Querido lector,
Te escribo desde el final de un viaje. O quizás desde el principio de otro —nunca es fácil distinguir los finales de los comienzos cuando uno se acostumbra a moverse.
Hemos recorrido juntos los extremos del planeta. Nos hemos sentado en la oscuridad de la selva mientras Bokumba escuchaba al bosque. Hemos cruzado hielo con Inuksuk, sin saber si el crujido bajo nuestros pies era advertencia o bienvenida. Hemos preguntado qué significa hogar para quienes nunca se detienen. Hemos explorado las tensiones de la evolución, y hemos observado cómo la fermentación transforma en silencio lo que toca.
Ahora me pregunto: ¿qué permanece?
• • •
En un mundo que celebra el cambio, la permanencia parece un valor anticuado. Nos dicen que debemos ser flexibles, adaptables, líquidos. Que la rigidez es muerte y el movimiento es vida. Y quizás tengan razón.
Pero he aprendido algo de los Baka y los Inuit, de los nómadas y los fermentos. El cambio verdadero requiere algo que no cambie. Una referencia. Un eje. Algo que permanezca para que el movimiento tenga sentido.
Para los Baka, es el bosque. Para los Inuit, era el hielo —aunque el hielo ahora los traicione. Para los nómadas, es la tribu, el linaje, la práctica repetida cada mañana en cada nuevo campamento. Para el fermento, es el cultivo madre que pasa de generación en generación, siempre cambiando, siempre el mismo.
¿Qué es para ti?
• • •
No te pregunto qué posees. Las posesiones son lo primero que abandonamos cuando el camino aprieta. Te pregunto qué llevas contigo sin poder dejarlo. Qué permanece cuando todo lo demás se mueve.
Quizás sea una práctica. Un ritual mínimo que repites sin importar dónde estés. Quizás sea una relación. Una persona —o varias— que son hogar sin necesidad de paredes. Quizás sea una pregunta. Algo que sigues intentando responder, viaje tras viaje, año tras año.
O quizás no lo sepas todavía. Quizás parte de viajar sea descubrirlo.
• • •
He llegado a sospechar que la evolución humana —la verdadera, no la de los libros de biología sino la de cada vida individual— consiste exactamente en esto: encontrar qué permanece. Descubrir, a través del cambio, lo que no puede cambiar sin que dejemos de ser nosotros mismos.
No es tarea fácil. Requiere exponerse al cambio suficiente para distinguir lo esencial de lo accidental. Requiere soltar muchas cosas que creíamos imprescindibles y descubrir que seguimos enteros. Requiere, a veces, perder el hogar para encontrar lo que realmente significa hogar.
Los pueblos de los extremos saben esto mejor que nosotros. Han tenido más tiempo para aprenderlo, y sus paisajes no les han permitido el lujo de confundir lo esencial con lo cómodo.
• • •
No tengo consejos que darte. Los consejos son para quienes creen saber el camino, y yo solo sé que hay muchos caminos y que cada uno encuentra el suyo.
Pero sí tengo una invitación. La misma con la que empezamos esta edición, ahora transformada —como todo lo que fermenta— en algo ligeramente distinto:
Sigue moviéndote. Pero presta atención a lo que llevas contigo sin poder dejarlo. Ahí, en eso que permanece mientras todo cambia, está la respuesta a preguntas que quizás aún no has formulado.
• • •
El bosque sigue respirando bajo el dosel. El hielo sigue moviéndose —aunque cada vez menos. Los nómadas siguen caminando. Los fermentos siguen burbujeando en la oscuridad de sus frascos.
Y tú sigues aquí, al final de esta página, al principio de tu próximo movimiento.
Que encuentres lo que permanece.
Hasta el próximo viaje,
Nomadiq


