El sótano de las golondrinas: cuando el abismo respira
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El sótano de las golondrinas: cuando el abismo respira

A 512 metros bajo tierra, miles de vencejos trazan espirales perfectas. No es turismo. Es vértigo puro.

Foto de Jorge SánchezJorge Sánchez
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El Sótano de las Golondrinas es un tiro vertical de 512 metros de profundidad en la Huasteca Potosina, México, con 376 metros de caída libre. Es famoso por el vuelo sincronizado de miles de vencejos que salen en espiral cada amanecer desde el fondo del abismo.

A las seis y cuarto de la mañana, el abismo empieza a respirar.

Primero es un rumor. Después, un chirrido agudo que sube desde el fondo. Ana Beltrán lleva veinte minutos esperando en el borde del Sótano de las Golondrinas, cámara preparada, manos quietas sobre el trípode. Conoce el ritual: los vencejos de cuello blanco salen siempre a la misma hora, siempre en espiral, siempre en sentido contrario a las agujas del reloj. Lo ha visto ciento once veces y todavía no entiende cómo coordinan el movimiento. Miles de aves girando al unísono, sin chocar nunca, ascendiendo desde trescientos setenta y seis metros de profundidad como si el aire tuviera escalones invisibles.

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"La primera vez que lo ves, piensas que es un efecto óptico", dice. "Después entiendes que es real. Y ahí es cuando da miedo."

"La primera vez que lo ves, piensas que es un efecto óptico. Después entiendes que es real. Y ahí es cuando da miedo."
Ana Beltrán, ornitóloga

Las dimensiones del miedo

El Sótano de las Golondrinas no es un sótano. Es un tiro vertical de quinientos doce metros de profundidad excavado por el agua en la roca caliza de la Huasteca Potosina. La boca mide sesenta metros de diámetro. El fondo, trescientos. Entre ambos extremos hay trescientos setenta y seis metros de caída libre.

Para entenderlo: la Torre Eiffel mide trescientos treinta metros. Un campo de fútbol cabe holgado en el fondo del abismo. Si tiraras una piedra desde el borde, tardaría ocho segundos en tocar el suelo. Si gritaras, tu voz rebotaría durante cuatro.

Tampoco hay golondrinas. El nombre viene de un error de traducción del náhuatl. Lo que anida aquí son vencejos de cuello blanco —Streptoprocne zonaris— y cotorras verdes. Las golondrinas no pueden despegar desde el suelo. Los vencejos, sí. Por eso anidan en abismos.

Un descubrimiento tardío

Aunque las comunidades huastecas conocían el Sótano desde siempre, no fue documentado científicamente hasta 1966, cuando un equipo de espeleólogos estadounidenses realizó el primer descenso técnico. En 2001 fue declarado Área Natural Protegida por el gobierno de San Luis Potosí. Hoy es uno de los tiros verticales más profundos del mundo y el único donde se puede observar el fenómeno de vuelo sincronizado de vencejos a esta escala.

Aves blancas y oscuras posadas en árboles frondosos junto a una pared rocosa y agua oscura.
Las aves anidan en las paredes rocosas, desafiando la inmensidad del abismo.Foto: Angel Maldonado / Unsplash

Lo que vuela en la oscuridad

Ana Beltrán lleva tres años estudiando la colonia. Calcula que hay entre tres mil y cinco mil individuos, pero no puede estar segura. "Nadie ha conseguido contarlos", dice. "Salen tan rápido y tan juntos que es imposible. Lo único que puedes hacer es grabar en alta velocidad y después contar fotograma por fotograma. Y aun así te equivocas."

Los vencejos pasan el día cazando insectos en un radio de hasta cincuenta kilómetros. Al atardecer regresan en picado, plegando las alas a ciento cincuenta kilómetros por hora, frenando justo antes de estrellarse contra las paredes. Anidan en las grietas de la roca, a doscientos metros de profundidad. Nunca tocan el fondo.

"Lo fascinante no es que vuelen en espiral", explica Ana. "Es que todos vuelan en la misma dirección. Si un vencejo saliera en sentido contrario, moriría en segundos. Pero nunca pasa. Nadie sabe cómo lo coordinan."

Comparten el espacio con cotorras verdes, murciélagos y una especie de salamandra endémica que vive en las pozas del fondo. Durante la temporada de lluvias, el agua forma una cascada que cae desde la boca hasta el abismo. En época seca, el fondo es un jardín húmedo donde crecen helechos de dos metros.

Descender

Javier Campos descendió por primera vez en 2018. Le llevó cuarenta y siete minutos bajar y dos horas y media subir.

"Los primeros cincuenta metros son los peores", dice. "Todavía ves la luz, todavía sabes dónde está el suelo. Después entras en la oscuridad y pierdes toda referencia. No sabes si llevas bajando cinco minutos o media hora. No sabes cuánto te queda. Solo sientes la cuerda, el arnés, el frío."

