
Tierra quemada: la estrategia que devora su propio terreno
Desde las estepas escitas hasta Ucrania, la historia de quienes destruyeron lo propio para negar al enemigo. Un drama humano que se repite.
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Desde las estepas escitas hasta Ucrania, la historia de quienes destruyeron lo propio para negar al enemigo. Un drama humano que se repite.
La táctica de tierra quemada consiste en destruir recursos, infraestructuras y suministros propios durante una retirada militar para impedir que el enemigo invasor pueda abastecerse, forzándolo a retirarse o debilitarse.
El soldado persa vio el humo antes que las llamas. Columnas negras que subían desde los campos de trigo, desde los pueblos de madera, desde todo lo que los escitas habían dejado atrás. Era el año 513 antes de Cristo y el ejército de Darío I llevaba semanas persiguiendo a un enemigo que no presentaba batalla. Solo quemaba. Cosechas, ganado, pozos cegados con tierra y piedras. Cuando los persas llegaban, no quedaba nada que saquear ni agua que beber.
Heródoto lo contó en sus Historias como una rareza militar. Los escitas no defendían su territorio: lo vaciaban. Retrocedían hacia el interior de las estepas, arrastrando al invasor hacia la nada. Sin suministros, sin refugio, sin victoria posible. Darío tuvo que dar media vuelta. Había conquistado un desierto.
"No defendían su territorio: lo vaciaban. Retrocedían hacia el interior de las estepas, arrastrando al invasor hacia la nada."— Heródoto, Historias
Así nació la táctica de tierra quemada, una estrategia militar que no surgió de manuales, sino del instinto de supervivencia de pueblos nómadas que sabían que su fuerza no estaba en murallas ni fortalezas, sino en la capacidad de sacrificar hoy para sobrevivir mañana. Los galos la usaron contra Roma. Vercingetórix ordenó quemar veinte ciudades en un solo día para frenar a César. Sus propias ciudades. La lógica era brutal y eficaz: si el enemigo no puede alimentarse, se marcha o muere.
Cuando Napoleón entró en Moscú el 14 de septiembre de 1812, esperaba encontrar una ciudad que negociara. Encontró cenizas. El gobernador Fiódor Rostopchín había dado orden de evacuar a la población y prender fuego a los almacenes, los arsenales, las casas de madera del centro. Tres cuartas partes de la ciudad ardieron en cuatro días. El emperador francés acampó en el Kremlin rodeado de ruinas humeantes. No había víveres. No había forraje para los caballos. No había nada que justificara quedarse.

León Tolstói lo reconstruyó en Guerra y Paz desde los ojos de Pierre Bezújov, que vaga por la ciudad en llamas sin entender por qué su propio pueblo la destruye. La respuesta la da el general Kutúzov: "Moscú no es Rusia. Rusia es el pueblo". Si salvar el pueblo exigía quemar la capital, se quemaba. Napoleón inició la retirada el 19 de octubre. De los 600.000 hombres que cruzaron el Niemen en junio, menos de 100.000 regresaron. El invierno ruso y la falta de suministros hicieron el resto.
El incendio de Moscú en 1812 destruyó 6.532 edificios de los 9.151 que tenía la ciudad. Unas 12.000 personas murieron, la mayoría civiles que no pudieron o no quisieron evacuar. La reconstrucción duró más de una década. Pero Napoleón perdió la guerra.
Ciento veintinueve años después, la historia se repitió. El 22 de junio de 1941, la Wehrmacht invadió la Unión Soviética. Stalin ordenó evacuar fábricas enteras hacia los Urales, desmontar vías de tren, volar puentes, quemar cosechas. La orden número 0428, firmada en noviembre de 1941, lo dejaba claro: "Destruir y quemar hasta las cenizas todos los asentamientos en la retaguardia de las tropas alemanas". No era solo táctica militar. Era política de supervivencia nacional.
Churchill lo resumió en sus memorias: "Los rusos no solo luchaban. Se negaban a ser conquistados". Ciudades como Stalingrado o Leningrado resistieron asedios que las convirtieron en escombros. Pero no cayeron. Los alemanes avanzaban sobre tierra yerma, sin combustible, sin comida, sin moral. La tierra quemada no ganó batallas. Ganó guerras.
"Los rusos no solo luchaban. Se negaban a ser conquistados."— Winston Churchill
En febrero de 2023, el general ucraniano Oleksandr Syrsky declaró en Telegram que Bajmut era "un matadero para el enemigo". La ciudad, reducida a escombros tras meses de combates, ya no tenía valor estratégico. Pero el ejército ucraniano la defendía porque cada día allí costaba decenas de vidas rusas y toneladas de munición. Era tierra quemada al revés: no destruir para negar, sino dejar que el enemigo se desangre conquistando ruinas.

Ucrania también ha acusado a Rusia de aplicar la táctica en ciudades como Mariúpol o Severodonetsk, bombardeando sistemáticamente infraestructuras civiles para hacer inhabitables los territorios ocupados. Es la misma lógica que Siria empleó en Alepo: si no puedes controlar una ciudad, la conviertes en un desierto de hormigón. Las bombas de barril, los ataques a hospitales y centrales eléctricas no buscan solo matar. Buscan vaciar.
En conflictos contemporáneos como Siria o Ucrania, la tierra quemada afecta sobre todo a civiles. Según la ONU, más del 60% de las infraestructuras esenciales en ciudades como Mariúpol quedaron destruidas en 2022. A diferencia de las estepas escitas o Moscú en 1812, hoy no hay lugares vacíos: hay millones de desplazados.
La diferencia con los escitas es que ellos vivían en estepas sin ciudades. Hoy, tierra quemada significa desplazar a millones. En Siria, más de seis millones de personas huyeron del país entre 2011 y 2023. En Ucrania, las cifras superan los ocho millones de refugiados. La táctica sigue funcionando militarmente. Pero el precio humano es exponencial.
¿Por qué sigue usándose? Porque funciona. No en términos morales ni humanitarios, sino en pura lógica militar. Un ejército sin suministros no conquista. Un ejército que conquista ruinas no gobierna. La tierra quemada no gana batallas: las evita. Y en esa evasión, el defensor gana tiempo. Tiempo para reorganizarse, para que llegue el invierno, para que el invasor se canse.
En Moscú, el Museo de Historia reconstruye el incendio de 1812 con maquetas y testimonios de supervivientes. Uno de ellos, un comerciante llamado Iván Snyegiryov, escribió en su diario: "Vi arder mi casa, mi tienda, todo lo que mi familia había construido en tres generaciones. Pero vi marchar a los franceses. Y supe que valió la pena".
Esa es la paradoja de la tierra quemada. No la aplican los fuertes, sino los desesperados. Los que saben que perderán si luchan en campo abierto. Los que apuestan todo a que el enemigo no aguantará el vacío. A veces funciona. Otras, solo quedan cenizas y el recuerdo amargo de haber destruido lo propio para negárselo a otro.

Hoy, en Bajmut, los pocos civiles que quedan caminan entre edificios sin techo ni ventanas. No hay agua corriente. No hay electricidad. Pero hay banderas ucranianas clavadas en los escombros. Tierra quemada, otra vez. Pero tierra que no se rinde.
"Vi arder mi casa, mi tienda, todo lo que mi familia había construido en tres generaciones. Pero vi marchar a los franceses. Y supe que valió la pena."— Iván Snyegiryov, comerciante moscovita, 1812
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