Este es un artículo bastante más personal de los que solemos publicar. No es una guía, ni una lista de sitios que ver, ni un itinerario. Es, simplemente, una reflexión sobre qué significa viajar, por qué lo hacemos y qué nos deja cuando volvemos.
Llevo años viajando y, sin embargo, cada vez tengo menos claro qué es exactamente lo que busco cuando hago la maleta. Al principio pensaba que viajar era coleccionar lugares, sumar países, acumular fotos que demostraran que había estado allí. Con el tiempo, esa idea se ha ido desmoronando, y en su lugar ha quedado algo más difícil de explicar.
Viajar, para mí, se ha convertido en un ejercicio de percepción. No se trata tanto de dónde estás como de cómo miras lo que tienes delante. Recuerdo la sensación de llegar a un lugar nuevo y notar cómo los sentidos se afinan: los olores son más intensos, los sonidos más nítidos, la luz cae de otra manera. Es como si el cerebro, al no reconocer el entorno, decidiera prestar atención de verdad, en lugar de funcionar en piloto automático.
Y ahí está, creo, una de las claves: en casa vivimos en piloto automático. Repetimos trayectos, gestos, rutinas, hasta el punto de dejar de verlos. El café de cada mañana, la calle de siempre, la conversación de ascensor. No es que esa vida sea peor; es que se vuelve invisible. Viajar interrumpe ese automatismo y nos obliga, aunque sea durante unos días, a mirar con otros ojos.
Otra cosa que el viaje me ha enseñado es a desconfiar de la palabra "normal". Cada lugar tiene su propia idea de lo que es normal, y esa idea rara vez coincide con la nuestra. Los horarios, la forma de saludar, lo que se considera de buena o mala educación, incluso el ritmo al que la gente camina por la calle: todo cambia. Y cuando lo normal deja de ser un dato fijo, uno empieza a preguntarse por qué daba tantas cosas por sentadas.
Esa pregunta, una vez que aparece, no se queda solo en el viaje. Vuelve con nosotros. Se cuela en la vida de todos los días y empieza a cuestionar cosas que antes ni se planteaban: por qué trabajamos como trabajamos, por qué medimos el éxito como lo medimos, por qué aceptamos ciertas prisas como inevitables. Viajar, en ese sentido, funciona como una especie de distancia crítica: te aleja lo suficiente como para que puedas ver el conjunto.
Hay también algo que tiene que ver con el tiempo. Cuando viajo, el tiempo se estira de una forma que no ocurre en la rutina. Un solo día puede contener tantas sensaciones distintas que, al recordarlo, parece que hayan pasado varios. Y sospecho que esto tiene que ver con la memoria: recordamos mejor lo distinto que lo repetido. Si todos los días se parecen, el cerebro los archiva juntos, como uno solo; si cada día trae algo nuevo, cada uno deja su propia huella.
Por eso creo que viajar, más que una forma de escapar, es una forma de volver a estar presente. Cuando no reconoces del todo dónde estás, resulta casi imposible pensar en el futuro o darle vueltas al pasado: toda la atención se concentra en lo que tienes delante. Y esa atención, sostenida durante unos días, es de las cosas más parecidas a la calma que conozco.
No sé si viajar cambia a las personas de forma permanente. Sospecho que no tanto como nos gustaría creer, y que buena parte de esa sensación de transformación se desvanece en cuanto retomamos la rutina. Pero también creo que deja marca, aunque sea pequeña: una forma distinta de mirar, una pregunta que antes no nos hacíamos, una costumbre que dejamos de dar por sentada. Y quizá, al final, de eso se trata: no de traer un souvenir, sino de traer una mirada un poco más despierta.