Mujeres cham en las dunas de Mũi Né, Vietnam. El pueblo cham fue navegante y comerciante; hoy habitan entre el desierto y el mar.
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¿Qué Significa Hogar para Quien Siempre se Mueve?

Cuatro vueltas sobre una pregunta sin respuesta

Elisa Suárez17 min lectura

Vuelta 1: Hogar como lugar fijo

Empecemos por lo obvio: hogar es un lugar. Cuatro paredes, un techo, una dirección postal. Es donde guardas tus cosas, donde recibes correo, donde el GPS te lleva cuando dices "llévame a casa".

Esta definición funciona. Millones de personas la viven sin cuestionarla. Pero tiene un problema: es históricamente anómala.

Los humanos llevamos en la Tierra unos 300,000 años. Durante el 97% de ese tiempo, fuimos nómadas. Cazadores-recolectores que seguían la comida, pastores que seguían los pastos, comerciantes que seguían las rutas. La idea de quedarse en un punto fijo, construir estructuras permanentes, vincular la identidad a coordenadas geográficas—eso tiene apenas 10,000 años. Un parpadeo evolutivo.

Cinco millones de años de ancestros homínidos moviéndose. Diez mil años de sedentarismo. ¿Y pensamos que quedarse es lo "normal"?

Bruce Chatwin, el escritor viajero que dedicó su vida a esta pregunta, citaba a Pascal: "Nuestra naturaleza está en el movimiento; la calma completa es la muerte." No era metáfora. Era biología.

¿Y si el hogar-lugar es la excepción, no la regla? ¿Y si hemos construido toda una civilización sobre un malentendido?

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Vuelta 2: Hogar como práctica

Pero los nómadas tenían hogares. Los pastores mongoles no dormían a la intemperie. Tenían yurtas—las "ger" en mongol—estructuras circulares de fieltro que se montan y desmontan en horas, que viajan con la familia, que son tan "hogar" como cualquier casa de ladrillo.

La diferencia es que la yurta no está atada a un lugar. El hogar no es donde está la yurta. El hogar es la yurta misma. O más precisamente: el hogar es el acto de montarla, de habitarla, de desmontarla y llevarla al siguiente campamento.

Los beduinos del desierto tienen algo similar. Su tienda—la "bayt"—es literalmente la misma palabra que "hogar" en árabe. No es donde vives. Es con lo que vives.

Y más allá de las estructuras físicas, están los rituales. El té que preparas igual en cada campamento. La orientación de la cama hacia el este. Las canciones que cantas al atardecer. Estos patrones repetidos crean continuidad en medio del movimiento. Son anclas portátiles.

Chatwin, en "Los trazos de la canción", describió las "songlines" aborígenes: rutas invisibles que cruzan Australia, marcadas no por mojones sino por canciones. Cada segmento del territorio tiene su melodía. Conocer la canción es conocer el camino. El mapa está en la música.

El hogar, entonces, ¿es un verbo más que un sustantivo? ¿Algo que haces más que algo que tienes?

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Vuelta 3: Hogar como movimiento

Rilke, el poeta de la soledad, escribió desde docenas de direcciones diferentes. Castillos prestados, hoteles baratos, apartamentos de amigos. Nunca tuvo una casa propia. Y sin embargo, produjo algunas de las reflexiones más profundas sobre la pertenencia.

En las Elegías de Duino escribió: "Los animales que saben son conscientes de que no estamos realmente en casa en nuestro mundo interpretado."

Hay algo inquietante aquí. Los animales—que migran, que deambulan, que no construyen ciudades—están más en casa que nosotros. Nuestra "interpretación" del mundo—lenguaje, cultura, abstracción—nos ha separado de algo. Nos ha hecho extranjeros en nuestro propio planeta.

¿Y si el hogar no es ni un lugar ni una práctica, sino el movimiento mismo? ¿Si lo que buscamos cuando viajamos no es un destino sino el viaje en sí?

Los tuareg, los "hombres azules" del Sáhara, no dicen que pertenecen a un oasis. Dicen que pertenecen al desierto. No a un punto en él—a todo él. Su hogar es el movimiento entre puntos, las rutas comerciales que cruzan miles de kilómetros, el ritmo de los camellos sobre la arena.

Para ellos, quedarse quieto no es descanso. Es destierro.

¿Puede el movimiento ser descanso? ¿Puede el camino ser hogar?

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Vuelta 4: Hogar como pregunta

Byung-Chul Han, el filósofo coreano-alemán que escribe sobre el agotamiento contemporáneo, hace una pregunta incómoda: "¿Pertenece la felicidad a un lugar—un hogar—o pueden las personas ser felices en cualquier sitio?"

No responde. Quizás no hay respuesta.

El viajero moderno vive en esta tensión. Podemos trabajar desde cualquier lugar, conectarnos desde cualquier wifi, mantener relaciones a través de pantallas. Nunca ha sido más fácil moverse. Y sin embargo, algo nos falta. Algo que no llenamos con vuelos baratos ni con fotos para Instagram.

¿Buscamos un hogar que perdimos? ¿O uno que nunca tuvimos? ¿Es la nostalgia del nómada por un campamento que ya no existe, o del sedentario por un movimiento que nunca conoció?

Los gitanos—los romaníes—tienen un concepto que resiste traducción. Algo entre "camino", "destino" y "forma de ser". No es que viajen hacia algún lugar. Es que viajar es lo que son. El movimiento no es medio sino fin.

Quizás el hogar no es respuesta sino pregunta. Una pregunta que llevamos con nosotros, que nos acompaña en cada lugar, que nunca se resuelve del todo.

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No tengo conclusión. Sería deshonesto pretenderla.

Pero tengo una sospecha: que la distinción entre nómada y sedentario es falsa. Que todos somos ambas cosas. Que el corazón humano necesita raíces y alas, anclaje y vuelo, la seguridad de lo conocido y el vértigo de lo nuevo.

El desafío no es elegir. Es integrar.

Los pastores mongoles vuelven a los mismos pastos cada año, en el mismo orden, siguiendo un ciclo que conocen desde niños. Se mueven constantemente, pero dentro de un patrón. Hay previsibilidad en su nomadismo. Hay hogar en su movimiento.

Quizás eso es lo que buscamos. No quedarnos ni irnos, sino encontrar nuestro propio ciclo. Nuestra propia órbita alrededor de algo que importa.

Quizás nunca dejamos de ser nómadas. Solo olvidamos cómo caminar.

Galería Fotográfica

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Cabaña en los bosques de Nueva Inglaterra, Estados Unidos. El fuego, la ventana al bosque, la cama: los elementos mínimos de un refugio.
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Mujeres cham en las dunas de Vietnam
Mujeres cham en las dunas de Mũi Né, Vietnam. El pueblo cham fue navegante y comerciante; hoy habitan entre el desierto y el mar.