
De Sheridan, raíces y madrigueras: por qué defendemos la casa desde la Prehistoria hasta Yellowstone
El universo de Taylor Sheridan reabre una pregunta muy antigua: qué defendemos exactamente cuando decimos que defendemos nuestra casa.
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El universo de Taylor Sheridan reabre una pregunta muy antigua: qué defendemos exactamente cuando decimos que defendemos nuestra casa.
Jacob Dutton está de pie en el porche de la casa que construyó su hermano, con un rifle apoyado en el hombro y la vista puesta en la línea donde termina su tierra y empieza la de otro. Es «1923», la precuela de «Yellowstone» que Taylor Sheridan escribió para explicar de dónde viene toda esa violencia por un rancho de Montana. Harrison Ford lo interpreta con la espalda encorvada de quien lleva décadas cargando algo que no se ve. Alguien quiere esa tierra. Jacob no va a moverse.
La escena se repite, con variaciones, en cada temporada del universo Yellowstone: alguien amenaza el rancho Dutton y alguien de la familia responde con una determinación que roza la locura. Sheridan lo ha explicado sin rodeos en entrevistas: sus series no van de vacas, van de lo que la gente está dispuesta a hacer para no perder un lugar. La pregunta que deja flotando, y que este artículo quiere recoger, es más incómoda de lo que parece: ¿qué protege exactamente Jacob Dutton cuando dice que protege su casa?

Taylor Sheridan creció entre caballos en un rancho de Texas antes de convertirse en actor secundario y, más tarde, en el guionista detrás de «Sicario» y «Comanchería». Cuando en 2018 estrenó «Yellowstone» para la cadena Paramount Network, nadie apostaba mucho por una serie sobre un ranchero que mata para conservar su propiedad. Seis años después, el universo Dutton —con «1883» y «1923» como precuelas— es uno de los fenómenos de audiencia más comentados de la televisión estadounidense reciente.
Lo que hace Sheridan, temporada tras temporada, es dibujar quién pertenece al rancho y quién es un intruso. El promotor inmobiliario, el político, el vecino con papeles: todos amenazan una tierra que la familia entiende como una extensión de sí misma, no como un activo. Esa distinción —tierra como identidad frente a tierra como mercancía— no la invento Sheridan. Es, en realidad, mucho más vieja que el western.
Sheridan ha contado que su propia familia llegó a Estados Unidos huyendo de la Gran Hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX. En sus propias palabras, casi nadie cruzó el Atlántico «por amor a la aventura»: cruzaron porque en casa ya no había nada que defender. La épica del rancho nace, paradójicamente, de gente que perdió la suya.

Charles Darwin, en «El origen de las especies» (1859), describió la competencia por el territorio como uno de los motores de la selección natural: los individuos que consiguen y defienden un espacio con recursos suficientes tienen más probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia. Konrad Lorenz llevó esa idea al terreno del comportamiento animal: la territorialidad, escribió, no es un capricho sino una estrategia que reduce la violencia constante al fijar límites reconocibles entre vecinos.
Hasta aquí, biología pura. Pero los humanos añadimos una capa que ni Darwin ni Lorenz necesitaban explicar en otras especies: el territorio se convierte en historia. El antropólogo Bronislaw Malinowski, tras años de trabajo de campo en las islas Trobriand, observó que el hogar no funciona solo como refugio físico sino como centro simbólico desde el que una comunidad organiza el parentesco, el trabajo y el ritual. Claude Lévi-Strauss fue más allá: el espacio doméstico, decía, reproduce en miniatura la estructura entera de una sociedad. La casa no guarda cosas. Guarda un orden.
Jacob Dutton no defiende hectáreas. Defiende el orden que esas hectáreas sostienen: quién manda, quién hereda, qué historia se cuenta en la mesa de la cocina cada noche. Eso explica por qué está dispuesto a matar por algo que, en el papel, es solo tierra.

El sociólogo Pierre Bourdieu acuñó el concepto de habitus para describir cómo un lugar se instala en el cuerpo: el ritmo de andar de un pastor de montaña, la forma de hablar bajo entonando de un pescador, los gestos aprendidos sin pensar que delatan de dónde viene alguien. En «El sentido práctico» (1980) Bourdieu sostiene que ese aprendizaje corporal es tan profundo que sobrevive incluso cuando la persona abandona el lugar que lo produjo.
Es lo que se intuye en los rancheros de Sheridan cuando montan a caballo con una naturalidad que ningún guion podría enseñar a un actor de ciudad: el habitus del vaquero no se actúa, se hereda en el cuerpo. Y es también lo que Hannah Arendt señalaba en «La condición humana» (1958): el hogar no es solo el sitio donde uno duerme, es la condición de posibilidad para tener un mundo compartido con otros, una biografía que empieza en algún lugar concreto y no en la abstracción.
"El hogar no es donde uno duerme. Es la condición para tener un mundo compartido con otros."— A partir de Hannah Arendt, «La condición humana»
Zygmunt Bauman, sin embargo, advirtió que esa fantasía de arraigo estable se ha vuelto cada vez más difícil de sostener. En la «modernidad líquida» que describió a partir de 2000, los vínculos con un lugar se disuelven al ritmo de contratos temporales, alquileres que suben cada año y trabajos que exigen mudarse cada dos. El rancho Dutton, heredado durante generaciones, es precisamente la excepción que ya casi nadie puede permitirse: una raíz que no se negocia con el mercado.

