
Umami: el sabor misterioso que transformó la gastronomía
Entre los cinco sabores básicos —dulce, salado, ácido, amargo y umami—, el umami es quizá el más enigmático y menos comprendido
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Entre los cinco sabores básicos —dulce, salado, ácido, amargo y umami—, el umami es quizá el más enigmático y menos comprendido
Durante siglos, la gastronomía occidental habló de cuatro sabores básicos: dulce, salado, ácido y amargo. Faltaba uno, presente en algunos de los platos más reconfortantes de cualquier cocina del mundo, pero sin nombre propio: el umami. Hoy se considera el quinto sabor fundamental, responsable de esa sensación sabrosa, redonda y persistente que dejan en boca un caldo bien reducido, un queso curado o un tomate maduro en su punto.
El umami no es un sabor añadido, sino uno que ya estaba ahí, escondido en la composición química de muchos alimentos. Su responsable principal es el glutamato, un aminoácido que se libera de forma natural durante procesos como la maduración, la fermentación o la cocción prolongada, y que el paladar humano es capaz de detectar de manera específica gracias a receptores dedicados en la lengua.

La historia oficial del umami arranca en 1908, en Tokio. El químico Kikunae Ikeda, profesor de la Universidad Imperial de Tokio, llevaba tiempo intrigado por el sabor profundo del dashi, el caldo base de la cocina japonesa elaborado con kombu, un alga muy usada en sopas y guisos. Ikeda sospechaba que ese sabor característico no encajaba en ninguna de las cuatro categorías clásicas, así que decidió analizarlo en el laboratorio.
El resultado fue el aislamiento del glutamato monosódico, la sal sódica del ácido glutámico, como compuesto responsable de aquel sabor tan particular. Ikeda bautizó el nuevo sabor como umami, una palabra formada por la unión de umai (delicioso) y mi (sabor). Poco después patentó un método de producción industrial del glutamato monosódico, sentando las bases de lo que se convertiría en un condimento global, conocido comercialmente bajo siglas como MSG.
Durante décadas, el umami fue una idea aceptada sobre todo en Japón y con escepticismo en buena parte de la ciencia occidental, que tardó en reconocerlo como un sabor básico independiente. No fue hasta finales del siglo XX, con el hallazgo de receptores específicos de glutamato en la lengua humana, cuando la comunidad científica internacional terminó de validar lo que Ikeda había intuido casi cien años antes.
Lo curioso del umami es que, aunque su nombre y su explicación científica nacieron en Japón, el sabor llevaba siglos presente en la cocina occidental sin que nadie lo identificara como tal. El queso parmesano, con su intenso sabor tras meses de curación, es uno de los ingredientes con mayor concentración de glutamato libre que existen. Lo mismo ocurre con las anchoas en salazón, presentes en salsas y aliños desde la cocina romana, o con los jamones curados, cuyo proceso de maduración libera glutamato de forma progresiva.
Los caldos reducidos, pilar de la técnica clásica francesa, funcionan por el mismo principio: la cocción lenta de huesos, carne y vegetales concentra el glutamato y otros compuestos sápidos, intensificando el sabor sin necesidad de añadir más sal. Los tomates maduros, especialmente cuando se cocinan o se secan al sol, también son una fuente notable de glutamato natural, lo que explica en parte por qué una salsa de tomate bien elaborada resulta tan satisfactoria.

Otros alimentos habituales en despensas de medio mundo, como las setas shiitake, la salsa de soja o distintos quesos curados, comparten esa misma riqueza en glutamato. El hilo común es que ninguno de ellos necesitó esperar a un nombre para funcionar: cocineros de tradiciones muy distintas llegaron, por ensayo y experiencia, a las mismas combinaciones que hoy la ciencia explica con precisión.
Más allá de la curiosidad histórica, el umami tiene una utilidad muy práctica en la cocina contemporánea. Distintos estudios de ciencia de la alimentación apuntan a que el glutamato potencia la percepción global de sabor de un plato, lo que permite reducir la cantidad de sal necesaria para conseguir un resultado igual de sabroso. En un contexto en el que las recomendaciones de salud pública insisten en moderar el consumo de sodio, esta propiedad convierte al umami en una herramienta útil, no solo gastronómica sino también nutricional.
Chefs y nutricionistas llevan años incorporando esta lógica a sus recetas: combinar ingredientes ricos en glutamato, como el kombu, el parmesano o las setas shiitake, para lograr platos con más profundidad de sabor y menos necesidad de sal añadida. Es una de las razones por las que el umami ha pasado de ser un concepto de laboratorio japonés a un término habitual en cualquier cocina profesional, y cada vez más, también en la doméstica.
Entender el umami no cambia solo la forma de leer una etiqueta o de valorar un plato: invita a mirar con otros ojos ingredientes cotidianos, esos que llevaban toda la vida aportando sabor sin que supiéramos ponerles nombre.
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