
Gjirokastër y Berat: dos ciudades viejas, dos futuros posibles
Un mismo sello UNESCO, dos maneras distintas de envejecer. Entre ventanas blancas y piedra gris, Albania decide qué hacer con su memoria.
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Un mismo sello UNESCO, dos maneras distintas de envejecer. Entre ventanas blancas y piedra gris, Albania decide qué hacer con su memoria.
Flamur Hoxha barre la puerta de su casa a las seis y media de la mañana. Vive dentro del castillo de Berat, en la Kala, el barrio amurallado que desde el siglo XIII funciona como fortaleza y vecindario al mismo tiempo. Abajo, en el barrio de Mangalem, las fachadas blancas empiezan a encenderse con la primera luz. Las ventanas —cientos, quizá miles— se iluminan una tras otra mientras Flamur termina de barrer y enciende el primer cigarrillo del día.
"La gente se sorprende cuando les digo que vivo aquí", dice. "Piensan que esto es un museo."
No lo es. O no solo. En 2008, la UNESCO inscribió juntos los centros históricos de Berat y Gjirokastër como ejemplo excepcional de arquitectura otomana en los Balcanes. Pero la decisión administrativa no dice nada sobre cómo se vive dentro de ese patrimonio. Flamur heredó la casa de sus abuelos. Tiene WiFi, calefacción y un hijo que estudia informática en Tirana. A ochenta kilómetros al sur, en Gjirokastër, el castillo es otra cosa: museo militar, mirador turístico, escenario de festivales. Nadie vive allí desde hace décadas.

La decisión de inscribirlas juntas tiene lógica técnica: ambas ciudades conservan estructuras urbanas otomanas casi intactas, con casas tradicionales de los siglos XVIII y XIX, calles empedradas, bazares históricos y castillos bizantinos reforzados bajo el imperio. Pero los sobrenombres las separan desde el principio.
Berat es la ciudad de las mil ventanas. El apelativo viene de la arquitectura característica de Mangalem y Gorica, los dos barrios históricos a ambos lados del río Osum: casas blancas de dos o tres plantas con ventanas grandes y simétricas, diseñadas para aprovechar la luz en invierno y el aire en verano. Desde lejos, las fachadas parecen una sola superficie perforada. Gjirokastër, en cambio, es la ciudad de piedra. Aquí las casas son fortalezas individuales, construidas con bloques de caliza gris, tejados de pizarra y torres defensivas. El contraste no es solo estético: refleja geografías y funciones distintas.
Las casas tradicionales de Berat y Gjirokastër comparten estructura: planta baja de piedra (a menudo usada como almacén o establo), primer y segundo piso de madera con grandes ventanas hacia el exterior y habitaciones interiores alrededor de un sofa (salón central). Pero en Berat predomina la madera y el yeso blanco, mientras que en Gjirokastër la piedra domina toda la construcción. La diferencia responde al clima (más húmedo en Berat) y a la función histórica: Berat era centro comercial y religioso; Gjirokastër, ciudad de señores feudales y militares.
"Berat siempre fue más suave", dice Irena Murati, profesora de historia en el instituto local. "Aquí convivían musulmanes, cristianos ortodoxos y católicos. Teníamos mezquitas, iglesias bizantinas, monasterios. Gjirokastër era más cerrada, más militar. Las casas allí son como castillos pequeños porque muchas veces lo eran."
"Berat siempre fue más suave. Aquí convivían musulmanes, cristianos ortodoxos y católicos. Gjirokastër era más cerrada, más militar."— Irena Murati, profesora de historia
La geografía religiosa de Berat sigue visible. En Mangalem, la mezquita del Rey (Xhamia e Mbretit) del siglo XV convive con la iglesia ortodoxa de San Miguel. En Gorica, al otro lado del puente de piedra sobre el Osum, la iglesia de San Tomás data del siglo XIII. Dentro de la Kala, el museo Onufri ocupa la catedral de la Dormición de Santa María y conserva iconos bizantinos del siglo XVI.
"La coexistencia no era idílica, pero funcionaba", matiza Irena. "Había barrios diferenciados, pero no guetos. Y después del comunismo, cuando se prohibieron todas las religiones, esa distinción se difuminó todavía más. Ahora vuelve, pero de otra manera: los turistas preguntan por las iglesias bizantinas, los albaneses de la diáspora restauran las mezquitas. Es una memoria a la carta."