El rappel de trescientos setenta y seis metros es una de las experiencias de aventura extrema más exigentes de la Huasteca Potosina y de todo México. Se necesita certificación técnica, equipo especializado y autorización de la Secretaría de Ecología y Gestión Ambiental de San Luis Potosí. Solo pueden descender treinta personas al día. Durante la temporada de anidación —marzo a agosto— el acceso está cerrado.

Los primeros cincuenta metros son los peores. Todavía ves la luz. Después entras en la oscuridad y pierdes toda referencia.
Javier Campos, espeleólogo

Javier describe el fondo como "un invernadero sin techo". La temperatura es diez grados más alta que en la superficie. La humedad ronda el noventa por ciento. El aire huele a tierra mojada y guano. "Lo que más impresiona no es la profundidad", dice. "Es el silencio. Estás a trescientos metros bajo tierra y no oyes nada. Solo tu respiración."

El ascenso es otra historia. Se hace con ascensores mecánicos —dispositivos que se deslizan por la cuerda mediante un sistema de poleas— o con técnica de escalada vertical. Cada cincuenta metros hay que detenerse para descansar. La fatiga acumulada en los brazos y el core es brutal. "En el último tramo ya no piensas", dice Javier. "Solo subes. Un metro. Otro. Otro. Cuando ves la luz del día, lloras."

No es para todos

El rappel al Sótano de las Golondrinas requiere experiencia previa en descenso vertical, condición física óptima y certificación de un operador autorizado. No es una actividad turística recreativa. Los accidentes son raros pero graves: en 2019 un turista sufrió un paro cardíaco a mitad del descenso y tuvo que ser rescatado en helicóptero. El costo del descenso ronda los 3.000 pesos e incluye equipo, guía certificado y permiso de acceso.

Vista desde el interior de una cueva vertical hacia la abertura superior, con paredes rocosas y vegetación.
La imponente abertura del Sótano de las Golondrinas, un abismo que respira vida.Foto: Wikimedia Commons / Wikimedia Commons

La protección de lo extremo

El Sótano es un área natural protegida desde 2001, pero no hay vallas ni vigilancia permanente. Cualquiera puede caminar hasta el borde. La gestión depende de la SEGAM y de los guías locales, casi todos de la comunidad de Aquismón. Cobran cien pesos por persona para acceder al mirador. El dinero se reparte entre las familias que viven en Tamapatz, el poblado más cercano.

"La paradoja es que el lugar se protege porque la gente viene", explica Martín López, uno de los guías. "Si no hubiera visitantes, no habría ingresos. Y sin ingresos, las familias tendrían que buscar otra forma de vivir. Probablemente talarían la selva para sembrar maíz. Así que el turismo, en este caso, protege el ecosistema. Pero también lo amenaza."

El mayor problema no son los espeleólogos —que siguen protocolos estrictos— sino los curiosos que tiran basura, hacen ruido durante el amanecer o intentan bajar sin equipo. En 2017 un grupo de turistas arrojó piedras al abismo para "ver cuánto tardaban en caer". Una golpeó a un vencejo en pleno vuelo. El ave murió. Los turistas fueron expulsados.

Cómo visitarlo

El Sótano de las Golondrinas está a 20 kilómetros de Aquismón, San Luis Potosí. El acceso al mirador cuesta 100 pesos. La mejor hora para ver el vuelo de los vencejos es entre 6:00 y 7:30 a.m. (salida) y entre 6:00 y 7:30 p.m. (regreso). Temporada de anidación cerrada: marzo a agosto. Para descender en rappel es obligatorio contratar un operador certificado. No hay servicios en el lugar: lleva agua, protección solar y calzado cerrado. El camino desde el estacionamiento hasta el mirador es de 30 minutos a pie.

A las siete y media de la tarde, el abismo vuelve a respirar.

Esta vez el movimiento es inverso. Los vencejos regresan de la caza y se lanzan en picado, uno tras otro, trazando espirales que se estrechan conforme se acercan al fondo. Ana Beltrán sigue grabando. Lleva ciento doce días consecutivos registrando el ritual. Todavía no sabe qué busca. "Quizá una respuesta", dice. "O quizá solo quiero seguir viéndolo."

Javier Campos, que lleva tres descensos al Sótano, dice que volverá. "No por la adrenalina", aclara. "Por lo que sientes cuando llegas al fondo y miras hacia arriba. Ves el cielo como un círculo perfecto. Y entiendes que eres insignificante. Y que está bien."

El último vencejo desaparece en el abismo. El chirrido se apaga. El Sótano vuelve a ser un agujero en la tierra. Hasta mañana a las seis y cuarto.

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