
Gjirokastër y Berat: dos ciudades viejas, dos futuros posibles
Un mismo sello UNESCO, dos maneras distintas de envejecer. Entre ventanas blancas y piedra gris, Albania decide qué hacer con su memoria.
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Un mismo sello UNESCO, dos maneras distintas de envejecer. Entre ventanas blancas y piedra gris, Albania decide qué hacer con su memoria.
Flamur Hoxha barre la puerta de su casa a las seis y media de la mañana. Vive dentro del castillo de Berat, en la Kala, el barrio amurallado que desde el siglo XIII funciona como fortaleza y vecindario al mismo tiempo. Abajo, en el barrio de Mangalem, las fachadas blancas empiezan a encenderse con la primera luz. Las ventanas —cientos, quizá miles— se iluminan una tras otra mientras Flamur termina de barrer y enciende el primer cigarrillo del día.
No lo es. O no solo. La UNESCO inscribió Gjirokastër en 2005 y amplió la declaración a Berat en 2008, uniendo los centros históricos de ambas ciudades como ejemplo excepcional de arquitectura otomana en los Balcanes. Pero la decisión administrativa no dice nada sobre cómo se vive dentro de ese patrimonio. Flamur heredó la casa de sus abuelos. Tiene WiFi, calefacción y un hijo que estudia informática en Tirana. A ochenta kilómetros al sur, en Gjirokastër, el castillo es otra cosa: museo militar, mirador turístico, escenario de festivales. Nadie vive allí desde hace décadas.

La decisión de inscribirlas juntas tiene lógica técnica: ambas ciudades conservan estructuras urbanas otomanas casi intactas, con casas tradicionales de los siglos XVIII y XIX, calles empedradas, bazares históricos y castillos bizantinos reforzados bajo el imperio. Pero los sobrenombres las separan desde el principio.
Berat es la ciudad de las mil ventanas. El apelativo viene de la arquitectura característica de Mangalem y Gorica, los dos barrios históricos a ambos lados del río Osum: casas blancas de dos o tres plantas con ventanas grandes y simétricas, diseñadas para aprovechar la luz en invierno y el aire en verano. Desde lejos, las fachadas parecen una sola superficie perforada. Gjirokastër, en cambio, es la ciudad de piedra. Aquí las casas son fortalezas individuales, construidas con bloques de caliza gris, tejados de pizarra y torres defensivas. El contraste no es solo estético: refleja geografías y funciones distintas.
Las casas tradicionales de Berat y Gjirokastër comparten estructura: planta baja de piedra (a menudo usada como almacén o establo), primer y segundo piso de madera con grandes ventanas hacia el exterior y habitaciones interiores alrededor de un sofa (salón central). Pero en Berat predomina la madera y el yeso blanco, mientras que en Gjirokastër la piedra domina toda la construcción. La diferencia responde al clima (más húmedo en Berat) y a la función histórica: Berat era centro comercial y religioso; Gjirokastër, ciudad de señores feudales y militares.
La geografía religiosa de Berat sigue visible. En Mangalem, la mezquita del Rey (Xhamia e Mbretit) del siglo XV convive con la iglesia ortodoxa de San Miguel. En Gorica, al otro lado del puente de piedra sobre el Osum, la iglesia de San Tomás data del siglo XIII. Dentro de la Kala, el museo Onufri ocupa la catedral de la Dormición de Santa María y conserva iconos bizantinos del siglo XVI.

