cigarro. Le pregunto si cree que la sierra sobrevivirá. Se encoge de hombros. «Sobrevivir sobrevive. La pizarra no se va, las abejas no se van. Lo que se va es la gente.» Hace una pausa. «Y sin gente, esto es solo paisaje.»

Bajo por el camino de pizarra. El sol se pone detrás de las montañas portuguesas. En algún castañar, las abejas de Marta vuelven a sus colmenas. En alguna casa de San Martín, Rosa habla a fala con su hermana. Y en Robledillo, los tejados negros reflejan la última luz del día como han hecho durante quinientos años, indiferentes a que alguien los mire o no.

Cómo llegar y dónde dormir

La Sierra de Gata está a 2h30 de Madrid por la A-5 y la EX-205. No hay transporte público regular. Los pueblos más representativos (Robledillo, San Martín de Trevejo, Gata) tienen casas rurales desde 50€/noche. Mejor época: primavera y otoño. En verano hace calor; en invierno, muchos negocios cierran.

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