Flamur Hoxha, el vecino del castillo, confirma: "Aquí arriba vivimos unas cincuenta familias. Algunos son jubilados que nunca se fueron, otros heredamos las casas, y hay gente joven que compró y restauró. No es fácil: no puedes hacer reformas sin permiso, el ayuntamiento controla todo. Pero tampoco es un decorado. Los niños juegan en las calles, hay una panadería, un par de cafeterías. En verano llegan muchos turistas, pero en invierno esto sigue siendo un barrio."
Gjirokastër se construyó en vertical. La ciudad trepa por la ladera sur del monte sobre el valle del Drinos, y las casas se escalonan en terrazas conectadas por callejones empinados de piedra. El bazar histórico —Çarshia e Vjetër— sigue activo, aunque ahora vende más recuerdos que especias. Las mansiones señoriales, como la casa Zekate (siglo XVIII) y la casa Skenduli (siglo XIX), se han convertido en museos etnográficos. El castillo, en lo alto, domina toda la escena.
Pero el peso simbólico de Gjirokastër no viene solo de la arquitectura. Esta es la ciudad natal de Ismail Kadare, el escritor albanés más internacional, y también de Enver Hoxha, el dictador comunista que gobernó Albania entre 1944 y 1985. Kadare escribió sobre Gjirokastër en Crónica de la ciudad de piedra (1971), retratándola como un lugar de memoria, secretos y fantasmas. Hoxha la convirtió en símbolo del Albania socialista y ordenó restaurar el casco histórico como parte de la propaganda nacionalista.
Nacido en Gjirokastër en 1936, Kadare es el escritor albanés más traducido y reconocido internacionalmente. Su obra mezcla realismo, alegoría y crítica velada al régimen comunista. Entre sus novelas más conocidas: El general del ejército muerto (1963), Crónica de la ciudad de piedra (1971) y El palacio de los sueños (1981). Vive en París desde 1990.
"Kadare es orgullo, Hoxha es vergüenza", resume Arben Muka, librero en el bazar. "Pero los dos están aquí, y no puedes hablar de la ciudad sin mencionar a los dos. Los turistas vienen buscando a Kadare. La casa donde nació es ahora museo. La casa de Hoxha también, pero casi nadie pregunta por ella. Está ahí, en el barrio de Palorto, sin cartel grande. Es como si quisiéramos que se olvidara sola."
Kadare es orgullo, Hoxha es vergüenza. Pero los dos están aquí, y no puedes hablar de la ciudad sin mencionar a los dos.Arben Muka, librero
El castillo de Gjirokastër es otra cosa que el de Berat. Aquí no vive nadie. Es fortaleza militar convertida en museo: cañones, tanques, un avión estadounidense derribado en 1957, un escenario al aire libre donde cada dos años se celebra el Festival Nacional de Folklore. Desde las murallas, la vista del valle del Drinos y de las montañas hacia Grecia es espectacular, pero fría. No hay ropa tendida, ni niños jugando, ni olor a comida. Es patrimonio puro, sin vida cotidiana que lo ensucie.
Las dos ciudades están a unos 80 kilómetros por carretera de montaña (unas dos horas en coche). Hay un bus diario directo. Muchos visitantes hacen base en Berat (más cercana a Tirana) y visitan Gjirokastër en el día, o viceversa desde la Riviera albanesa (Sarandë, Himarë). Ambas ciudades están a medio camino entre la capital y la costa, lo que las convierte en paradas naturales de circuitos turísticos.
El turismo internacional en Albania ha crecido de forma exponencial desde 2015. Berat y Gjirokastër se han beneficiado, pero de maneras distintas. Berat recibe más turistas que se quedan a dormir: hostels, hoteles boutique en casas restauradas, restaurantes que mezclan cocina tradicional y estética Instagram. Gjirokastër recibe más excursiones de día desde la Riviera o desde Tirana: los visitantes suben al castillo, pasean por el bazar, comen en alguno de los restaurantes con terraza y se van.
"Aquí el problema es que el turismo no deja dinero suficiente", dice Arben, el librero. "Vienen, sacan fotos, compran un par de imanes y se van. Los que tienen restaurantes o tiendas grandes ganan algo, pero para los pequeños comercios no compensa. Y mientras tanto, los alquileres suben porque los propietarios prefieren convertir las casas en hoteles o apartamentos turísticos. Cada vez hay menos gente viviendo en el centro histórico."
En Berat, Flamur ve el proceso desde dentro del castillo. "Antes éramos todos vecinos. Ahora, en verano, la mitad de las casas son hostels o Airbnb. No digo que esté mal, pero cambia la forma en que funciona el barrio. Los turistas no sacan la basura a la misma hora, no participan en las fiestas del barrio, no conocen a los vecinos. Es como vivir en un hotel permanente."
La pregunta que ambas ciudades enfrentan es la misma que decenas de centros históricos en Europa: ¿cómo mantener el patrimonio vivo sin convertirlo en parque temático? ¿Cómo atraer turismo sin expulsar a los habitantes? La UNESCO no da respuestas, solo marca límites: si las transformaciones amenazan el valor universal excepcional del sitio, puede retirar la inscripción. Pero entre la placa y la vida cotidiana hay un espacio enorme donde se toman decisiones concretas: quién puede comprar una casa, quién puede reformarla, qué usos se permiten, qué negocios se autorizan.
Albania recibió 7,5 millones de visitantes internacionales en 2019 (antes de la pandemia), frente a 4,7 millones en 2015. Berat y Gjirokastër están entre los cinco destinos culturales más visitados del país, junto con Tirana, Krujë y Butrint. No hay datos oficiales desglosados por ciudad, pero las asociaciones locales estiman que Berat recibe entre 150.000 y 200.000 visitantes al año, y Gjirokastër entre 100.000 y 150.000.
Irena Murati, la profesora, cree que la diferencia entre Berat y Gjirokastër va más allá del turismo. "Berat siempre fue más abierta, más flexible. Aquí la gente se adapta. Gjirokastër es más dura, más orgullosa, más cerrada. No sé si es el paisaje, la historia o las dos cosas. Pero se nota en cómo las ciudades están envejeciendo. Berat se está llenando de gente joven, emprendedores, extranjeros que compran casas. Gjirokastër se está vaciando. Los jóvenes se van a Tirana o al extranjero, y los que se quedan son mayores o están en el negocio turístico."

Flamur Hoxha, en Berat, termina el cigarrillo y vuelve a entrar en su casa dentro del castillo. Abajo, en Mangalem, las ventanas siguen encendiéndose. En Gjirokastër, a ochenta kilómetros al sur, las casas de piedra se oscurecen cuando cae la tarde y los últimos autobuses turísticos bajan hacia la Riviera. Dos ciudades viejas, inscritas juntas, envejeciendo de maneras distintas. Una pregunta compartida, respuestas que todavía se están escribiendo.
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