«1883» sigue a la familia Dutton en su travesía desde Texas hasta Montana, buscando la tierra que en «1923» ya defienden a tiros. Lo que la serie no oculta es que esa búsqueda nace de la desesperación, no de la aventura: son colonos empobrecidos, muchos de ellos inmigrantes recién llegados de Europa, que cruzan medio continente porque no tienen nada que perder. El propio Sheridan ha insistido en entrevistas en que quería alejarse del mito romántico del pionero libre y contar, en cambio, la historia de gente huyendo del hambre.
Esa tierra, además, no estaba vacía. La expansión hacia el oeste que idealiza buena parte del western clásico implicó el desplazamiento sistemático de las naciones indígenas que ya vivían allí. La socióloga Saskia Sassen ha documentado, en trabajos sobre expulsiones contemporáneas, cómo los procesos de acumulación de tierra —ayer coloniales, hoy financieros— generan siempre un excedente de personas sin lugar al que volver. El colono que planta su bandera y el desplazado que la ve plantarse son, en ese sentido, las dos caras de la misma historia.
Giorgio Agamben llamó a esa condición «vida desnuda»: la de quienes quedan fuera de cualquier comunidad política que los proteja, sin territorio propio ni derecho reconocido a reclamar uno. No es un concepto abstracto. Es la descripción exacta de millones de personas que hoy cruzan fronteras sin la épica de ningún guion.

Aquí está el nudo incómodo de todo el universo Sheridan: la defensa del hogar justifica la violencia sin apenas necesitar más argumento. Nadie en «Yellowstone» pregunta demasiado si matar por un rancho está bien; se asume que la casa vale ese precio. Es un razonamiento que no se queda en la ficción. Aparece, con otro vocabulario, en discursos sobre fronteras, propiedad privada y seguridad nacional.
El filósofo camerunés Achille Mbembe describió, en sus escritos sobre necropolítica, cómo los Estados modernos deciden quién puede vivir dentro de un territorio protegido y quién queda expuesto, sin esa protección, a la intemperie. La lógica del rancho —yo dentro de la valla, tú fuera— es la lógica más pequeña y más antigua de esa misma maquinaria: alguien traza una línea y, a partir de ahí, cualquier cosa vale para no cruzarla en sentido contrario.
En España, la despoblación rural plantea el problema inverso al del rancho Dutton: pueblos enteros que se defienden en el discurso —«España vaciada», recuperación del patrimonio, orgullo local— mientras se abandonan en la práctica, porque nadie puede quedarse a vivir de ellos. Se protege la idea de la casa mucho después de que la casa dejara de sostener a nadie.

El antropólogo Marc Augé acuñó el término «no lugares» para describir los espacios de tránsito de la vida contemporánea: aeropuertos, cadenas hoteleras, autopistas, plataformas digitales. Espacios donde nadie construye un habitus, porque nadie se queda el tiempo suficiente. Cada vez más gente vive, sin haberlo elegido del todo, entre esos no lugares: pisos de alquiler que cambian cada año, ciudades que se encarecen justo cuando empiezas a conocerlas, trabajos que exigen estar disponible en cualquier parte.
Lucía Fernández tiene treinta y dos años y ha vivido en seis ciudades distintas desde que terminó la carrera. Trabaja en remoto para una empresa alemana y dice que ya no sabe describir de dónde es sin dar una lista de sitios. «Cuando alguien me pregunta cuál es mi casa, tengo que pensarlo. Y creo que esa duda ya dice algo», cuenta. No es una tragedia, insiste; simplemente es otra forma de estar en el mundo, sin la certeza de un rancho que defender ni la necesidad de defenderlo.
Cuando alguien me pregunta cuál es mi casa, tengo que pensarlo. Y creo que esa duda ya dice algo.Lucía Fernández, nómada digital
Bauman diría que Lucía representa la nueva norma, no la excepción. Y quizá ahí está el reverso exacto de lo que fascina en Sheridan: su universo funciona porque muestra algo que casi nadie tiene ya —una tierra fija, heredada, indiscutible— convertido en el objeto de un deseo colectivo que la vida real rara vez satisface.
Al final de «1923», la cámara se aleja del rancho Dutton en un plano general al atardecer. La casa queda pequeña entre las montañas de Montana, casi insignificante frente al paisaje que se supone que defiende. Vista así, cuesta creer que alguien esté dispuesto a matar por ella.
Pero probablemente esa sea la trampa del plano general: desde lejos, toda tierra parece intercambiable. De cerca, cada palmo tiene una historia, un muerto enterrado, una promesa hecha en la cocina. Quizá lo que defendemos, cuando defendemos una casa, no sea la madera ni las hectáreas, sino la posibilidad de seguir contando esa historia en el mismo sitio donde empezó. Y quizá la pregunta más honesta no sea si merece la pena defenderla, sino qué hacemos con quienes nunca tuvieron dónde empezar la suya.
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