Gjirokastër se construyó en vertical. La ciudad trepa por la ladera sur del monte sobre el valle del Drinos, y las casas se escalonan en terrazas conectadas por callejones empinados de piedra. El bazar histórico —Çarshia e Vjetër— sigue activo, aunque ahora vende más recuerdos que especias. Las mansiones señoriales, como la casa Zekate (siglo XVIII) y la casa Skenduli (siglo XIX), se han convertido en museos etnográficos. El castillo, en lo alto, domina toda la escena.
Pero el peso simbólico de Gjirokastër no viene solo de la arquitectura. Esta es la ciudad natal de Ismail Kadare, el escritor albanés más internacional, y también de Enver Hoxha, el dictador comunista que gobernó Albania entre 1944 y 1985. Kadare escribió sobre Gjirokastër en Crónica de la ciudad de piedra (1971), retratándola como un lugar de memoria, secretos y fantasmas. Hoxha la convirtió en símbolo del Albania socialista y ordenó restaurar el casco histórico como parte de la propaganda nacionalista.
Nacido en Gjirokastër en 1936, Kadare es el escritor albanés más traducido y reconocido internacionalmente. Su obra mezcla realismo, alegoría y crítica velada al régimen comunista. Entre sus novelas más conocidas: El general del ejército muerto (1963), Crónica de la ciudad de piedra (1971) y El palacio de los sueños (1981). Vive en París desde 1990.
El castillo de Gjirokastër es otra cosa que el de Berat. Aquí no vive nadie. Es fortaleza militar convertida en museo: cañones, tanques, un avión estadounidense derribado en 1957, un escenario al aire libre donde cada dos años se celebra el Festival Nacional de Folklore. Desde las murallas, la vista del valle del Drinos y de las montañas hacia Grecia es espectacular, pero fría. No hay ropa tendida, ni niños jugando, ni olor a comida. Es patrimonio puro, sin vida cotidiana que lo ensucie.
Las dos ciudades están a unos 80 kilómetros por carretera de montaña (unas dos horas en coche). Hay un bus diario directo. Muchos visitantes hacen base en Berat (más cercana a Tirana) y visitan Gjirokastër en el día, o viceversa desde la Riviera albanesa (Sarandë, Himarë). Ambas ciudades están a medio camino entre la capital y la costa, lo que las convierte en paradas naturales de circuitos turísticos.
El turismo internacional en Albania ha crecido de forma exponencial desde 2015. Berat y Gjirokastër se han beneficiado, pero de maneras distintas. Berat recibe más turistas que se quedan a dormir: hostels, hoteles boutique en casas restauradas, restaurantes que mezclan cocina tradicional y estética Instagram. Gjirokastër recibe más excursiones de día desde la Riviera o desde Tirana: los visitantes suben al castillo, pasean por el bazar, comen en alguno de los restaurantes con terraza y se van.
La pregunta que ambas ciudades enfrentan es la misma que decenas de centros históricos en Europa: ¿cómo mantener el patrimonio vivo sin convertirlo en parque temático? ¿Cómo atraer turismo sin expulsar a los habitantes? La UNESCO no da respuestas, solo marca límites: si las transformaciones amenazan el valor universal excepcional del sitio, puede retirar la inscripción. Pero entre la placa y la vida cotidiana hay un espacio enorme donde se toman decisiones concretas: quién puede comprar una casa, quién puede reformarla, qué usos se permiten, qué negocios se autorizan.
Albania recibió alrededor de 6,4 millones de visitantes internacionales en 2019 (antes de la pandemia), muy por encima de las cifras de comienzos de la década. Berat y Gjirokastër están entre los cinco destinos culturales más visitados del país, junto con Tirana, Krujë y Butrint. No hay datos oficiales desglosados por ciudad, pero las asociaciones locales estiman que Berat recibe entre 150.000 y 200.000 visitantes al año, y Gjirokastër entre 100.000 y 150.000.

Flamur Hoxha, en Berat, termina el cigarrillo y vuelve a entrar en su casa dentro del castillo. Abajo, en Mangalem, las ventanas siguen encendiéndose. En Gjirokastër, a ochenta kilómetros al sur, las casas de piedra se oscurecen cuando cae la tarde y los últimos autobuses turísticos bajan hacia la Riviera. Dos ciudades viejas, inscritas juntas, envejeciendo de maneras distintas. Una pregunta compartida, respuestas que todavía se están escribiendo.
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