Bernard Leach: el puente cerámico entre Oriente y Occidente
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Bernard Leach: el puente cerámico entre Oriente y Occidente

La historia de Bernard Leach, el ceramista británico que estudió en Japón y transformó la cerámica occidental. Su legado, su filosofía y por qué sigue importando.

Foto de Elisa SuárezElisa Suárez
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Hay personas que actúan como puentes. Que nacen en un lugar, viven en otro, y dedican su vida a conectar mundos que parecían separados. Bernard Leach fue una de ellas.

Nació en Hong Kong en 1887, creció entre Oriente y Occidente, estudió cerámica en Japón cuando ningún occidental lo hacía, y volvió a Inglaterra para fundar un taller que cambiaría para siempre la forma en que Occidente entiende la cerámica.

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Su vida es la historia de un diálogo entre culturas. Y sus piezas son las palabras de ese diálogo, hechas barro.

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Los primeros años: un niño entre mundos

Bernard Leach nació en Hong Kong, hijo de un juez colonial británico. Su madre murió cuando él tenía meses; su padre lo envió a Inglaterra para que lo criaran sus abuelos. Pero Oriente ya estaba en su sangre.

Estudió arte en Londres, sin destacar especialmente. Probó la pintura, el grabado, sin encontrar su medio. En 1909, con 22 años, decidió volver a Asia —esta vez a Japón— para enseñar grabado. No sabía que allí encontraría su vocación.

En Tokio conoció a Yanagi Sōetsu, el fundador del movimiento mingei (arte popular japonés), y a través de él, a los ceramistas que cambiarían su vida. En una fiesta raku —donde los invitados decoran y cuecen sus propias piezas—, Leach tocó la arcilla por primera vez.

Fue un encuentro casual que definiría todo lo que vino después.

Los años japoneses

Leach se quedó en Japón once años. Estudió con Ogata Kenzan VI, un maestro de la tradición Kenzan —una de las escuelas más prestigiosas de cerámica japonesa—, y se convirtió en Kenzan VII, el primer occidental en recibir este título.

Pero más importante que los títulos fue lo que aprendió: una filosofía de la cerámica completamente diferente a la occidental. En Japón, la cerámica no se dividía en "arte" y "artesanía". Una taza de té podía ser tan significativa como una escultura. El valor estaba en el uso, en la relación entre el objeto y quien lo usa.

Esta idea —que la belleza más profunda está en los objetos cotidianos, hechos con cuidado pero sin pretensión— se convertiría en el centro del pensamiento de Leach.

En Japón también conoció a Shoji Hamada, un joven ceramista que se convertiría en su amigo de por vida y en uno de los grandes maestros del siglo XX. Juntos soñaron con llevar estas ideas a Occidente.

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St Ives: el taller que cambió la cerámica occidental

En 1920, Leach y Hamada viajaron a Inglaterra con una misión: fundar un taller que fusionara las tradiciones orientales y occidentales de la cerámica. Eligieron St Ives, un pueblo pesquero de Cornualles que ya era refugio de artistas.

El Leach Pottery abrió sus puertas en 1920 con un horno construido según diseños japoneses. Fue el primer horno de alta temperatura en Gran Bretaña en siglos —la cerámica inglesa de la época era principalmente de baja temperatura, decorativa, sin la densidad y durabilidad de la cerámica oriental.

Los primeros años fueron duros. Nadie entendía lo que hacían. Las piezas, con sus esmaltes sobrios y sus formas funcionales, parecían demasiado simples para el gusto de la época. Pero poco a poco, el taller empezó a atraer a estudiantes, a visitantes, a curiosos que intuían que allí pasaba algo importante.

La filosofía Leach

Leach no solo hacía cerámica: escribía sobre ella, pensaba sobre ella, enseñaba una forma de acercarse al barro que iba más allá de la técnica.

Su libro "A Potter's Book" (1940) se convirtió en la biblia del movimiento de cerámica de estudio. En él, Leach expone sus principios:

• La cerámica debe ser funcional. Una pieza que no se usa no cumple su propósito.

• La belleza emerge del proceso. No se añade después, como decoración.

• El ceramista debe conocer todo el proceso: preparar la arcilla, tornear, esmaltar, construir hornos, controlar el fuego.

• La tradición importa. No para copiarla, sino para dialogar con ella.

Estas ideas, que hoy parecen obvias, eran revolucionarias en una época en que la cerámica "seria" intentaba imitar la escultura, y la cerámica funcional se producía industrialmente sin consideraciones estéticas.

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El estándar Leach

Del taller de St Ives salió lo que hoy llamamos el "estándar Leach": piezas funcionales —tazas, cuencos, jarras, tetera— con formas sobrias, esmaltes naturales (tenmoku, celadón, ceniza) y una atención obsesiva a las proporciones y al tacto.

No son piezas llamativas. No gritan. Pero cuando las usas —cuando bebes té de una taza Leach, cuando comes arroz de un cuenco Leach— entiendes lo que buscaba. La cerámica que desaparece en el uso, que se vuelve una extensión de la mano, que mejora el momento en lugar de dominarlo.

El estándar Leach no es un estilo tanto como una actitud: hacer las cosas bien, con materiales honestos, para que duren y sirvan.

Los discípulos

Por el taller de St Ives pasaron generaciones de ceramistas que luego fundaron sus propios talleres, enseñaron a otros, expandieron las ideas de Leach por todo el mundo.

Michael Cardew, que fundó su taller en Winchcombe y luego en Nigeria, fusionando tradiciones africanas con el estándar Leach. Katherine Pleydell-Bouverie, que experimentó con esmaltes de ceniza. Warren MacKenzie, americano, que llevó estas ideas a Estados Unidos.

Hoy, la mayoría de los ceramistas de estudio del mundo anglosajón pueden trazar su linaje, directa o indirectamente, hasta Bernard Leach.

Hamada Shoji y Bernard Leach
Hamada Shoji y Bernard Leach

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Los últimos años

Leach siguió trabajando hasta los 90 años, aunque la ceguera progresiva le obligó a depender cada vez más de asistentes. Murió en 1979, habiendo visto cómo sus ideas, antes marginales, se convertían en la corriente principal del movimiento de cerámica de estudio.

El Leach Pottery sigue abierto hoy en St Ives, ahora como museo y taller activo. Puedes visitar el horno original, ver piezas de Leach y Hamada, incluso tomar clases. Es un lugar de peregrinación para ceramistas de todo el mundo.

El legado

¿Qué nos deja Bernard Leach?

Primero, un cuerpo de obra: miles de piezas repartidas en museos y colecciones privadas de todo el mundo. Piezas que siguen usándose, que siguen funcionando, que cumplen su propósito décadas después de ser hechas.

Segundo, una filosofía: la idea de que la cerámica puede ser simultáneamente funcional y bella, tradicional e innovadora, humilde y significativa. Que el objeto cotidiano merece la misma atención que la obra de arte.

Tercero, un diálogo: entre Oriente y Occidente, entre tradición y modernidad, entre el hacer y el pensar. Un diálogo que Leach inició y que sigue vivo cada vez que alguien se sienta ante un torno.

Bernard Leach construyó un puente. Y por ese puente siguen cruzando, hoy, ceramistas de todo el mundo.
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