Una apuesta imposible en el Reform Club
Londres, octubre de 1872. En el salón de whist del Reform Club, un caballero flemático y metódico llamado Phileas Fogg discute con sus compañeros de partida sobre un artículo del Morning Chronicle: gracias a las nuevas líneas férreas y marítimas, dar la vuelta al mundo ya solo requiere ochenta días. Sus colegas lo dudan. Fogg, que jamás pierde la compostura, apuesta veinte mil libras —una fortuna en la época— a que puede lograrlo. Sale esa misma noche, acompañado de su recién contratado criado francés, Jean Passepartout.
Así arranca "La vuelta al mundo en 80 días", que Julio Verne publicó ese mismo año en forma de folletín, por entregas, en el periódico Le Temps, antes de reunirse en libro. No es ciencia ficción como "Veinte mil leguas de viaje submarino" o "De la Tierra a la Luna": es una novela de aventuras que se apoya en algo más inquietante que cualquier invento imaginario: la geografía real, los horarios reales de trenes y vapores, y una época que por primera vez en la historia hacía posible cruzar el planeta en semanas en lugar de años.
La ruta de Fogg, parada a parada
El itinerario de Fogg traza un cinturón casi perfecto alrededor del globo, siempre hacia el este: Londres, el canal de Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, San Francisco, Nueva York y de vuelta a Londres. Cada tramo combina ferrocarril y barco de vapor, los dos medios de transporte que habían revolucionado la movilidad del siglo XIX. Verne no inventa esta red: la documenta con la precisión de un ingeniero, calculando escalas, conexiones y los inevitables retrasos que ponen en jaque la apuesta.
Por el camino, Fogg y Passepartout rescatan a una joven viuda india, Aouda, condenada a un sati que Fogg impide por pura decencia, no por cálculo. También cruzan Estados Unidos en un tren asediado por una manada de bisontes y perseguido por indios sioux, y sortean la vigilancia del detective Fix, convencido de que Fogg es en realidad el autor de un robo al Banco de Inglaterra y decidido a retenerlo hasta obtener una orden de arresto válida en territorio británico.
El giro final es uno de los más elegantes de la literatura popular del XIX: Fogg cree haber perdido la apuesta por un día, hasta que Passepartout cae en la cuenta de que, al haber viajado siempre hacia el este, ganaron un día completo por el cambio de huso horario. Llegan al Reform Club justo a tiempo, con la explicación del propio Fogg y no de un narrador omnisciente que resuelve el enigma.
El mundo real que hizo plausible el viaje
La novela funciona porque en 1872 la premisa ya no era descabellada. Tres años antes, en 1869, se habían producido dos hitos que Verne conocía bien: la apertura del canal de Suez, que eliminaba el rodeo por el cabo de Buena Esperanza y acortaba semanas de navegación entre Europa y Asia, y la finalización del ferrocarril transcontinental en Estados Unidos, que unió por primera vez las costas atlántica y pacífica del país en cuestión de días en lugar de meses de diligencia o barco por el cabo de Hornos.
A eso se sumaba una red cada vez más densa de líneas de vapor regulares —P&O y otras compañías cubrían ya trayectos fijos entre Londres, la India y el Extremo Oriente— y la extensión del telégrafo, que permitía coordinar horarios y noticias a una velocidad impensable décadas atrás. Verne no describe un futuro hipotético: describe la infraestructura que sus lectores contemporáneos podían consultar en cualquier guía de ferrocarriles o compañía naviera, lo cual explica en buena parte el éxito inmediato del folletín.
"Fogg no es un aventurero: es un cronómetro con sombrero de copa. Confía ciegamente en que el mundo, por primera vez en la historia, cumplirá sus horarios."
De la ficción a la vida real: Nellie Bly
En 1889, la periodista estadounidense Nellie Bly, del New York World, propuso a su director convertir la novela de Verne en un reto periodístico real: dar la vuelta al mundo intentando batir la marca ficticia de Fogg. Partió el 14 de noviembre de 1889 y regresó a Nueva York el 25 de enero de 1890, completando el trayecto en 72 días, 6 horas y 11 minutos, un récord mundial en su momento. Viajó prácticamente sola, con un único vestido y un abrigo, y su crónica por entregas convirtió el experimento en un fenómeno mediático que disparó las ventas del periódico y su propia fama.
Por qué sigue funcionando
Verne perteneció a un género propio, el "viaje extraordinario", con el que publicó más de sesenta novelas a lo largo de su vida documentándose obsesivamente en atlas, revistas científicas y horarios de transporte reales. "La vuelta al mundo en 80 días" es quizá la más accesible de todas porque no depende de tecnología especulativa: depende del reloj, del mapa y de la fe casi religiosa de Fogg en que el sistema —trenes, barcos, telégrafos— no le va a fallar. Esa tensión entre el individuo metódico y un mundo que empieza a moverse a escala planetaria sigue siendo, siglo y medio después, el motivo por el que la novela se sigue leyendo, adaptando al cine y citando cada vez que alguien intenta batir un récord de circunnavegación.